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Perú: Territorio Comanche
Por Cecilia Valenzuela

En octubre pasado el periodista Isaac García, de Radio Siglo XXI de Tarapoto, una pequeña ciudad del oriente peruano, denunció la campaña que el Ministro de la Presidencia, Tomás Gonzales Reátegui, hacía en favor de su sobrino, que postulaba para alcalde de la ciudad. Inmediatamente después, García fue despedido de Radio Siglo XXI. A los pocos días, dos individuos no identificados le propinaron, en la puerta de su casa, una soberana paliza, y, posteriormente su padre fue comprendido por la fiscalía de la provincia en un proceso judicial engorroso y descalificador.

Un mes después, cuando Isaac García fue convocado a Lima para declarar ante la comisión del Congreso de la República, que investiga las denuncias de nepotismo y corrupción contra el Ministro de la Presidencia, el periodista se retractó de su denuncia inicial y no quiso formular cargos. Al salir de la sesión se negó a dar declaraciones, aunque admitió, esquivo, que había sido presionado.

El periodismo de investigación se realiza en el Perú, en medio de la adversidad y el autoritarismo. Peor aún si los dueños de los medios –incluso los más liberales– se encuentran presionados económicamente, a través de la oficina recaudadora de impuestos del Estado. En este contexto, el fantasma de la censura –la que astutamente ejerce el gobierno ajustando a los empresarios– visita diariamente las redacciones y los departamentos de prensa de los canales de televisión.

La libertad de expresión no es patrimonio de periodistas y escritores. Las amenazas, el acoso y el miedo, tampoco. El 4 de junio de 1997, los estudiantes de todas las universidades de Lima se organizaron y marcharon, pacíficamente, para manifestarse en contra de la injusta defenestración de tres magistrados del Tribunal Constitucional. Los jóvenes que organizaron la marcha han sido detectados y son sistemáticamente amenazados de muerte o perturbados en sus domicilios, a través de sus teléfonos o por medio de las autoridades de su propia universidad.

Los filisteos de la prensa peruana proclaman a cuatro vientos que en el Perú es un país democrático porque existe libertad de expresión, y que existe libertad de expresión porque cualquiera pude decir lo que le dé la gana. Sin embargo, los periodistas, los políticos o los estudiantes que denuncian atropellos, corrupción o abusos de parte del gobierno, son amenazados, perseguidos o amedrentados a través de agentes del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) o de jueces provisionales nombrados por Vladimiro Montesinos, el asesor del régimen de Alberto Fujimori.

Este siniestro asesor ha convertido a las fuerzas de seguridad en el ala perversa y siniestra del régimen. Ha formado una guardia especial que no existe formalmente en la estructura orgánica de las Fuerzas Armadas, que no tiene responsabilidad pública ni política y que opera con armas y pertrechos del Ejército y de la Policía. La denomina Escuadrón de Seguridad "Júpiter", aludiéndose a sí mismo. Y, como el dios romano, Montesinos goza de impunidad.

En el Perú no rigen las garantías constitucionales. No existe autonomía en el Poder Judicial. No hay independencia entre los poderes. Un gobierno paralelo actúa en la clandestinidad. Su jefe se llama Vladimiro Montesinos y es quien verdaderamente manda en el SIN.

La Oficina de Estrategia Psicosocial del SIN es una entidad perversa y moderna. Desde sus computadoras alimentan una página en Internet donde publican los artículos peor escritos y más siniestros de Internet. Sus textos tienen como objetivo incrementar las campañas de desprestigio y difamación que, en enero pasado, iniciaron en pasquines de escasa circulación contra políticos y periodistas. Los burócratas del SIN pretenden pasar desapercibidos fingiendo que pertenecen a una organización internacional, pero sus limitaciones y sus hierros los delatan.

El periodismo de investigación se lleva la peor parte. La persecución que han desatado los servicios de inteligencia contra las fuentes de información atenta contra la vida y los derechos humanos: Mariela Barreto, una agente de Inteligencia del Ejercito que proporcionó información al periodista José Arrieta, jefe de la unidad de investigación de Canal 2 bajo la administración de Baruch Ivcher, fue asesinada brutalmente a mediados del año pasado. Su cuerpo mutilado fue enterrado en un arenal. Su cabeza y sus extremidades aún no se encuentran.

Una de sus compañeras, Leonor La Rosa, fue torturada en el sótano del Cuartel General del Ejército al día siguiente de la desaparición de Barreto. La Rosa estaba embarazada. Las torturas a las que fue sometida le provocaron un aborto. Las lesiones que sufrió le dañaron la médula espinal y le ocasionaron un trastorno cerebral. Ahora está inmovilizada, pierde progresivamente la memoria y el habla, y su diagnóstico no es alentador.

