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La hora de la cordura
Por Raymundo Riva Palacio

Una nueva fase en la desordenada reorganización y desarrollo de los medios de comunicación mexicanos se encuentra en un apogeo que ha despertado pasiones y exacerbado las relaciones de la prensa con el poder. Se trata de un recurso que por años se ha utilizado en diversas naciones y forma parte de la vida cotidiana en las relaciones de la prensa con sus interlocutores: la utilización de la ley para evitar los abusos de la prensa y, al mismo tiempo, salvaguardar la libertad de expresión.

Los medios mexicanos fueron durante décadas órganos de difusión de sucesivos gobiernos, y con sus excepciones, como Excélsior en los finales de los sesentas y los setentas, unomásuno, a fines de los setentas y los primeros años de los ochentas; La Jornada y El Financiero, de los ochentas a la fecha; Reforma, desde hace cinco años, y un racimo de medios fuera de la Ciudad de México, como El Diario de Yucatán, El Norte, de Monterrey, A.M., de León. El Imparcial de Hermosillo y Zeta de Tijuana, por señalar los más significativos en los últimos años sirvieron de altoparlantes a los designios del presidente en turno.

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Las negociaciones con el EZLN y la crisis mexicana permitieron que a partir de 1994 se aflojara el control que existía sobre los medios mexicanos.

Esa lógica de la interdependencia con el poder –porque a informaciones progubernamentales se respondía con publicidad oficial que hacía de medios con baja circulación negocios altamente redituables– se empezó a romper, paradójicamente, a partir del poder mismo en 1994, el año de los paradigmas de la política mexicana.

Ese 1994 comenzó con la insurrección del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas, un alzamiento indígena que catalizó la inconformidad de millones de mexicanos y que ha dado viabilidad a una guerra política en el país. Y en marzo asesinaron al candidato del PRI a la Presidencia, Luis Donaldo Colosio, en un magnicidio similar al ocurrido en 1928 cuando al presidente electo Alvaro Obregón lo asesinaron, con lo que para evitar que los conflictos políticos se resolvieran con sangre y fuego, se crearon las instituciones nacionales que fueron la fundación del actual sistema político mexicano.

Estos golpes traumáticos para el gobierno del entonces presidente Carlos Salinas lo fueron llevando a cancelar abruptamente muchos de los controles que habían ejercido sobre la prensa mexicana. Primero, con la insurrección zapatista y el asesinato de Colosio, Salinas se preocupó más de evitar que el levantamiento se generalizara en otras regiones del país en similares condiciones de marginación que llevara a una incertidumbre económica que golpeara mortalmente su proyecto neoliberal. Su estrategia de negociación con el EZLN y el capital político que comprometió con Estados Unidos para tener su apoyo financiero, tenían como objetivo realizar elecciones presidenciales limpias en agosto de 1994. En ese momento el control de los medios de comunicación era marginal, comparado con los "amarres" políticos y financieros que tenía que hacer dentro y fuera de México para evitar su colapso.

Ahí comenzó una fiesta para los medios mexicanos, quienes desde entonces, en palabras del historiador mexicano Héctor Aguilar Camín, tuvieron una "borrachera democrática". Los medios que antes de 1994 no se atrevían a guardar una distancia crítica ante el poder, lo empezaron a hacer. La radio comenzó a abrir sus micrófonos a voces disidentes y hasta la televisión, el medio más controlado de México, empezó a dar imagen a figuras de la oposición. Pero ninguno de los medios aprovechó mejor la coyuntura que la prensa escrita.

El balance en este primer quinquenio no ha sido positivo. Con el pretexto de periodismo de investigación y la búsqueda de competencia a partir del escándalo irrumpieron en la vida privada de las personas, lanzaron acusaciones sin pruebas, –o sea, difamando–, destruyeron famas públicas y prestigios profesionales, sin tener, en un gran número de casos, la documentación necesaria para apoyar sus latigazos. La anarquía política se empezó a medir en líneas agatas y puntos en los cabezales.

Para los interlocutores de la prensa, la situación se volvió hostil, con gran frustración y mucha impotencia. Pero empresarios y políticos, aún dentro del clima de confusión que ha prevalecido desde 1994, empezaron a hacer uso del recurso legal como una herramienta limitada de defensa. Ricardo Salinas, presidente de Televisión Azteca, la segunda empresa de comunicación del país, interpuso más de 60 demandas contra reporteros y comentaristas por difamación; Francisco Galindo Ochoa, exvocero presidencial, demandó a Reforma porque lo identificó como narcotraficante sin prueba alguna. Y en el caso más público que se ha dado, el director de la carrera de Comunicación de la Universidad Iberoamericana, José Carreño Carión, viejo periodista y exvocero del entonces presidente Salinas, demandó a dos columnistas del periódico El Universal, acusándolos de difamación.

En cada uno de estos tres casos, la verdad jurídica se inclina hacia los demandantes. La verdad política, empero, está tan dividida que no se ha dado solución alguna a ninguna de las querellas, pese a que algunas llevan más de tres años sentadas en los tribunales. Las demandas, particularmente contra los dos columnistas de El Universal, han polarizado el ambiente por una politización del conflicto. En esta lógica, la demanda de Carreño Carión es importante, no por la búsqueda de la autorregulación de los medios mexicanos –que ha fracasado cada vez que se ha intentado en los 20 últimos años–, sino porque trabajó con Salinas, es su amigo y, por ende, todo lo que haga es parte de un proyecto político salinista para retomar el poder en México.

Por absurdo que parezca, esa es la línea de pensamiento recurrente que divide a la opinión pública y a la opinión política con un abismo imposible de sortear. La politización ha tomado posturas tan radicales que no es fortuito que los jueces no hayan emitido veredictos sobre los casos de difamación. Pero, sobre todo, ha escondido uno de los grandes problemas que enfrentan los medios mexicanos, la falta de autorregulación que minimice los riesgos de mentir o difamar, y de una ley que, al mismo tiempo, cree un escudo de protección contra los embates de los poderosos.

En términos de leyes, México es una nación brutalmente atrasada. De acuerdo con el Programa Iberoamericano de Derecho de la Información, de la Universidad Iberoamericana, el resultado de un análisis de la legislación constitucional y secundaria en 189 países, México está ubicado en el lugar 182, con una Constitución "decimonónica" en materia de libertades informativas, y más atrasada que constituciones de países del entorno, como la de Haití, que incluye el decreto profesional del periodista como derecho fundamental, o Guatemala, que tiene un importante desarrollo constitucional en esa material.

La politización de aspectos filosóficos como la ética periodística, o de temas más bien vinculados a la técnica de la profesión, ha impedido que se pueda avanzar en la construcción de mejores medios de comunicación mexicanos. Lo que prevalece en realidad, es la vieja cultura mexicana de cambiar para no cambiar, en una tendencia que esconde el rechazo a modificar el status quo de la prensa mexicana, de manera que quienes se rebelan se convierten en casos de excepción y jamás de norma.

 



Raymundo Riva Palacio es director general editorial del grupo Multimedios Estrellas de Oro, con sede en Monterrey, México. El grupo publica El Diario, de Monterrey, la revista Milenio, así como periódicos de Guadalajara, Saltillo y Tampico. También forman parte de Multimedios Estrella de Oro un total de 40 estaciones de radio y nueve canales de televisión.

CENTRO INTERNACIONAL DE PRENSA
UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE LA FLORIDA, MIAMI - 2000