Palabras
y animales
Aristóteles define
al hombre como zoon politikón, es decir, animal social,
animal ciudadano. Posiblemente el filósofo de Estagira acertó
más en lo de animal que en lo de social si tenemos
en cuenta la trágica historia y prehistoria de guerras,
represión e intolerancia del homo sápiens contra el homo
sápiens en este valle de lágrimas.
No sabemos, en realidad,
si el hombre desciende del mono, como defendió el satanizado
Darwin (desde hace unas semanas, al parecer, ya con la bendición
de las altas autoridades de la Iglesia Católica), o si nuestro
antepasado fue el anthropopithecus erectus, o un dinosaurio
del Parque Jurásico. Lo cierto es que, de cualquier forma, un
mundo animal nos rodea y nos acompaña y marca una determinada
parcela en la vasta extensión de nuestra lengua.
La gramática tradicional
nos habla de un género epiceno, propio de los animales
la mayoría cuyo sexo biológico no influye en absoluto
en su género gramatical. La RAE lo explica así: "A
veces se da a ciertos animales, para ambos sexos, un solo nombre,
ya sea masculino, ya femenino. Estos sustantivos anómalos han
sido clasificados por los gramáticos en grupo aparte..., llamándole
epiceno... A este género pertenecen búho, escarabajo
(masculinos), águila, rata (femeninos), y otros varios."
(Gramática 10,d). En realidad, debió haber concluido
"...y otros muchos" porque la inmensa mayoría de los
animales se etiquetan como epicenos.
La verdad es que
esta falta de dualidad genérica en la mayor parte de los irracionales
se debe a la ausencia de interés del homo sapiens
sobre el sexo de los demás animales, salvo que se trate
de sus mascotas (perro-a, gato-a...) o de aquellos especímenes
que forman parte de su actividad económica (toro-vaca, gallo-gallina...)
Y, aparte de que no interesa, ¿cómo diantres puede
saber uno, frente a un reptil, un pez, un crustáceo, un insecto
o un arácnido por citar solo unos cuantos casos,
si se trata de "él" o de "ella"?
Pues bien, vayan
tomando nota. Resulta que ese odiado y temido roedor llamado
rata (y que aparece, precisamente, como ejemplo de epiceno
en la gramática académica) tiene su rato faltaría
más; quiero decir que su macho se llama rato. Pueden
verlo en el DRAE (ed. 21, pág. 1220): "rato. 2.
Macho de la rata." En lo sucesivo, cuando los inviten a
pasar un buen rato, analicen cuidadosamente la propuesta.
Y otra más. Las verdes
y simpáticas ranitas, que animan el paisaje veraniego
con su monótono croar, poseen en algunas partes, según
el DRAE (pág. 1222) su rano. Que ¿cómo se distinguen?
Muy fácil. Lance una piedra a un estanque lleno de estos batracios.
Las que huyan asustadas son ranas, los que huyan asustados
son ranos. No hay modo de equivocarse.
La alegría y el bullicio
de las fiestas populares en muchos pueblos hispanos tienen,
posiblemente, su broche de oro en las corridas de toros. Festejos
incruentos. La habilidad y la valentía frente a la fuerza bruta,
pero sin sangre. Carreras, sustos... y, al final, el astado
al toril, y los improvisados toreros a la tranquilidad de sus
hogares.
Otra cosa muy distinta
son las corridas a la española. La tauromaquia (lucha
con el toro), pelea sangrienta, combate a muerte. Y precisamente
la afición secular del pueblo hispano a su fiesta nacional ha
inyectado en el idioma castellano un abundante caudal de expresiones,
dichos y modismos relacionados con el espectáculo taurino.
Ver los toros
desde la barrera (algunas veces se dice también desde
el andamio, desde el balcón, desde la talanquera) significa
contemplar o seguir los acontecimientos de cualquier tipo sin
intervenir directamente en ellos. Echar a uno el toro
es acorralarlo con acusaciones o recriminaciones. Echarle
un capote es, en cambio, prestarle ayuda, tenderle la mano
en un momento comprometido.
Tirarse al ruedo
alude al hecho de que, en algunas corridas, un espontáneo,
movido por el entusiasmo (a veces por la euforia etílica), se
lanza a la arena resuelto a emular las hazañas de los famosos.
Se aplica a quien se decide a encarar un asunto importante o,
lo que viene a ser lo mismo, agarrar al toro por los cuernos.
Alguien está para
el arrastre cuando se encuentra en un estado de extremo
decaimiento físico, moral, económico... Se refiere a la ceremonia
final de la corrida cuando el cuerpo sin vida del toro es arrastrado
por las mulillas.
