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¿Una
nueva era para los medios mexicanos?
Por Raúl
Trejo Delarbre
Vicente Fox es
un personaje para los medios. Cuando ve una cámara
fotográfica que lo está enfocando, invariablemente
sonríe. Si le ponen enfrente un micrófono, jamás
elude la tentación de decir alguna frase.
Desde luego, esa
actitud les encanta a los medios. Y el nuevo presidente mexicano
sabe aprovecharla. El día que asumió el cargo,
el primero de diciembre, Fox presenciaba un espectáculo
de música desde el balcón presidencial en el
Palacio Nacional y de pronto decidió mezclarse con
la gente. Se quitó el saco, se remangó la camisa
y, para sorpresa de sus guardias de seguridad, bajó
a participar de los cantos en su honor.
Hábil para
llamar la atención de los medios, en buena medida a
ellos les debe la popularidad que le permitió ganar
la elección presidencial. En las campañas de
este año 2000 Fox recibió en la radio y la televisión
con cobertura nacional casi tanto espacio como su rival, el
candidato del PRI. En los medios de provincia, sin embargo,
quedaba en desventaja.
El crecimiento
de la fuerza que encabezaba, obligó a todos los medios
a ocuparse de la campaña de ese candidato. Pero no
siempre fue así. Hace doce años, cuando era
diputado, Vicente Fox tuvo que ponerse unas orejas de burro,
hechas de cartón, para llamar la atención de
los medios mientras decía un discurso en la tribuna
del Congreso.
Publicidad, instrumento
de presión y respaldo a la prensa
La relación
de los medios con el poder político nunca ha sido sencilla
en México, igual que en cualquier otro sitio. El antagonismo
que existe siempre entre unos y otro ha sido fuente de rivalidades
y presiones mutuas. Pero en la situación mexicana,
además, uno de los rasgos del autoritarismo vigente
hasta hace algunos años había sido la subordinación
de una gran cantidad de medios a las decisiones y los intereses
del gobierno y de su partido político.
Como es sabido,
la prensa escrita en México no depende fundamentalmente
de su presencia en el mercado sino de la publicidad del gobierno.
Los medios electrónicos, por su parte, funcionan merced
a concesiones que otorga discrecionalmente el gobierno mismo.
Esos mecanismos impusieron un tenso modus vivendi que era
reflejo de la enorme capacidad de influencia y presión
del Estado sobre la sociedad y que hace algunos años
comenzó a debilitarse.
Ahora que llega
al gobierno una fuerza política distinta a la que imperó
en México durante más de 70 años es inevitable
que ocurran cambios en la relación entre los medios
y el poder político. El más inmediato, o al
menos el más temido por numerosas publicaciones, podría
ser el establecimiento de nuevas reglas para la publicidad
gubernamental en diarios y revistas.
Hasta ahora, ha
sido costumbre que los ministerios del gobierno federal y,
por otra parte, los gobiernos de los estados, contraten publicidad
en publicaciones de poca o nula circulación, muchas
de las cuales tienen escasa o ninguna calidad profesional.
Gran parte de esos anuncios aparecen confundidos con el material
redaccional; es decir, no se aclara que se trata de publicidad.
Ese ha sido el origen de una relación perversa entre
el Estado y la prensa escrita: los funcionarios pagan anuncios
en revistas y diarios que nadie lee, con tal de aparentar
que tienen una imagen favorable en los medios impresos. Y
gracias a ello existen centenares de diarios y millares de
revistas que no existirían de no ser por el patrocinio
estatal.
Si el nuevo gobierno
resuelve contratar publicidad solamente en los diarios y revistas
de mayor circulación, la mayor parte de la prensa mexicana
quedaría a merced de la publicidad que obtuviera en
los gobiernos de los estados y en otras instituciones y a
la postre, desaparecería. Pero esa decisión
además propiciaría que solamente permanecieran
unas cuantas revistas y pocos diarios, en detrimento de la
pluralidad de la prensa. Una opción sería que
la asignación de publicidad tomase en cuenta la circulación
real de los diarios y revistas y la calidad de su contenido.
Esa es una discusión aún sin resolver en las
relaciones entre la prensa y el poder en México.
Concesiones, prebenda
y amago para radiodifusoras y televisoras
El otro gran asunto
pendiente es el de las concesiones para la radio y la televisión.
A diferencia de muchos países, en México el
derecho de una empresa o un grupo de ciudadanos que quieran
transmitir por uno de esos medios no depende de la asignación
que haga un comité en el que estén representadas
diversas opiniones, sino de la decisión unilateral,
e incuestionable, de un funcionario del gobierno federal -el
secretario de Comunicaciones y Transportes.
El régimen
de concesiones para acceder a un espacio en las frecuencias
de radiodifusión ha sido no sólo discrecional,
sino despótico. El gobierno mexicano, al menos hasta
hace pocas semanas, continuamente se negó a informar
por cuánto tiempo y con qué características
otorgaba las concesiones para radio y televisión.
