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Un colage lingüístico
Por Fernando Díez Losada

Ante todo, debo justificar ese colage que aparece en el título y que escribo así muy a pesar mío. Me explico... (Pero antes necesito hacerles una confesión: la j es mi grafema preferido. La j es una letra alegre, humilde y generosa. Alegre porque su nombre está evocando el folclore danzante de algunas regiones españolas –aunque la homonimia del baile y de la letra sea totalmente casual–. Humilde porque es la réplica de la iota, el signo más pequeño del alfabeto griego, e ingrediente de modismos en los que representa un papel despectivo: "No saber ni jota"; "No ver jota"... Generosa, además, porque durante siglos cedió su sonido a la x; y, si no, ahí están don Quixote y doña Ximena y quienes todavía escriben México, Texas y Xavier...)

Y ahora sí me explico. Los tratados ortográficos tradicionales afirman: "Se escribe con j la terminación -aje, con la excepción de ambages y enálage. "La razón de estas dos salvedades debe buscarse en su origen latino (ambages y enallage); al parecer, nadie se atrevió a transmutar esas ges etimológicas en jotas, viniendo de la venerable lengua del Lacio.

Muchos de estos vocablos con terminación en -aje proceden del francés, siempre previo cambio de la g en j: garaje-garage, sabotaje-sabotage, aterrizaje-atterrissage, amerizaje-amerissage, bagaje-bagage... Hasta el antiguo homenaje se derivó de ometnage en alguna variedad dialectal del sur de Francia.

Pero, de pronto, la Academia rompe con esta práctica secular. Decide, en la edición de 1992 del DRAE, adoptar el vocablo francés collage (literalmente, encolado o pegadura; modernamente, técnica pictórica consistente en adherir a una superficie diversos materiales) y lo hace con la grafía colage.

Por eso, antes de continuar, deseo dejar constancia de mi más firme protesta por la infracción de la norma ortográfica y por el agravio cometido contra mi letra favorita, junto con mi repudio a este espurio colage académico, que debió haber sido colaje.

Pretendo hoy presentarles una pluralidad temática sobre el idioma, un variado conjunto polícromo y plurivalente de puntos de interés sobre nuestra lengua, un verdadero colaje (¡perdón!, quise escribir colage) lingüístico. Que lo disfruten.

Aparte de los colores básicos del arco iris, la práctica popular ha utilizado una serie de objetos y productos para designar algunos de los innumerables matices cromáticos posibles: rosa, naranja, violeta, púrpura, café...

Gramaticalmente hablando, hubiera sido más ortodoxo usar los adjetivos derivados de esos sustantivos: rosado (de rosa), violado o violáceo (de violeta), purpúreo (de púrpura), plomizo, dorado...

Sin embargo, muy frecuentemente el pueblo ha preferido utilizar directamente los sustantivos, con lo cual los convierte prácticamente, en cierto modo, en verdaderos adjetivos: Un vestido crema; pantalón café; camisa plomo; la pantera rosa...

Todas estas expresiones resultan gramaticalmente justificables en el contexto de una elipsis legítima, o sea, sobrentendiendo de color de: Un vestido (de color de) crema...

En ediciones pasadas, el DRAE admitía la adjetivación plena de algunos de estos sustantivos cromáticos, entre otros, marrón (en francés significa castaña), rosa, violeta, malva... Como adjetivos, deben pluralizarse: vestidos rosas, zapatos marrones, pañuelos malvas, blusas violetas...

La última edición del léxico oficial (1992) registra, novedosamente, la adjetivación de café, como equivalente a marrón, y, aunque limita su uso a México, sabemos que su empleo se extiende a otros muchos países de América. Así pues, estamos oficialmente autorizados para decir y escribir ojos cafés, zapatos cafés, pantalones cafés... Naturalmente, el nuevo adjetivo es invariable en cuanto al género: color café, tonalidad café; colores cafés, tonalidades cafés...

Por su etimología y por su uso, alternativa fue siempre, en el idioma español, una opción entre dos cosas. Su étimo latino es, en última instancia, el vocablo alter (el otro, entre dos), diferente de alius (otro, entre varios).

El cognado inglés alternative tiene, sensu stricto, este mismo significado: opción o posibilidad entre dos cosas solamente. Sin embargo, sensu lato, se utiliza, y abundantemente, como opción o posibilidad en general, es decir, entre varias cosas. Sin duda la influencia del inglés generalizó en castellano el uso de alternativa en este sentido amplio de opción o posibilidad en general, aun cuando en manuales y textos gramaticales siempre se hizo hincapié en la diferencia entre alternativa y opción, y se recomendaba el buen empleo de ambos vocablos.