Otras fuentes han sufrido cárcel y hostigamiento. Las más afortunadas enfrentan procesos judiciales en los que son acusadas desde terroristas hasta ladronas. Desde infidentes hasta mentirosas.

Si el ejercicio de la libertad de expresión no tiene garantías, y hacer periodismo significa poner en riesgo la integridad, la libertad de prensa y la libertad de expresión no existen.

La noche del 5 de abril de 1992 el periodista Gustavo Gorriti fue asaltado, en su propia casa, por 15 agentes del SIN. Lo detuvieron y se llevaron su computadora. Dos horas antes el presidente Alberto Fujimori, había realizado un golpe institucional, clausurando el Congreso de la República. Gorriti se salvó de ser asesinado por los agentes del SIN que lo tenían secuestrado, gracias a la intervención de los organismos internacionales.

Desde ese momento, los periodistas peruanos que llevaban doce años cubriendo y sufriendo numerosas bajas en la guerra contrasubversiva; sumaron a sus riesgos el de trabajar en medio de una dictadura.

A las amenazas de muerte, llamadas intimidatorias, campañas de desprestigio, intimidación y eliminación de las fuentes, se han sumado en los últimos tres años, un atentado dinamitero contra las instalaciones de un canal de televisión en Puno, la usurpación de un canal de televisión de cadena nacional en Lima y la cancelación de algunos programas periodísticos.

La filial de Red Global en Puno sufrió, en 1995, un ataque con cargas explosivas en su local. Una investigación periodística logró demostrar e identificar a los responsables. Tres agentes del Servicio de Inteligencia del Ejército –que pertenecían al escuadrón de la muerte bautizado como Grupo Colina– fueron detenidos por la Policía Nacional inmediatamente después de los sucesos. Durante el proceso los acusados fueron absueltos. El dictamen de los jueces argumentó que no había delito porque el " terrorismo sólo puede ser cometido en contra el Estado". Los policías que los detuvieron fueron sancionados y escarmentados.

En septiembre de 1997 el propietario de Canal 2, Baruch Ivcher, fue despojado de la nacionalidad peruana. Con el pretexto de que no es peruano, le usurparon sus derechos de propiedad. El programa periodístico de su canal, "Contrapunto", fue desactivado. Los periodistas que valientemente habían denunciado y probado un sistemático espionaje telefónico contra políticos, empresarios y periodistas de oposición, además de torturas y asesinatos contra agentes del SIN que se arrepintieron de colaborar con las atrocidades del régimen, perdieron su trabajo.

A José Arrieta, jefe de la unidad de investigación de Canal 2, le abrieron proceso por infidencia en un Tribunal Militar. Arrieta tuvo que abandonar el país y solicitar asilo político en los Estados Unidos.

Desde marzo de 1998, los periodistas del diario La República Angel Páez, Edmundo Cruz y Fernando Rospigliosi comenzaron a aparecer, involuntaria e inconsultamente, en sendos suplementos especiales publicados por diarios populares adictos y monitoreados por el gobierno.

El despliegue tenía como objetivo desprestigiarlos profesionalmente sugiriendo, a todo color, que eran traidores a la patria y agentes del ejército del Ecuador. Con esa campaña pretendían descalificar artículos escritos por ellos en los cuestionaban compras de armamento y aviones de guerra, sin licitación, realizadas por las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior, así como planes secretos de seguimiento contra políticos y periodistas opuestos al gobierno.

El conocimiento y la publicación de uno de estos planes, el plan Bermuda –que en clave quería decir ver muda a la prensa– salvó la vida del periodista César Hildebrandt, crítico opositor que dirige un exitoso programa de televisión, a quien el SIN planeaba asesinar.

El Instituto Prensa y Sociedad IPYS, del Perú, registra rigurosamente cada uno de los atentados, las amenazas y los abusos que se comenten contra periodistas. La lista es cada vez más larga y alarmante.

La opinión pública se entera intuitiva y parcialmente de la realidad que acosa a la prensa peruana. Pero nadie desconoce en el país los afanes y los éxitos del gobierno de Fujimori por controlar los medios de comunicación nacional. En Perú la subversión ha sido prácticamente replegada, pero el peligro para los periodistas se ha incrementado.

 


Cecilia Valenzuela, periodista peruana. Su nombre recorrió el mundo al publicar el resultado de una investigación en la que cuestionaba la nacionalidad del presidente Alberto Fujimori.

 

CENTRO INTERNACIONAL DE PRENSA
UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE LA FLORIDA, MIAMI - 2000