Ante todo, debo justificar
ese colage que aparece en el título y que escribo así
muy a pesar mío. Me explico... (Pero antes necesito hacerles
una confesión: la j es mi grafema preferido. La j
es una letra alegre, humilde y generosa. Alegre porque su
nombre está evocando el folclore danzante de algunas regiones
españolas aunque la homonimia del baile y de la letra
sea totalmente casual. Humilde porque es la réplica de
la iota, el signo más pequeño del alfabeto griego, e
ingrediente de modismos en los que representa un papel despectivo:
"No saber ni jota"; "No ver jota"...
Generosa, además, porque durante siglos cedió su sonido a la
x; y, si no, ahí están don Quixote y doña Ximena
y quienes todavía escriben México, Texas y Xavier...)
Y ahora sí me explico.
Los tratados ortográficos tradicionales afirman: "Se escribe
con j la terminación -aje, con la excepción de
ambages y enálage. "La razón de estas dos
salvedades debe buscarse en su origen latino (ambages
y enallage); al parecer, nadie se atrevió a transmutar
esas ges etimológicas en jotas, viniendo de la
venerable lengua del Lacio.
Muchos de estos vocablos
con terminación en -aje proceden del francés, siempre
previo cambio de la g en j: garaje-garage,
sabotaje-sabotage, aterrizaje-atterrissage, amerizaje-amerissage,
bagaje-bagage... Hasta el antiguo homenaje se
derivó de ometnage en alguna variedad dialectal del sur de Francia.
Pero, de pronto,
la Academia rompe con esta práctica secular. Decide, en la edición
de 1992 del DRAE, adoptar el vocablo francés collage (literalmente,
encolado o pegadura; modernamente, técnica pictórica consistente
en adherir a una superficie diversos materiales) y lo hace con
la grafía colage.
Por eso, antes de
continuar, deseo dejar constancia de mi más firme protesta por
la infracción de la norma ortográfica y por el agravio cometido
contra mi letra favorita, junto con mi repudio a este espurio
colage académico, que debió haber sido colaje.
Pretendo hoy presentarles
una pluralidad temática sobre el idioma, un variado conjunto
polícromo y plurivalente de puntos de interés sobre nuestra
lengua, un verdadero colaje (¡perdón!, quise escribir
colage) lingüístico. Que lo disfruten.
Aparte de los colores
básicos del arco iris, la práctica popular ha utilizado una
serie de objetos y productos para designar algunos de los innumerables
matices cromáticos posibles: rosa, naranja, violeta, púrpura,
café...
Gramaticalmente hablando,
hubiera sido más ortodoxo usar los adjetivos derivados de esos
sustantivos: rosado (de rosa), violado o violáceo
(de violeta), purpúreo (de púrpura), plomizo,
dorado...
Sin embargo, muy
frecuentemente el pueblo ha preferido utilizar directamente
los sustantivos, con lo cual los convierte prácticamente, en
cierto modo, en verdaderos adjetivos: Un vestido crema; pantalón
café; camisa plomo; la pantera rosa...
Todas estas expresiones
resultan gramaticalmente justificables en el contexto de una
elipsis legítima, o sea, sobrentendiendo de color de: Un
vestido (de color de) crema...
En ediciones pasadas,
el DRAE admitía la adjetivación plena de algunos de estos sustantivos
cromáticos, entre otros, marrón (en francés significa
castaña), rosa, violeta, malva... Como adjetivos,
deben pluralizarse: vestidos rosas, zapatos marrones, pañuelos
malvas, blusas violetas...
La última edición
del léxico oficial (1992) registra, novedosamente, la adjetivación
de café, como equivalente a marrón, y, aunque
limita su uso a México, sabemos que su empleo se extiende a
otros muchos países de América. Así pues, estamos oficialmente
autorizados para decir y escribir ojos cafés, zapatos cafés,
pantalones cafés... Naturalmente, el nuevo adjetivo es invariable
en cuanto al género: color café, tonalidad café; colores
cafés, tonalidades cafés...
Por su etimología
y por su uso, alternativa fue siempre, en el idioma español,
una opción entre dos cosas. Su étimo latino es, en última instancia,
el vocablo alter (el otro, entre dos), diferente
de alius (otro, entre varios).
El cognado inglés
alternative tiene, sensu stricto, este mismo significado:
opción o posibilidad entre dos cosas solamente. Sin embargo,
sensu lato, se utiliza, y abundantemente, como opción
o posibilidad en general, es decir, entre varias
cosas. Sin duda la influencia del inglés generalizó en castellano
el uso de alternativa en este sentido amplio de opción
o posibilidad en general, aun cuando en manuales
y textos gramaticales siempre se hizo hincapié en la diferencia
entre alternativa y opción, y se recomendaba
el buen empleo de ambos vocablos.
