
El lenguaje
de la informática
Por
Fernando Díez Losada
¿Está llegando tarde
el idioma español al bautizo de los términos informáticos? Si
así fuera, no es la primera vez ni será la última. Con frecuencia
se acusa a la lengua castellana (al menos en lo que se refiere
a su léxico oficial) de haber coqueteado excesivamente con los
vocablos literarios en detrimento de la terminología técnica y
científica, la eterna cenicienta del DRAE.
Una nueva tecnología
nos invade, nos sumerge. Y el hablante necesita nuevos nombres,
palabras que acompañen a los hechos; de lo contrario no podrá
desenvolverse adecuadamente en un ambiente lingüísticamente enrarecido
y se verá obligado a recurrir al siempre resbaladizo extranjerismo,
arma de dos filos, alfa y omega, cal y arena en la evolución de
nuestra lengua.
Los extranjerismos
consisten en el uso de vocablos o expresiones de otro idioma en
el nuestro sin necesidad. Nótese que decimos "sin necesidad"
ya que algunas veces hemos de recurrir al "préstamo"
de vocablos foráneos cuando carecemos del apropiado en el nuestro.
De hecho el uso de términos extranjeros en el idioma no es nada
nuevo. Ha sido, por el contrario, una constante en el proceso
evolutivo de nuestra lengua (y de todas en general) que, a la
larga, ha contribuido sustancialmente a su enriquecimiento.
Dentro del léxico español
existen miles de palabras tomadas de otras lenguas modernas e
incorporadas oficialmente, a lo largo de los siglos, a nuestro
vocabulario oficial mediante el proceso llamado "adopción".
Estas voces son, con toda legalidad, castellanas (no por nacimiento,
sino por nacionalización) y, con frecuencia, su origen foráneo
sólo es conocido por los expertos.
Otras veces tenemos
necesidad de recurrir a un término extraño para suplir las deficiencias
de nuestra lengua, sobre todo en materia técnica y científica.
Para que un vocablo
extranjero (no incorporado aún al diccionario académico) pueda
usarse legalmente en un escrito en español, deben darse las siguientes
condiciones:
Cuando el vocablo extranjero
ha sido adoptado por la Academia (incorporándolo al DRAE), se
considera como palabra plenamente española y debe usarse con la
grafía con que ha sido incorporado. Así, sería incorrecto escribir
hoy football, beefsteak, chauffeur..., cuando
ya son palabras españolas fútbol, bisté, chofer, etc.
Pues bien, nada mejor
que tener en mente esta breve doctrina gramatical a la hora de
emitir un juicio, o una modesta orientación, en lo que se refiere
al uso del lenguaje informático. Desde el sencillo computador
personal, capaz de levantar textos o trazar gráficos, hasta el
complicado mundo de Internet (el periódico, la publicidad, el
correo, la biblioteca del futuro casi ya del presente)
hay todo un universo mágico que reclama insistentemente la acuñación
de palabras y expresiones. Este nuevo lenguaje ¿hay que aceptarlo
en su forma original (generalmente en inglés), traducirlo al español
o buscarle una denominación acorde con el genio del castellano?
Dichosamente el diccionario
académico, en su última edición (1992), ha hecho un gran esfuerzo
por incorporar una importante serie de términos informáticos.
En unos casos, el DRAE ha escogido una especie de traducción literal
o adaptación paronímica de las voces inglesas (cursor-cursor,
interface-interfaz, diskette-disquete,
implement-implementar, format-formatear,
index-indexar)... En otros, registra el vocablo
inglés inmodificado: chip ("Pequeño circuito integrado
que realiza numerosas funciones en ordenadores y dispositivos
electrónicos."), bit ("Unidad de medida...),
pese a que esas grafías con terminación consonántica en t
y p resultan un tanto extrañas en nuestro idioma.
A pesar del buen intento
del DRAE, se notan demasiadas ausencias. Falta, por ejemplo, digitar-digitador,
accesar, la acepción informática de carácter...
y, desde luego, no nos ofrece alternativa ante expresiones tan
comunes como software, hardware, multimedia, byte, CPU
y tantas otras.
Pero, yéndonos unos
años atrás, en este asunto de lenguaje y computación, la Academia
tuvo ya sus primeros problemas en el propio nombre de la criatura.
En efecto, en España llaman ordenador al aparato conocido
en Hispanoamérica como computador-computadora. Los españoles
tomaron la palabra del francés (ordenateur); los de este
lado del charco la recogieron del inglés (computer). Resultado:
empate a uno.
Naturalmente el DRAE
registra ambos términos, aunque se esmera con inequívoca
predilección en la definición de ordenador: "Máquina
electrónica dotada de una memoria de gran capacidad y métodos
de tratamiento de la información, capaz de resolver problemas
aritméticos y lógicos gracias a la utilización automática de programas
registrados en ella." En computador-a el léxico oficial
expresa parcamente: "Aparato electrónico que realiza operaciones
matemáticas y lógicas con gran rapidez." Casi solo le faltó
decir: "ordenador subdesarrollado". (Sin embargo
tal vez por un inconsciente instinto de contrición,
en la definición del DRAE del vocablo cursor puede leerse:
"4. Electrón. Marca movible, por lo común luminosa,
en forma de circulito, flecha o signo semejante, que sirve de
indicador en la pantalla de diversos aparatos, p. ej. de un computador."