Pero, finalmente, la Academia cedió una vez más. En la vigésima edición de su diccionario (1984) se modifica la tercera acepción de alternativa (hasta entonces había sido "opción entre dos cosas") mediante el procedimiento de agregar dos breves palabras: o más. La definición quedó así: "Alternativa. Opción entre dos o más cosas." Y en su última aparición, el DRAE (1992) apuntala esta posición académica cuando hace avanzar al primer lugar del artículo alternativa esa comentada tercera acepción.

Pese a todo, el académico Manuel Seco (Diccionario de dudas) recomienda seguir haciendo la distinción clásica opción-alternativa en "beneficio de la claridad". Y nosotros apoyamos fervientemente la sugerencia de este autor. Aunque –conste– ya la Academia habló e identificó oficialmente los dos conceptos. ¡No hay alternativa!

"Es necesario estar en posesión de una gran dosis de mística para lanzarse a rescatar esos altos valores..."

Leemos recientemente esas palabras y destacamos el vocablo mística, cuyo uso en el sentido de entrega generosa, desinteresada y constante a una causa determinada, ha sido blanco de las críticas de más de un lexicólogo conservador.

En efecto, según la definición del Diccionario de la Real Academia Española, mística es únicamente la "parte de la teología que trata de la vida espiritual y contemplativa y del conocimiento y dirección de los espíritus". Proviene del griego myo /cerrarse/ (la misma raíz de misterio) y designa, atendiendo al aspecto etimológico, una vida consciente profundamente interior, sobre todo en la esfera de lo religioso. Se trata, pues, de una experiencia de unión plena y profunda con lo sobrenatural, conducente con frecuencia a manifestaciones extáticas y visiones sobrehumanas. Se considera la etapa avanzada de la vida religiosa, detrás de la ascética, fase de la mortificación y austeridad.

Las personas poseedoras de este nivel de perfección espiritual están total e irreversiblemente entregadas a su ideal contemplativo, con desprecio absoluto de cuanto no forme parte de su vida interior.

Por todo ello, bien se puede hacer un giro tropológico y hablar de mística cuando se da la entrega plena, desinteresada, constante y abnegada de alguien a una causa cualquiera: política, social, religiosa, científica...

Para legitimar el uso de mística en ese sentido, no es necesario el registro de esta acepción por parte del DRAE. Basta el recurso –siempre prolífico– al lenguaje figurado.

Resulta extraña la importación del idioma francés –desde el siglo XIX– de la voz complot cuando en castellano, para expresar ese mismo concepto, tenemos abundantes términos: conspiración, confabulación, maquinación, intriga, conjura o conjuración... Sin embargo –debemos reconocerlo–, en el uso popular complot ha desbancado al resto de los sinónimos, pese al abolengo y casticidad de estos.

El léxico oficial acogió este vocablo terminado en t –como es frecuente en su idioma de origen–, sin aplicarle los retoques cosméticos de rigor: en este caso la eliminación de esa t final, fuente de enredos fonéticos y de problemas morfológicos en la formación del plural. Un castellanizado compló hubiera resultado mucho más acorde con nuestra prosodia y libre de dudas a la hora de su pluralización. No obstante, el DRAE ha mantenido persistentemente complot en todas sus ediciones.

Pero, por encima de todas estas elucubraciones, se presenta un hecho en verdad sorprendente. El Esbozo de una nueva gramática de la lengua española –publicado por la Academia en 1973 y considerado en los medios lingüísticos como la gramática oficial y actualizada del castellano– escribe: "En el galicismo complot omitimos en la pronunciación la t tanto en singular como en plural (en francés se omiten todas las consonantes finales), por lo que sería mejor hispanizarlo en la forma compló, complós..." (Las negritas finales son nuestras.)

Si la Academia aconseja compló, en vez de complot, en su gramática, ¿cuál es la razón para, veinte años después, seguir incluyendo complot, y no compló, en su diccionario? ¿Se trata, acaso, de un complot en contra de compló?

Hemos tratado en este artículo de combinar, lo más artísticamente posible, elementos léxicos dispares. Podríamos decir que hemos organizado un complot gramatical, pero, eso sí, llenos de mística y entusiasmo para presentar llamativos colores; no hemos tenido alternativa. Recuerden que es un colage (¡con g!) lingüístico.

 


(Fernando Díez Losada es coordinador de los servicios de corrección del diario La Nación, de San José, Costa Rica.)

Departamento de Español Urgente de la Agencia EFE (Temas sobre el uso de nuestra lengua.)

 

 

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