Las grandes empresas
de comunicación en México, que se han beneficiado
de ese régimen parcial y discrecional en la autorización
de concesiones, se han opuesto en varias ocasiones a que sea
modificada la legislación para la televisión
y la radio. Sin embargo, muchas otras voces en la sociedad
han exigido que el derecho a la radiodifusión no dependa
de la decisión unilateral de un ministerio del gobierno.
Varios legisladores
de Acción Nacional, el partido que llevó a Fox
a la presidencia, proponen la modificación del régimen
de concesiones. Una de las opciones es crear un mecanismo
similar a la Comisión Federal de Comunicaciones que
hay en los Estados Unidos. Cualquiera que sea el esquema para
resolver el derecho a la radiodifusión, la reforma
del actual sistema implicará cambios muy sustanciales
en los medios electrónicos en México.
Por lo pronto
el 4 de diciembre pasado la Comisión Federal de Competencia
prohibió la fusión de las radiodifusoras de
Televisa con la cadena de radio Acir, al considerar que esa
alianza hubiera constituido un monopolio lesivo a otras empresas
en la industria de la radio. Esa Comisión no depende
del presidente de la República, así que su decisión
no fue propiciada por el cambio de gobierno. Pero sin duda
forma parte de los nuevos tiempos que comienzan a vivir los
medios en México. Nunca antes una autoridad le había
puesto taxativas a un negocio de Televisa. Esa prohibición
aún está sujeta a un proceso de revisión
judicial pero, por lo pronto, constituye un hito en la historia
de los medios en este país.
Termina el control
sobre la imagen presidencial; buscan nuevas reglas
El mismo 5 de
diciembre, el gobierno de Fox dio a conocer las pautas que
orientarán su política de comunicación.
Por una parte establece compromisos para facilitar el acceso
de la prensa a la información. A diferencia de la intencional
distancia que en otros periodos el presidente ha tenido con
los periodistas, ahora se anuncian conferencias de prensa
todos los días, muchas de las cuales serán ofrecidas
por Vicente Fox. Se trata de un esquema idéntico al
que existe en la Casa Blanca y del cual ha sido responsabilizada
la vocera presidencial, la señora Martha Sahagún,
quien desde hace varios años está a cargo de
la comunicación de Fox.
Hasta ahora la
imagen del presidente de México sólo era grabada
por cámaras de video de la Presidencia de la República.
Las ceremonias en la casa presidencial de Los Pinos y muchas
de las giras del presidente no podían ser cubiertas
por los equipos técnicos de cada televisora, sino exclusivamente
por la oficina de comunicación de la presidencia que
entregaba copias de esas grabaciones a todos los medios que
las requiriesen. Desde este diciembre esa costumbre terminó
y las televisoras que así lo desean tienen acceso,
con sus propias cámaras, a cualquier evento oficial.
La imagen del presidente ya no será una sola y ese,
además de simbólico, es un cambio de carácter
político.
El nuevo gobierno
se ha manifestado a favor de revisar las leyes que ya existen
para los medios de comunicación pero sólo después
de una amplia consulta. Por lo pronto ha sugerido que cada
medio, si lo desea, establezca su propio código de
ética y que en los medios más importantes haya
un ombudsman "que genere confianza en los ciudadanos".
En sus lineamientos
de comunicación el gobierno de Fox exhorta a los medios
para que contribuyan a crear "un buen ánimo social"
en México. Es difícil que puedan y que quieran
hacerlo. Después de haber estado fundamentalmente subordinados
al gobierno, desde hace varios años los medios en México
han gozado de una amplia libertad y, para competir entre ellos,
la mayoría se ha valido del escándalo y el amarillismo.
En alguna medida, ese comportamiento le favoreció a
Fox pues al develar e incluso magnificar errores y tropelías
de los gobiernos del PRI, los medios contribuyeron a erosionar
al partido que estaba en el gobierno.
Ahora que es él
quien gobierna, el presidente Fox propone una comunicación
capaz de suscitar un ambiente de confianza entre los ciudadanos.
Hay que informar también acerca de los acontecimientos
positivos, propone esa política de comunicación
en contra de la idea de que las noticias buenas no son -desde
el punto de vista de los medios- buenas noticias.
Las tensiones
entre los medios y el poder político no desaparecerán.
Forman parte de la naturaleza de unos y otros. Pero en la
medida en que existan reglas claras, periodistas y funcionarios
-y desde luego los ciudadanos- tendrán parámetros
explícitos para orientar su inevitable relación
mutua. Eso es algo que, pese a tantos avances democráticos,
todavía no ha existido en México.
Raúl
Trejo Delarbre es el director de la revista etcétera
en Ciudad México.
(diciembre
del 2000)
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