Obviamente el subrayado es nuestro.)
No obstante, a la hora
de buscar un verbo con el sentido de someter datos al tratamiento
del ordenador o computadora, la Academia acuñó (en un proceso
ortodoxo) computadorizar y desechó un posible ordenadorizar,
derivado del presunto favorito ordenador.
Esto ocurrió en la
edición del DRAE de 1984. Y ya para entonces la gente se había
inclinado por computarizar (calco del inglés to
computerize), con lo cual evitaba el trabalenguas computadorizar
("El texto está computadorizado, ¿quién lo descomputadorizará?;
el decomputadorizador, etc.")
Por muchos años después
los filólogos de buena voluntad peleamos por implantar el académico
computadorizar frente al heterodoxo computarizar.
Y casi lo estábamos logrando.
Pero, ¡oh sorpresa!,
la última edición del DRAE (1992) registra ya computarizar,
incluso con preferencia sobre computadorizar. ¡No somos
nada!
Hablamos anteriormente
de que el DRAE no ha registrado el verbo accesar, tan común
en el argot informático. Pero ¡tranquilos! Su formación refleja
un patrón totalmente ortodoxo en el proceso neológico del castellano.
La vigésima edición (1984) del diccionario académico recoge tres
neologismos formados según el poco ortodoxo proceso de derivar
un verbo de un sustantivo proveniente, a su vez,
de otro verbo. Se trataría de una derivación tripartita
verbo-sustantivo-verbo, innecesaria cuando el primer verbo
y el segundo significan exactamente lo mismo. Este proceso sería
válido si los dos verbos expresaran conceptos diferentes, como
en reflejar-reflexión-reflexionar...
Vayamos a los citados
tres neologismos. Son influenciar, ofertar e incursionar,
y formarían parte, respectivamente, de los trinomios influir-influencia-influenciar,
ofrecer-oferta-ofertar e incurrir-incursión-incursionar.
La sinonimia influir-influenciar
hace innecesaria la existencia de este último; pero su empleo
bastante generalizado le otorgó el boleto para el DRAE. En ofrecer-ofertar
se presenta una justificación válida por cuanto la jerga mercantil
atribuye a este el matiz de "ofrecer en venta un producto".
Respecto a incurrir-incursionar sus claras diferencias
semánticas sancionan favorablemente su incorporación solemne al
léxico castellano. En la actual edición del DRAE (1992) debutan
los verbos posicionar y expansionar, parte del trinomio
poner-posición-posicionar y expandir-expansión-expansionar,
respectivamente.
Ante este cúmulo de
precedentes, accesar parece quedar libre de toda sospecha
de heterodoxia léxica. Acceder-acceso-accesar.
Naturalmente, la justificación
final de accesar estaría en su uso exclusivo para el campo
informático.
El ratón casero
(mus musculus) pequeño mamífero roedor, de unos dos
decímetros de largo desde el hocico hasta la extremidad de la
cola, que tiene la mitad; de pelaje generalmente gris; muy fecundo
y ágil y que vive en las casas, donde causa daño por lo que come,
roe y destruye (DRAE) es el producto vivo de una extraña
paradoja: tímido, insignificante, inofensivo, por un lado, es
capaz, por el otro, de desencadenar, con su sola presencia, un
sismo de 14 en la escala de Richter de horror e histeria
entre un grupo de damas (y también de caballeros, aunque muchos
morirían antes de confesarlo).
El poeta latino Horacio
lo califica de ridículo (parturiunt montes, nascetur ridiculus
mus/ paren las montañas y nacerá un ridículo ratón/). Pero
con toda justicia en nuestros tiempos el temido y
temeroso roedor ha sido ampliamente reivindicado, a través del
cine, de la televisión y de los cómics, en las figuras simpáticas,
tiernas y divertidas de Mickey, Súper Ratón, Topogigio... y hasta
del intrépido Batman (no hay que olvidar que el murciélago no
es otra cosa que un ratón miope o astigmático, con alas y radar).
Pues ahora resulta
que la tecnología más sofisticada ha construido un ratón cibernético,
un pequeño y travieso robot ratonil que, lejos de roer, mordisquear
y comer lo que se le ponga por delante, levanta textos, confecciona
gráficos, abre ventanas mágicas, juega ajedrez, edita periódicos...
Lo adivinaron: estoy hablando del mouse del computador
o, en castellano genuino, del ratón del computador. La
última edición (1992) del diccionario académico recoge esta nueva
acepción: "ratón. 4. Inform. Mando separado
del teclado de un ordenador que se maneja haciéndolo rodar sobre
una superficie..."
Nuestra cordial bienvenida
al ratón cibernético.