Pulso del Periodismo

ARCHIVO

Pulso Picture

Inventando a Gabo
Por Mario Diament

Una carta del escritor uruguayo Eduardo Galeano, publicada en el diario argentino Página/12 el 27 de diciembre pasado, terminó por confirmar definitivamente uno de los embustes literarios más fascinantes de la memoria reciente. "En una biblioteca universitaria de los Estados Unidos, me enteré de que yo era autor del prólogo de un libro de Nahuel Maciel, publicado en Buenos Aires por las ediciones de El Cronista. Como nunca escribo prólogos, el asunto me llamó la atención", escribe Galeano.

El prólogo al que alude Galeano pertenece al libro "El elogio de la utopía –Una entrevista con Gabriel García Márquez–", de Nahuel Maciel, publicado por ediciones El Cronista en marzo de 1992 y presentado con gran alharaca en la Feria del Libro de Buenos Aires, en abril de ese mismo año. A pocos meses de su lanzamiento, el libro debió ser retirado subrepticiamente de la venta cuando se estableció que las introducciones de Nahuel Maciel a cada uno de los 12 capítulos fueron plagiadas palabra por palabra del libro "Prior de la Ciudad de los Toldos", escrito por el sacerdote Mamerto Menapace. La única contribución de Maciel a estos prefacios supuestamente personales, consistió en reemplazar la palabra "Dios" por la palabra "utopía" ante cada ocurrencia.

La carta de Galeano, si no confirma, por lo menos agiganta las sospechas de que el diálogo entre Nahuel Maciel y García Márquez es una prodigiosa invención del primero. El que su autenticidad no haya sido establecida fehacientemente en su momento, cuando aparecieron las primeras evidencias de plagio, se debió al lógico temor de los responsables de la editorial de que una investigación exhaustiva del origen de los textos hubiera provocado un costoso juicio con una figura literaria de proporciones. Como, de todas maneras, el libro fue retirado de circulación, y la edición, quemada ante escribano público, se consideró esta una medida terminal y suficiente.

Los pocos ejemplares que sobreviven duermen quién sabe en qué bibliotecas de Estados Unidos y el resto del mundo, y no hay que descartar que algún futuro académico se valga alguna vez de estos textos apócrifos para desarrollar alguna novedosa teoría sobre el pensamiento del autor de "Cien años de soledad".

Las circunstancias que posibilitaron este fantástico fraude deben buscarse en la madeja de códigos implícitos y supuestos que prevalecen en el mundillo periodístico y literario, donde que un fulano venga recomendado por tal o cual personaje de peso equivale a una prueba de legitimidad. Por otra parte, el origen de Maciel, su condición de mapuche apadrinado por figuras preeminentes, hacían que sus historias y sus logros periodísticos resultaran verosímiles.

Con todo, vale preguntarse cómo es posible publicar un libro con textos apócrifos de Galeano y García Márquez en una ciudad como Buenos Aires y pasar inadvertido. Que Nahuel Maciel (suponiendo que este sea su verdadero nombre) lo haya hecho, dice tanto acerca de su conspicuo caradurismo como de la indiferencia de aquellos encargados de vigilar los intereses del premio Nobel de Literatura colombiano. Después de todo, el libro no circuló en una edición clandestina, sino que, hasta el momento en que fue retirado de la venta, fue profusamente expuesto en las librerías, favorablemente criticado en los diarios y promocionado semana tras semana en las páginas de El Cronista Cultural, que en ese momento era uno de los suplementos literarios más leídos y prestigiosos de la Argentina. Ni Editorial Sudamericana, que publica habitualmente las obras de García Márquez, ni la temible Carmen Balcells, su agente (ni, por lo visto, García Márquez), disputaron la verosimilitud de este libro o mostraron curiosidad de inquirir acerca de las circunstancias de su publicación.

La gran ironía del caso es que la de Nahuel Maciel es en sí misma una historia tal vez más cercana al universo de Borges que al de Gabo. Su mayor mérito consistió en hacer transitar sus invenciones sobre una inquietante frontera de credibilidad, amparada por su pertenencia a una cultura avasallada, que hacía que las dudas acerca de su legitimidad, que siempre existieron, se convirtieran, de hecho, en altos culposos.

