Primum
vivere, deinde philosophare. Primero vivir, después filosofar.
Fue este un principio pragmático que los intelectuales escolásticos,
allá en el lejano Medioevo, tuvieron que aceptar a regañadientes.
Aunque después los más escrupulosos moralistas tuvieran que
puntualizar el asunto con el retruécano Hay que comer para
vivir, pero no vivir para comer. La condena bíblica de comer
el pan con el sudor de nuestra frente (unos, obviamente, con
más sudor que otros) ha puesto sobre el tapete de nuestras prioridades
el tema de la alimentación (líquida y sólida), y el idioma quizá
el más importante de los instrumentos culturales ha representado
también un papel fundamental en este campo de la gastronomía.
Ahí van, pues, unas cuantas disquisiciones lingüísticas que
se refieren a alimentos y bebidas. Un menú limitado, pero interesante.
1984 fue
un año de buena cosecha. No sé si de vinos y licores, pero,
al menos, la edición del DRAE aparecida en ese tiempo introdujo
un buen número de interesantes novedades y modificaciones léxicas
en las bebidas espiritosas.
Por ejemplo,
el coñac (primeramente había sido cognac, nombre
de una población francesa en el departamento de Charente) pudo
escribirse también coñá; con ello se facilitó un eventual
plural coñás frente al extraño coñaques (aunque,
eso sí, la tilde de la a se hace insustituible so pena
de meterse en terrenos resbaladizos).
El explosivo
vodka ruso pudo ser la explosiva vodca rusa: su
género es ambiguo, y las modalidades con c o con k
son indiferentes.
El sabroso
vino aperitivo conocido como vermut (en un principio
se escribió vermuth) pasó a llamarse simplemente vermú
(lo que favorece nuevamente el plural).
Y para
muchos una aberración léxica el aristocrático whisky
británico comparte ahora su identidad verbal con un güisqui
pintoresco y alambicado. (Pero, si los ingleses llaman sherry
a nuestro castizo jerez, ¿no es dulce la venganza de
nominar güisqui a su whisky?)
La nueva
edición del DRAE (1992) aportó también su granito de arena al
léxico báquico. Cambió el género de tequila, registrado
hasta el momento como femenino. Ahora es masculino, de acuerdo
con el uso generalizado. Hilda Basulto, en su Curso de redacción
dinámica (preocupada, como buena mejicana, de los accidentes
gramaticales de este aguardiente), le asigna un género dudoso.
Pero ya no hay duda: oficialmente es el tequila.
A partir
del invento gastronómico del británico John Montagu, cuarto
Conde de Sandwich y tahúr empedernido, el voca-blo sandwich
(con su variada gama de adaptaciones) irrumpió en nuestro idioma.
Por mucho
tiempo el DRAE rehusó registrar este término, pese a su empleo
generalizado en el español de América. Cosa extraña pues, ya
en el Esbozo de una nueva gramática de la lengua española
(1973), de la propia Academia, se discute el plural de sándwich
(escrito así, con el marbete de la tilde castellana) y se exponen
las variantes sánhuich, sángüich y sánduche.
Por otra
parte, el académico Manuel Seco (Diccionario de dudas)
no tiene ningún empacho en escribir: "Aunque se han propuesto
las palabras emparedado y bocadillo como traducciones
españolas del inglés sandwich, el uso general las ha
rechazado: la primera, por afectada, y la segunda, por inexacta...
Una incorporación perfecta a nuestro idioma sería la que ya
se produce... en el habla popular de Colombia: sángüiche."
Siempre
pensé en la adopción académica final de sandwich, con
la consiguiente adaptación, desde luego, a las formas típicas
de nuestra grafía: ¿sánguche, sángüiche, sánduche, sánduiche...?
Me equivoqué en la segunda parte. La edición última (1992) del
DRAE registra sándwich, pero conserva la w y la
ch final, elementos alejados del genio de nuestro idioma.
Tradicionalmente
en nuestra lengua se ha utilizado una serie de vocablos, con
el significado de objetos y artículos de escaso valor, para
formar frases o expresiones indicativas de la poca importancia
de algo o del desprecio hacia determinada situación: "No
se me da un higo de este asunto"; "Esto me
vale un comino"; "Me importa un bledo"...
En la mayoría
de los casos se han empleado nombres de frutas (higo), hortalizas
(pepino, rábano), otros productos vegetales (bledo, comino).
Actualmente,
aun cuando se siguen usando algunas de estas expresiones, no
es fácil acomodar el carácter despreciativo de los términos
en comentario con el valor real de los artículos correspondientes
en el mercado. Ninguna buena ama de casa de nuestra época se
atrevería a decir, con plena convicción: "Me importa un
rábano, un higo o un pepino", recién llegada del supermercado
en estos duros tiempos de inflación galopante.
Por otra
parte, si no fuera por el dicho Me importa un bledo,
casi nadie conocería este vocablo. El bledo es una planta
salsolácea, de tallos rastreros comestibles, aunque muy poco
apreciados por la gente: de ahí su uso despectivo.
Sirope
aparece en la última edición del Diccionario Manual de
la Academia (1989), con el signo de provisionalidad (provisionalidad
que sigue en pie ya que la última edición del DRAE [1992] no
registra el término). Se califica de voz francesa y se define
así: "Jarabe empleado en la industria alimentaria."