Pero, finalmente,
la Academia cedió una vez más. En la vigésima edición de su
diccionario (1984) se modifica la tercera acepción de alternativa
(hasta entonces había sido "opción entre dos cosas")
mediante el procedimiento de agregar dos breves palabras: o
más. La definición quedó así: "Alternativa.
Opción entre dos o más cosas." Y en su última aparición,
el DRAE (1992) apuntala esta posición académica cuando hace
avanzar al primer lugar del artículo alternativa esa
comentada tercera acepción.
Pese a todo, el académico
Manuel Seco (Diccionario de dudas) recomienda seguir
haciendo la distinción clásica opción-alternativa en
"beneficio de la claridad". Y nosotros apoyamos fervientemente
la sugerencia de este autor. Aunque conste ya la
Academia habló e identificó oficialmente los dos conceptos.
¡No hay alternativa!
"Es necesario
estar en posesión de una gran dosis de mística para lanzarse
a rescatar esos altos valores..."
Leemos recientemente
esas palabras y destacamos el vocablo mística, cuyo uso
en el sentido de entrega generosa, desinteresada y constante
a una causa determinada, ha sido blanco de las críticas de más
de un lexicólogo conservador.
En efecto, según
la definición del Diccionario de la Real Academia Española,
mística es únicamente la "parte de la teología
que trata de la vida espiritual y contemplativa y del conocimiento
y dirección de los espíritus". Proviene del griego myo
/cerrarse/ (la misma raíz de misterio) y designa,
atendiendo al aspecto etimológico, una vida consciente profundamente
interior, sobre todo en la esfera de lo religioso. Se trata,
pues, de una experiencia de unión plena y profunda con lo sobrenatural,
conducente con frecuencia a manifestaciones extáticas y visiones
sobrehumanas. Se considera la etapa avanzada de la vida religiosa,
detrás de la ascética, fase de la mortificación y austeridad.
Las personas poseedoras
de este nivel de perfección espiritual están total e irreversiblemente
entregadas a su ideal contemplativo, con desprecio absoluto
de cuanto no forme parte de su vida interior.
Por todo ello, bien
se puede hacer un giro tropológico y hablar de mística cuando
se da la entrega plena, desinteresada, constante y abnegada
de alguien a una causa cualquiera: política, social, religiosa,
científica...
Para legitimar el
uso de mística en ese sentido, no es necesario el registro
de esta acepción por parte del DRAE. Basta el recurso siempre
prolífico al lenguaje figurado.
Resulta extraña la
importación del idioma francés desde el siglo XIX
de la voz complot cuando en castellano, para expresar
ese mismo concepto, tenemos abundantes términos: conspiración,
confabulación, maquinación, intriga, conjura o conjuración...
Sin embargo debemos reconocerlo, en el uso popular
complot ha desbancado al resto de los sinónimos, pese
al abolengo y casticidad de estos.
El léxico oficial
acogió este vocablo terminado en t como es frecuente
en su idioma de origen, sin aplicarle los retoques cosméticos
de rigor: en este caso la eliminación de esa t final,
fuente de enredos fonéticos y de problemas morfológicos en la
formación del plural. Un castellanizado compló hubiera
resultado mucho más acorde con nuestra prosodia y libre de dudas
a la hora de su pluralización. No obstante, el DRAE ha mantenido
persistentemente complot en todas sus ediciones.
Pero, por encima
de todas estas elucubraciones, se presenta un hecho en verdad
sorprendente. El Esbozo de una nueva gramática de la lengua
española publicado por la Academia en 1973 y considerado
en los medios lingüísticos como la gramática oficial y actualizada
del castellano escribe: "En el galicismo complot
omitimos en la pronunciación la t tanto en singular
como en plural (en francés se omiten todas las consonantes finales),
por lo que sería mejor hispanizarlo en la forma compló,
complós..." (Las negritas finales son nuestras.)
Si la Academia aconseja
compló, en vez de complot, en su gramática, ¿cuál es
la razón para, veinte años después, seguir incluyendo complot,
y no compló, en su diccionario? ¿Se trata, acaso, de
un complot en contra de compló?
Hemos tratado en
este artículo de combinar, lo más artísticamente posible, elementos
léxicos dispares. Podríamos decir que hemos organizado un complot
gramatical, pero, eso sí, llenos de mística y entusiasmo
para presentar llamativos colores; no hemos tenido alternativa.
Recuerden que es un colage (¡con g!) lingüístico.
(Fernando
Díez Losada es coordinador de
los servicios de corrección del diario La Nación, de
San José, Costa Rica.)
Departamento
de Español Urgente de la Agencia EFE (Temas sobre el uso
de nuestra lengua.)