

Los
guardaespaldas del verbo
Por
Fernando Díez Losada
En otros tiempos tal
vez hubiéramos preferido llamarlos ayudas de cámara
o guardia de Corps. Hoy están de moda los guardaespaldas
("El que acompaña asiduamente a otro con la misión
de proteger su persona", define el DRAE). Es hora de aclarar
que nos referimos al adverbio, guardaespaldas del verbo.
Es justo y necesario que, si el verbo – como hemos explicado
en más de una ocasión– es el alma de la oración,
el monarca de la expresión lingüística, tenga
sus propios guardaespaldas, su corte real y su séquito.
Obviamente nos hemos
situado en un plano puramente tropológico, es decir, estamos
hablando en sentido figurado, y muy figurado. En el universo de
las palabras –en el que domina la lealtad frente a la sevicia
del mundo de los humanos– no se requiere proteger a nadie de nadie.
Los adverbios acompañan al verbo (a veces
también al adjetivo o a otro adverbio) con
el importante objetivo de modificarlo con una serie de situaciones
circunstanciales: lugar, tiempo, modo, cantidad, afirmación,
negación, duda... En este sentido podríamos decir
que el adverbio participa íntimamente del ser y
del operar del verbo, se integra a su propia entidad, forma
con él un todo unitario. Salvadas las distancias y con
base en el célebre principio de la filosofía de
Ortega y Gasset, se podría afirmar que el verbo
es el verbo y sus circunstancias, es decir, el verbo
y sus adverbios...
No es extraño
que ciertos adverbios coincidan homonímicamente con los
adjetivos (mucho, demasiado, bastante, solo, medio...)
Naturalmente, la diferencia resulta fácil de percibir si
consideramos que el adjetivo afecta siempre al sustantivo
y, con frecuencia, presenta modificaciones genéricas y
numéricas. Por el contrario, el adverbio es invariable
y afecta principalmente al verbo. "Ha pasado mucho
tiempo, pero todavía lo ama mucho." El primer
mucho es adjetivo (afecta al sustantivo tiempo); el segundo
es adverbio (agrega una circunstancia de cantidad a la forma verbal
ama).
Precisamente, dentro
de esta circunstancialidad cuantitativa, se confunde frecuentemente
el uso correcto de mucho y demasiado (en su carácter
tanto de adjetivos como de adverbios). El académico Manuel
Seco (Diccionario de dudas) afirma: "Es impropiedad usar
demasiado por mucho: ‘con demasiado gusto escribo a usted esto’.
Es muy frecuente en América." Mucho indica la idea
de abundancia, gran cantidad, alto grado, gran número...
El adverbio demasiado, en cambio, implica el concepto de
exceso o demasía, es decir, lo que sobrepasa un nivel de
normalidad, lo que está por encima de lo justo, natural
o común. Por ejemplo, si afirmamos que un automóvil
cuesta mucho, estamos manifestando que, en realidad, se
trata de un artefacto cuyo precio, de por sí, es alto.
Si decimos, en cambio, que un automóvil cuesta demasiado,
estamos afirmando que su precio está por encima de su verdadero
valor o utilidad, o bien que excede las posibilidades económicas
de alguien para su compra. La ballena –poniendo otro ejemplo–
come mucho por su enorme tamaño natural; una persona
comió demasiado porque lo hizo en exceso, por encima del
nivel normal y común de alimentación de un ser humano.
Otro caso común
de homonimia adjetivo-adverbio lo constituye el vocablo solo.
Como adverbio equivale a solamente; como adjetivo
significa solitario, sin compañía.
Los hispanohablantes con cierta ilustración lingüística
saben que la diferencia entre solo adverbio y solo
adjetivo viene marcada a veces con una tilde en la primera o:
sólo. Pero ¿cómo está este negocio?
El primero de enero de 1959 (ha llovido lo suyo desde entonces)
entran en vigencia las llamadas Nuevas normas de prosodia y ortografía,
de la Real Academia Española. La decimoctava de dichas
reglas reza literalmente así: "La palabra solo,
en función adverbial, podrá llevar acento ortográfico
[tilde] si con ello se ha de evitar una anfibología."
Antes de la mencionada fecha, el uso del acento en la voz solo
resultaba sencillo: se tildaba cuando era adverbio, es decir,
cuando equivalía a solamente. Pero, con la aplicación
preceptiva de las nuevas normas del 59, se cambió la regla,
y las cosas se complicaron: desde entonces la tilde del solo adverbial
puede utilizarse únicamente para evitar una anfibología.
Si no existe riesgo de anfibología, no hay tilde para solo,
aunque equivalga a solamente. La norma es clara, muy clara; no
cabe ninguna otra interpretación. (¡Perdón! Se me
olvidaba. Anfibología es un doble sentido, un doble
significado, una ambigüedad en una frase. Por ejemplo: "Viajo
solo a Panamá" es una oración anfibológica;
puede significar "viajo sin compañía a Panamá"
o "viajo solamente a Panamá".) No obstante la
meridiana claridad de la norma decimoctava, mucha gente (no vayamos
muy lejos: lea cualquier periódico) sigue tildando solo
por el único motivo de equivaler a solamente, aunque
no exista anfibología, y muchos profesores lo enseñan
así (¡treinta y pico años después de la vigencia
de la nueva norma!) ¿Motivos? Costumbre, desconocimiento, interpretación
errada, pereza mental... Solo [sin tilde] Dios lo sabe...