Cognados
del neologismo existen, efectivamente, en francés (sirop)
y en inglés (sirup/syrup). Pienso que ambos idiomas (tal
vez el francés en España y el inglés en Hispanoamérica) han
presionado equitativamente para la adopción práctica del término
en la modalidad sirope.
El étimo
de sirop y sirup/syrup (y, por ende, también de
sirope) es el árabe sharab/shariba (bebida/beber).
Pero resulta que estas mismas voces arábigas produjeron en nuestro
idioma los castizos jarabe y jarope.
La pregunta
parece obligada: ¿Por qué adoptar (y adaptar) el extranjerismo
sirope cuando, con el mismo origen y significado, tenemos
en castellano jarabe y jarope? Difícil encontrar
lógica en el caso. De hecho, no obstante, jarope es hoy
anticuado y ha pasado a un uso estrictamente familiar en ciertas
regiones hispanohablantes. Por otra parte, jarabe, aunque
según el léxico oficial se aplica a "toda bebida que se
hace cociendo azúcar en agua hasta que se espesa, añadiéndole
zumos refrescantes o sustancias medicinales", su uso en
la práctica se ha limitado a designar ciertos productos farmacéuticos
en forma líquida.
Así las
cosas, con un jarope en desuso y un jarabe monopolizado
por las boticas, parece justificarse la importación de sirope
con destino exclusivo al campo alimentario. El prestigioso diccionario
VOX registra el término; el DRAE lo desconoce por el momento.
Pero no tardará en darle el espaldarazo. Pueden apostar.
La manzana
es una de las frutas más exquisitas y apetecibles. No fue casualidad
que la tradición viera una tentadora manzana en el bíblico fruto
prohibido portador de la rebeldía y el pecado. Por otra parte,
el DRAE recoge el dicho sano como una manzana,
que refleja el grado de excelencia que el juicio popular ha
dado a esta fruta. Paradójicamente, en latín la manzana se llama
malum, término homónimo de la forma adjetival de la que
proviene mal y malo en español. Tal vez por esta
extraña coincidencia, el nombre castellano de esta fruta se
tomó del latín matiana y no de malum. Caius Matius
fue un botánico latino que, en el siglo I a. de C., escribió
un tratado, en el cual se hablaba de una variedad de la fruta
que comentamos, variedad que terminó por llamarse mala matiana
/manzanas de Matius/, de donde provino, primero, mazana
y, finalmente, mediante la adición de una n epentética,
manzana.
La mitología
grecolatina recoge también un pasaje sobre una célebre manzana.
Durante un banquete nupcial, la Discordia, que deseaba vengarse
por no haber sido invitada, arrojó en medio de los presentes
en el festín una manzana de oro con esta inscripción: "Para
la más hermosa." Tres diosas presentes se disputaron la
alusión: Juno, Palas y Venus. Júpiter, el padre de los dioses,
nombró juez a Paris, quien se inclinó por Venus y le entregó
la manzana. (La ayuda posterior de Venus, devolviendo el favor
a Paris, para el célebre rapto de Helena, sería el origen de
la Guerra de Troya.) La tradición llamó a la fruta de este mito
la manzana de la discordia, frase que empleamos para
denominar el motivo o fundamento de alguna discusión o desacuerdo.
Cuando anteriormente
tratamos de justificar el uso del neologismo sirope,
hablamos del campo alimentario. ¿No deberíamos haber
dicho alimenticio? Como es evidente, ambos adjetivos
poseen un étimo común: el verbo latino alere /alimentar/.
Alimentario proviene directamente del adjetivo latino
alimentarius, y su uso nunca fue popular. Según la definición
del DRAE, alimentario-a es lo "propio de la alimentación
o referente a ella". Alimenticio-a fue definido
por la Academia (hasta la decimonovena edición de su lexicón
oficial [1970]) como "lo que alimenta o tiene la propiedad
de alimentar".
En consecuencia,
debería decirse, por ejemplo, industria alimentaria,
ciencia alimentaria, déficit alimentario,
pero semilla alimenticia, sustancia alimenticia,
bolo alimenticio...
La diferencia
entre los dos adjetivos estaba, pues, muy clara. Una industria
es alimentaria y no alimenticia
porque la industria no se come, no es nutritiva, simplemente
produce alimentos. Lo mismo, un tratado o un déficit
son alimentarios y no alimenticios.
Pero ocurría
que en el uso popular (incluso en el periodístico y el técnico)
apenas se empleaba el adjetivo alimentario y se prefería
el más común alimenticio. No era extraño leer frases
como Muerto por intoxicación alimenticia o Feria
alimenticia en Barcelona, cuando según lo expuesto
en ambos casos el adjetivo apropiado era alimentaria.
En vista
de este empleo generalizado de alimenticio-a, el DRAE
agregó una nueva acepción: "ALIMENTICIO.2. Referente
a los alimentos o a la alimentación." Con ello, prácticamente
se estableció la sinonimia alimentario-alimenticio y,
una vez más, se abrió el camino para la ambigüedad y la imprecisión.
¡Qué le vamos a hacer...!
Como han
podido comprobar, el idioma tiene mucho que aportar aún en este
trivial y prosaico campo alimentario (o alimenticio: ustedes
eligen). Espera-mos que estos sencillos comentarios hayan sido
de utilidad. Si así fue... ¡buen provecho!
(Fernando
Díez Losada, coordinador
de los servicios de corrección del diario La Nación,
de San José, Costa Rica.)