Maná del cielo

Hay gente que parece dotada de un asombroso sentido de la oportunidad, y Nahuel Maciel es, sin duda, uno de ellos. Apareció por la redacción del diario El Cronista una mañana de fines de 1991, justo en momentos en que Silvia Hopenhayn, editora del suplemento El Cronista Cultural, lidiaba con un cierre catastrófico donde acababa de caerse la historia principal.

El hombrecillo que se aproximó a su escritorio con extrema humildad, tenía algo más de 30 años. Era de baja estatura, cuerpo enjuto y una mirada inocente enmarcada entre rabiosos mechones de pelo lacio y una barba intensamente negra. Traía, según dijo, una recomendación de Eduardo Galeano y otra del escritor Oscar Tafetani, de la revista El Porteño, y se presentó como un indio mapuche que había escrito artículos para Le Monde, de París y el National Geographic, algunas de cuyas fotocopias traía consigo para probarlo. Venía a ofrecer –dijo– una entrevista con Mario Vargas Llosa que había realizado vía fax, lo cual, para una editora que acaba de ver pulverizarse la nota principal del suplemento, caía como maná del cielo.

Hopenhayn vino a verme a mi oficina a proponerme la nota. Mi primera reacción fue, obviamente, de asombro. ¿Un indio mapuche que hace entrevistas por fax? El concepto no podía resultar más fascinante. Tenía ese contraste que tanto nos seduce a los periodistas: esa mezcla del mundo primitivo y la hipercivilización. Le pedía a Silvia que me trajera los originales del fax, cosa que hizo, y se asegurase de que las referencias fueran verdaderas. Hopenhayn no logró hablar con Galeano pero sí se comunicó con Tafetani, quien dijo conocer a Maciel y confirmó que se trataba de alguien con legítimos antecedentes periodísticos. Ahí estaban, por otra parte, las fotocopias de sus notas en Le Monde. Con estos elementos, tomamos la decisión de publicar la entrevista.

No conocí a Maciel, sino hasta tiempo después cuando reapareció con su aspecto impasible, masticando las puntas del bigote que le caían sobre el labio, esta vez para ofrecer una entrevista con García Márquez, hecha también vía fax. Tenía los originales presuntamente firmados por "Gabo", y todo parecía normal (no era difícil que García Márquez hubiera sucumbido igualmente a la seducción de un mapuche patagónico, amigo de Galeano, que proponía entrevistarlo por fax), de modo que no hubo inconveniente en autorizar su publicación. Si bien la entrevista era una extensa y a menudo fatigante discusión sobre la utopía (su pesadez era fácilmente atribuible al engorroso mecanismo de enviar preguntas y recibir respuestas vía fax), sus méritos sobrepasaban sus imperfecciones.

Las venas abiertas

Invité a Nahuel a almorzar, y nos fuimos a una parrilla cerca de la redacción. Mi primera impresión fue la de un tipo apocado y retraído. Trasuntaba esa resignada y casi condescendiente actitud que los pueblos indígenas asumen frente a la ceguera cultural de los europeos. Salpicaba su conversación de frecuentes referencias a la cultura mapuche, diciendo cosas como "los mapuches llamamos al viento ‘kerruf’, que significa paisaje que anda", o "cuando una persona logra comunicarse con otra más allá de las palabras, cuando se logra conversar con las manos y escuchar con los ojos, le decimos ‘huerque’, es decir, mensaje", en un tono altamente exótico y misterioso.

Le pregunté por su historia personal y me dijo que, en realidad, él no era mapuche puro, sino que había sido criado por mapuches de la Patagonia. (Al periodista Orlando Barone, quien entonces dirigía el periódico Extra, publicado por la misma editorial, le contó que su madre había sido violada.) Había crecido con ellos y luego se recibió de maestro y se dedicó a enseñar en las comunidades indígenas del sur argentino. Cuando le pregunté cómo había conocido a Galeano, me respondió que porque había traducido al mapuche algunos capítulos de "Las venas abiertas de América Latina".

El reportaje a García Márquez fue publicado en la tapa de El Cronista Cultural, con una estupenda ilustración del dibujante Perrone. Era bastante largo y hubo que hacerle numerosos cortes. Mientras revisaba los cromalines, le dije a Silvia que, de haber sido un poco más extenso, habríamos podido hacer un libro con esa entrevista, y Nahuel, que oyó el comentario, aseguró que podría intentar volver a hablar con García Márquez para ampliarlo.