Y dar la puntilla
es rematar, liquidar completamente a quien ya está a punto del
desastre.
De la inmensa variedad
de insectos que pueblan nuestro planeta, el más común es, sin
duda, la mosca (musca doméstica). La permanente,
a la par que molesta, convivencia de este díptero con el ser
humano ha motivado que su nombre forme parte de una buena cantidad
de dichos y expresiones populares. Y esto ocurre, desde luego,
no solo en castellano. Los clásicos del Lacio nos han legado,
por ejemplo, el proverbio Aquila non capit muscas (El
águila no caza moscas), que alude a las personas dignas,
inteligentes o nobles, las cuales no deben reparar en nimiedades
ni fijar su atención en pequeñeces. El refranero británico exhibe
un Closed mouth catches no flies con una equivalencia
casi literal a nuestro En boca cerrada no entran moscas.
Tal vez porque las
molestias pertinaces de este insecto acaban únicamente con su
muerte, se denomina mosca (o mosquita) muerta
a la persona hipócrita y taimada, es decir, a quien encubre
su perversidad o mala intención con apariencias de bondad o
mansedumbre. Estar con (o tener) la mosca detrás
de la oreja equivale a mostrar una actitud suspicaz, de
alarma o recelo; siempre se intuye, en este dicho popular, la
figura de una persona a la defensiva, en espera del ataque artero
de una mosca impertinente, oculta detrás de su oreja.
Aunque en algunos
lugares de América, mosquearse significa llenarse
de moscas un alimento, el uso general, especialmente en
España, da a este verbo (también amoscarse y ponerse
mosca) el sentido de darse por aludido, enojarse u ofenderse
por algo; de alguien que no se inmuta ni siquiera por algo sumamente
llamativo, se dice: ni se mosqueó. Una nueva alusión
a ese estado de intranquilidad y desazón que este insecto (musca
doméstica) provoca en el ser humano (homo sápiens).
Y dejemos ya este tema, por si las moscas...
Se ha atribuido a
varios autores aquello de "cuanto más conozco a los hombres,
más quiero a mi perro". La perfidia humana frente a la
fidelidad canina puede ser un buen tema para un filósofo o un
ensayista. Por mi parte, tengo solamente la intención de destacar
y comentar ese extraño vocablo que es perro. Extraño...
¿por qué? Por su origen incierto y su aparición exclusiva en
la lengua castellana.
El fiel amigo del
hombre (y de la mujer, desde luego) se llamó en latín canis.
La evolución de la lengua de los romanos en las diversas regiones
de su influencia hizo que canis fuera can,
en castellano; cao, en portugués; chien, en francés;
cane, en italiano... En Castilla, sin embargo, hacia
mediados del siglo XII comenzó a popularizarse el vocablo
perro, como sustituto de can, aunque solo en un
contexto familiar y un tanto peyorativo. Con el andar del tiempo,
perro llegó a adquirir un uso general en todos los ámbitos,
y can quedó relegado a un empleo literario o alternativo.
Se ha querido buscar
el origen de la voz perro en las antiguas lenguas celtibéricas,
pero seguramente se trata de una formación onomatopéyica medieval
basada en el sonido prrr con que los pastores incitaban
al animal a movilizar el rebaño.
Siendo el perro el
animal doméstico por excelencia, es fácil entender que su nombre
aparezca en un buen número de dichos y modismos de nuestro idioma.
Algunos, como llevar una vida de perros, tratar a alguien
como a un perro, estar de un humor de perros o morir
como un perro, reflejan la ínfima estima del arrogante homo
sápiens hacia el amigable canis familiaris.
Y siempre he tenido
la duda de si será elogio o desprecio el que una salchicha disfrazada
con mostaza y ketchup y sepultada en un panecillo
se llame perro caliente.
La vastedad del reino
animal nos obligaría a hacer interminable este artículo si fuera
nuestra intención hablar de todos los especímenes. La sabiduría
popular ha dado protagonismo, en sus dichos y adagios, a muchos
de ellos. Matar la gallina de los huevos de oro, levantarse
cuando canta el gallo, ser el pato de la fiesta, preferir ser
cabeza de ratón y no cola de león, andar más lento que una tortuga,
llorar lágrimas de cocodrilo, el buey suelto bien se lame, más
vale burro vivo que sabio muerto... La lista sería inagotable.
(Fernando
Díez Losada es coordinador de
los servicios de corrección del diario La Nación, de
San José, Costa Rica.)
Departamento
de Español Urgente de la Agencia EFE (Temas sobre el uso
de nuestra lengua.)