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El límite entre el negocio y el deber

Por Benjamín Fernández

El singular caso que envuelve al diario californiano Los Angeles Times y el deseo de su sector comercial de involucrar a sus periodistas en la promoción de un centro deportivo donde también tiene sus intereses el periódico, nos demuestra una decisión dolorosa y crítica que a diario les toca dilucidar a los medios de prensa en todo el mundo. Separar lo comercial de lo periodístico, distinguir la credibilidad de un medio de los intereses de sus propietarios y algo todavía más crítico: entender al medio como un vehículo de servicio a los lectores y no un mecanismo para favorecer otros intereses de sus propietarios, constituye un problema recurrente y doloroso en las redacciones.

En América Latina los diarios han nacido en la mayoría de los casos como medios de proyección de intereses económicos o políticos de algunas familias, que luego involucraron al mismo diario en la defensa de esos negocios. Los medios no han nacido de forma autónoma e independiente y el proceso de evolución tampoco ha dejado de ser traumático. En la generalidad de los casos, al inicio, tanto diarios como radios no eran distinguidos por sus propietarios como empresas con un fin distinto a cualquier otra. De ahí que el afán del lucro desmedido y sin restricciones éticas ha sido la constante y en muchos sitios aún se admite esta forma como una condición natural de los negocios.

La segunda fase de la profesionalización ha llegado de la mano de periodistas con formación académica, empresarios con visión mas lúcida del papel de los medios en la sociedad y de una concepción ciudadana más clara de qué es lo que se espera de un medio de comunicación. Esta fase de los profesionales comienza a darse con signos claros no hace mucho tiempo en algunos sitios de nuestro continente.

La última fase sería la del servicio a la comunidad donde tanto propietarios como periodistas asumen de forma consciente que su papel no es el del ejercicio del poder, sino ser un mecanismo de servicio que permita al ciudadano tomar decisiones correctas sobre informaciones del mismo tenor. El ciudadano es el poder. No se defienden los intereses particulares ni tampoco se queda en la declamación del concepto del cuarto poder que le ha hecho mucho daño a la profesión en nuestros países. En la fase más elevada del ejercicio del periodismo todo se sustituye por el concepto del servicio a la sociedad.

Entre la misión y el lucro

Este proceso ha sido lento porque los medios y sus propietarios entendieron que la rentabilidad de sus empresas devenía de la prosperidad de las demás. Los medios como empresas no eran más que escudos de protección de esos intereses y a veces mecanismo de extorsión o chantaje contra aquellos que querían reducir las ganancias de esas empresas. Esta asociación entre medios e intereses comerciales accesorios no pasó desapercibida al lector u oyente que identifica muchas veces el diario o la radio con el propietario y sus intereses. Quizás en un afán de reducir esa tendencia y como resultado de la irrupción de profesionales graduados en universidades, el proceso evolucionó hacia la idea del ejercicio del poder como consecuencia de la inteligencia de quienes la administraban. Ahí la prensa se siente disputando el terreno del poder a veces en favor del ciudadano y sus instituciones y otras sólo favoreciendo a los propietarios que se vuelven socios o agentes del poder público en detrimento de papel de servir al ciudadano.

Es en ese orden de cosas donde el papel de la prensa aparece menos claro. Los periodistas y sus administradores favorecen o destronan políticos; se relacionan con empresas a las que protegen y atacan a las que compiten contra estas. Esa manipulación de los intereses del poder termina por lo general utilizando los mismos conceptos y elementos del poder que se deberían haber controlado en favor del ciudadano. Casos como el de Los Angeles Times sirven como ejemplo de lo que ocurre cuando el criterio de rentabilidad irrumpe en la toma de decisiones. Por eso la carta de Otis Chandler, exdirector del diario, es clara cuando dice que gente sin conocimiento del negocio de los medios toma las decisiones atacando la base fundamental de un medio, que es su credibilidad. Ciertamente este mismo caso nos demuestra que las cosas empiezan a cambiar a pesar del pesimismo de Chandler, quien dice en su carta: “el respeto y la credibilidad de un diario son irremplazables y muchas veces no pueden repararse a pesar de las disculpas del editor y del presidente de la corporación”.

Ahora se exige y se les pide respuestas a los dueños; se destapa un debate ético y se inserta el tema en la sociedad; se conforma un grupo de periodistas que investigará el caso y publicará sus resultados. Todo esto sería inimaginable si no percibiéramos como el sentido del servicio comienza a imponerse en lugares donde nadie creería que eso fuera un valor sustantivo y diferente del negocio de la prensa.

Este caso es también paradigmático para muchos en América Latina donde las llamadas “publinotas” no diferencian entre la publicidad de un producto o de una empresa y la información propiamente dicha. Estas secciones son por demás populares y muchos gerentes comerciales insisten en el modelo como una forma de conseguir o mantener la publicidad en el medio sin mirar las consecuencias que ello genera en la credibilidad del lector, oyente o televidente, que no puede ver las fronteras entre lo comercial o publicitario y lo estrictamente informativo.

Más cerca del servicio

Quizás con el caso de Los Angeles Times estemos entrando a la tercera fase del “negocio” del periodismo que es servir de manera fiel y transparente a los intereses del lector. Esto último, a la larga, trae prestigio y credibilidad al medio; mientras que lo otro, a pesar de los ventajas coyunturales, genera sólo conflictos de intereses con graves consecuencias en la relación entre el medio y el público al que sirve.

El verdadero patrón del medio es el público y éste espera de nosotros información desprovista de intereses que no sean otros que aquellos que faciliten la toma de decisiones de manera clara. Toda distorsión del concepto hiere al medio en su valor más fundamental y excluyente que es su credibilidad y desalienta a la sociedad a la que sirve. Como bien lo dijo un editorial de The New York Times sobre el tema: “el caso de Los Angeles Times no fue simplemente la conquista de los negocios sobre la sala de redacción, algo peor, la incapacidad de entender la contribución que hace a la fortaleza económica de un periódico una sala de redacción sin compromisos”. Este es un buen ejemplo para los dueños de medios de América que creen que todavía aquellos están para defender “sus otros negocios” o para “sostener el poder”, sin darse cuenta que su mejor aporte para la salud de sus negocios son medios solo comprometidos con la sociedad a la que sirven con información clara, transparente y sin conflictos de intereses.

      


Benjamín Fernández, periodista paraguayo. En estos momentos cursa estudios en la Universidad de Harvard, en los Estados Unidos, gracias a una beca Nieman.

(27 de noviembre de 1999)

 

 

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