Atrás
y detrás son adverbios en cuyo uso surgen frecuentes
dudas. La diferencia básicamente estriba en que atrás
indica dirección hacia y, por consiguiente, se construye
por lo general con verbos de movimiento: "Volvió atrás";
"Se dirigió atrás". En casos como
"quedarse atrás", que parecieran desvirtuar
lo dicho, hay una idea implícita de movimiento pues "se
queda atrás" el que avanzaba y se rezaga. Por el contrario,
detrás indica lugar o posición en y
se construye con verbos de reposo: "Estar situado detrás";
"Lo colocó detrás". Obsérvese
la diferencia entre "quedarse atrás" (rezagarse
quien iba avanzando) y "quedarse detrás"
(situarse o colocarse al fondo de un lugar). Detrás
puede preceder a la preposición de y formar la locución
detrás de: "Estar detrás
de la puerta"; "Ir detrás de los
demás". Atrás, en cambio, no produce
correctamente esta frase con de, aunque con cierta frecuencia
escuchamos un atrás de, considerado vulgar
por los entendidos. Son igualmente inaceptables –aunque muy extendidas
entre personas de poca cultura– las expresiones detrás
mío, detrás suyo, etc., en lugar de detrás
de mí, detrás de él, etc. Atrás,
como adverbio de lugar o de tiempo, puede posponerse a ciertos
sustantivos: "marcha atrás", "meses atrás"...
La gramática
castellana nos presenta como adverbios de lugar –a veces también
de tiempo–, entre otros: aquí, acá,
ahí, allí y allá. Para
la mejor comprensión de su uso, podemos agruparlos en tres
categorías: 1. aquí, acá; 2. ahí;
3. allí, allá. Cada una de estas secciones corresponde
a la menor o mayor distancia de un lugar en relación con
la persona que habla. Existe, en realidad, una correlación
entre estos tres grupos de adverbios y los tres demostrativos
este, ese, aquel. Prácticamente, aquí
y acá equivalen a en este lugar (cerca del que habla);
ahí equivale a en ese lugar (cerca de la
persona con quien se habla); allí y allá
equivalen a en aquel lugar (cerca de la persona o cosa
de quien se habla). La diferencia, pues, entre, por ejemplo, "El
libro está aquí (acá), ahí
o allí (allá)", estriba, por
lo general, en lo cerca o lejos que el libro se encuentre de mí.
La distinción concreta entre aquí y acá,
así como entre allí y allá,
puede fundamentarse simplemente en costumbres y usos en las diversas
zonas hispanohablantes. Sin embargo, acá y allá
suelen expresar un lugar menos circunscrito y definido que aquí
y allí. Por eso, acá y allá
admiten ciertos grados de comparación y superlación
que rechazan aquí y allí. Decimos,
por ejemplo, tan acá, muy allá, más
acá, pero nunca tan aquí, muy allí,
más aquí. Ahí, que expresa
generalmente una distancia intermedia, suele emplearse algunas
veces para hacer referencia a parajes indefinidos, aunque no lejanos:
"Anda por ahí diciendo que..."; "Voy
a dar una vuelta por ahí"; "Por ahí
va la cosa".
Ya (del latín
jam) es, básicamente, un adverbio de tiempo, al
igual que ahora. Sin embargo, la diferencia entre ya
y ahora es clara. Ya incluye una serie de matices
y se emplea en circunstancias muy definidas: en tiempo pasado
("Ya te lo dije"); en tiempo futuro ("Ya
lo veremos"); en tiempo presente, pero diciendo relación
al pasado ("Era gordo, aunque ya está delgado");
en tiempo presente con carácter de afirmación o
concesión (Ya entiendo). Ahora (del latín
hac hora /en esta hora/) hace referencia exclusivamente al tiempo
presente ("Ahora voy"; "Ahora lo
veo claro"). Unicamente en sentido figurado se utiliza con
tiempos pasados y futuros, como queriendo trasladar esas acciones
pasadas o futuras al presente: "Ha llegado ahora";
"Iré ahora mismo". Por todo ello, ahora
admite algunas preposiciones (por ahora, desde ahora,
hasta ahora), mientras que ya no las acepta. No
obstante, hay que reconocer, en la comunicación coloquial
particularmente, un uso generalizado de la expresión desde
ya, especialmente en América, situación que
los puristas del idioma calificaron de lusitanismo de tomo y lomo.
Es muy probable que desde ya (en portugués desde
já) se infiltrara en el español por influjo brasileño
en la región del Río de la Plata y, posteriormente,
se extendiera a otros muchos sectores de la geografía castellanohablante.
Pero no hay problema. La Academia ha abierto recientemente sus
brazos maternales a la locución desde ya, que aparece
registrada en la última edición del DRAE (1992)
como equivalente a ahora mismo, inmediatamente.
Tenemos la impresión de que a desde ya se le está
atribuyendo un matiz de dinamismo y celeridad que no tiene desde
ahora. Si es así, tal vez la adopción valió
la pena.
Es posible que la misión
de guardaespaldas del adverbio no sea exactamente proteger la
integridad verbal, que nunca va a estar en peligro. Más
bien, su función es complementar, mediante el matiz o la
connotación circunstancial, la plena vigencia y expresividad
del verbo, alma de la oración.
(Fernando Díez Losada,
coordinador de los servicios de corrección del diario La Nación,
de San José, Costa Rica.)