La gran fiesta

Nos olvidamos del asunto hasta que Nahuel reapareció, días después, con un reportaje sobre Carl Sagan, el autor de "Cosmos", y comentando entusiasmado que García Márquez había aceptado ampliar el diálogo y estaba de acuerdo en que se publicara en forma de libro. Galeano, aseguró también, se había comprometido a escribir el prólogo.

Para una editorial que hasta entonces se había especializado en libros económicos y que ahora se disponía a incursionar en el mercado literario, empezar con un libro de conversaciones con Gabriel García Márquez resultaba de una súbita bonanza, de modo que no fue difícil convencer a los responsables de publicar el libro. Como la autoría pertenecía a Maciel, quien asumía toda la responsabilidad, no fue necesario, al parecer, recabar el permiso de García Márquez. El manuscrito se completó a fines de enero y entró a imprenta inmediatamente, con la idea de lanzarlo durante la Feria del Libro.

La noche de su presentación, la sala principal del Centro Municipal de Exposiciones estuvo colmada con cerca de 500 personas, incluyendo algunos de los nombres más visibles del mundo literario porteño. Nahuel leyó una carta que dijo haber recibido de García Márquez, donde Gabo aludía a una cruz indígena que guardaba de su madre y la comparaba con el espíritu de amistad que lo había unido a Nahuel.

No pude asistir a la presentación, pero pregunté al siguiente día cómo había salido todo y si Galeano había estado presente, y todo el mundo me aseguró que sí. (Tiempo más tarde cuando, ante la evidencia de fraude, volví a preguntar a algunos de los que asistieron a la presentación si efectivamente habían visto a Galeano, nadie pudo corroborarlo. Todos insistieron en que "alguien dijo haberlo visto", lo cual hace suponer que quien hizo correr la versión fue el propio Nahuel.) Orlando Barone, cuya novela "La locomotora de fuego" se presentó en esa misma ocasión, me comentó que había conocido a la madre de Nahuel en el acto.

"¿Qué aspecto tiene?", pregunté.

"¡Parece una pituca del barrio norte!", me dijo Barone.

En las alturas

Para entonces, la presencia de Nahuel en El Cronista comenzó a hacerse familiar. Su antigua inhibición había sido reemplazada por un aire de placidez intelectual sazonada con esa certeza que trasuntan quienes han bebido la sabiduría de los pueblos antiguos. Había sido invitado a dar una clase magistral en la Universidad de La Plata y había iniciado paralelamente una carrera amatoria bastante prolífica (a juzgar por los comentarios), que no excluyó a algunas de sus compañeras de la redacción.

Los veteranos de la redacción comenzaron a hacer alusiones a su mitomanía; pero, como esta suele ser una reacción común en las redacciones frente a quienes se aventuran a hacer cosas novedosas y como los comentarios destilaban, además, un inconfundible olorcito a racismo, respondía diciendo que si alguien tenía pruebas concretas, que las trajera.

Entre la competencia –los reponsables de los suplementos literarios de Clarín y Página/12– sus columnas se leían con una mezcla de envidia y sospecha, pero nadie se aventuró nunca a afirmar abiertamente que lo que publicaba Maciel fuera plagiado o apócrifo.

Cada tanto se le veía conversar con grupos indígenas que aparecían misteriosamente por la redacción, incluyendo una delegación de Suiza que auspiciaba el premio Nobel de la Paz para Rigoberta Menchú.

Signos preocupantes

Dos nuevos hechos acrecentaron mi inquietud. Silvia Hopenhayn me vino a hablar un día, alarmada, para contarme que Maciel le había propuesto que escribieran juntos una nota sobre la isla Martín García para el National Geographic, y, cuando llegó el momento de concretarla, resultó que los presuntos contactos con la revista norteamericana no existían. Y una tarde, Nahuel se me acercó en la redacción para preguntarme si me interesaba una entrevista con el premio Nobel israelí S. I. Agnon.

"¿El quiere hacerla?", le pregunté.

"Bueno, se puede intentar", me respondió, masticando su bigote como solía hacerlo.

"Tengo buenos contactos".

"Tienen que ser muy buenos", le dije, "porque resulta que Agnon está muerto."

Se quedó cortado un momento y luego murmuró: "No lo sabía."

El principio del fin

Nahuel todavía alcanzó a colocar una entrevista con el uruguayo Juan Carlos Onetti en El Cronista Cultural, antes de que se impusiera una veda a la publicación de sus notas. Para entonces, su status legal dentro de El Cronista había pasado a ser el de colaborador permanente, y no era posible prescindir de él sin pagarle una considerable indemnización, de modo que, si queríamos despedirlo, debíamos documentar su delito.

Silvia Hopenhayn tenía en su cajón una entrevista que Nahuel afirmaba haberle hecho telefónicamente a Milan Kundera, y le exigí que me trajera la cinta grabada. Nahuel dijo que lo haría, pero comenzó a demorarse con toda clase de pretextos. Cuando creíamos que finalmente nos habíamos librado de él, apareció un día en la redacción, esgrimiendo triunfalmente un casete.

Nunca sabremos si quien hablaba era Kundera. Tampoco sabremos el origen de la grabación. Pero la voz que salía del grabador se expresaba en un francés perfecto, con un fuerte acento del este europeo, y decía precisamente las cosas que contenía el presunto reportaje a Kundera. A pesar de ello, la entrevista no se pu- blicó.

Un escritor santafecino, Carlos Roberto Morán, nos proveyó de la primera evidencia concreta de plagio. Llamó un día a Orlando Barone para comentarle que recordaba haber visto la misma entrevista que Maciel le había hecho a Onetti, publicada en otra parte. Barone me lo mencionó, y le dije que era muy importante que tratáramos de obtener una copia de esa entrevista.

Las fotocopias que mandó Morán pertenecían, efectivamente, a una entrevista a Juan Carlos Onetti, incluida en un libro de la periodista uruguaya María Esther Gillio. Maciel había copiado el texto literalmente.

Cuando lo confronté con las evidencias y le pedí una explicación, respondió que el propio Onetti le había autorizado a usarla. Aseguró que se comunicaría inmediatamente con el escritor, quien vivía entonces en Madrid, para pedirle que confirmara esto por fax.

"Aun cuando el Papa la hubiera autorizado, esto sigue siendo un plagio", le dije. Le pregunté si las anteriores entrevistas también provenían de un procedimiento similar, y me insistió que todas eran legítimas. "Esta se hizo así porque Onetti está muy enfermo. Pero él le va a mandar un fax confirmando esto que le he dicho", insistió.

El fax de Onetti nunca llegó. En cambio, pocos días después, llegó la demanda del padre Menapace acompañada de las fotocopias de su libro, donde resultaba evidente que Nahuel Maciel lo había plagiado sin ningún atenuante.

Le pedí a Nahuel que se encontrara conmigo en un café de la calle Juramento. Llegó como siempre, circunspecto y candoroso.

"¿Recibió el fax de Onetti?", me preguntó.

Le dije que el problema ya no era Onetti sino Nahuel Maciel y le mostré las fotocopias del libro. Por primera vez lo vi empalidecer.

"Es cierto", admitió. "Es un plagio." Evitando mirarme a los ojos, me pidió perdón por haber traicionado mi confianza.

Le dije que tendría que venir a la redacción a firmar una serie de documentos donde asumía la total responsabilidad por sus actos y que retiraríamos inmediatamente el libro de circulación. Me dijo que estaba de acuerdo.

Camino a la redacción, le pregunté por qué se había metido a hacer un plagio tan burdo.

"Uno a veces tiene impulsos que no controla", me explicó. "Como los que se sienten impulsados a matar. La verdad es que no sé por qué hago estas cosas…"

No volví a saber de Nahuel Maciel hasta dos meses después cuando alguien me trajo un reportaje publicado en la revista El Porteño, que llevaba su firma en colaboración con otra persona (un recurso, sospecho, que procuraba conferirse veracidad). Era una presunta entrevista al antropólogo mexicano Carlos Castañeda, autor de libros sobre experiencias con alucinógenos en la cultura yaqui. No casualmente, Castañeda hablaba en esa entrevista de la mitomanía, diciendo:

"La mentira y la mitomanía no deben confundirse. El mentiroso inventa mentiras para defenderse o para protegerse, mientras que el mitómano es un artista que recrea la realidad."


(Mario Diament. Periodista y dramaturgo argentino. Profesor de la Escuela de Periodismo y Medios de Comunicación de la Universidad Internacional de la Florida. Fue director del diario El Cronista, de Argentina, entre 1992 y 1993.)

 

 

 

CENTRO INTERNACIONAL DE PRENSA
UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE LA FLORIDA, MIAMI - 2000