Pulso del Periodismo

ARCHIVO

Pulso Picture
guardian.gif (3117 bytes)

Vicios capitales del idioma
Por Fernando Díez Losada

En el aspecto religioso, se denominan vicios o pecados capitales aquellos que son como fuente y raíz de otros vicios que de ellos nacen. Tradicionalmente se mencionan estos siete: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Para combatir estos vicios, nuestros mentores espirituales nos proponen la práctica de las siete virtudes antitéticas: humildad, largueza, castidad, paciencia, templanza, caridad y diligencia. Guardando, desde luego, las debidas distancias, podemos advertir que en la diaria práctica de nuestro idioma surgen frecuentemente vicios capitales (fuente y raíz de otros), que ponen en peligro la integridad y lozanía de la lengua de Castilla. Lamentablemente, estos vicios capitales del idioma son muchos más que siete. Vamos a esbozar solamente algunos.

El vocablo mismo (a-os-as) desempeña básicamente dos funciones diferentes: a) Refuerza o enfatiza, un tanto pleonásticamente, al nombre, pronombre o adverbio afectados: "Se lo dijo su misma hermana"; "Yo mismo haré el trabajo"; "Iré hoy mismo". b) Indica identidad con un término de comparación expreso o tácito: "Tengo otro libro del mismo autor"; "Comeremos lo mismo que ayer"; "Siempre vienen las mismas personas". Para comprender la diferencia entre las dos funciones expresadas, bastaría comparar estas dos oraciones: Lo hizo él mismo (es decir, él en persona y no otro cualquiera) y Lo hizo el mismo (es decir, lo hizo alguien que ya había actuado anteriormente). Al margen de estas funciones legítimas, se ha generalizado el uso ilegal de un mismo-a anafórico, es decir, suplantador de pronombres personales, demostrativos o posesivos. Por ejemplo: "Nos referimos al contenido de su carta y a las consecuencias de la misma." En un castellano correcto se hubiera dicho: "Nos referimos al contenido de su carta y a las consecuencias de ella (o a sus consecuencias)." El Esbozo (prácticamente la gramática oficial de la Academia), con una dureza y energía poco usuales en esta obra, llama "la atención sobre el empleo abusivo que la prosa administrativa, periodística, publicitaria, forense y algunas veces la prosa técnica hacen hoy del anafórico el mismo, la misma, por considerarlo acaso fórmula explícita y elegante. Pero no pasa de vulgar y mediocre..." El virus de esta moda parece haberlo invadido todo. La propia Academia (Diccionario manual) en el artículo auditoría escribe: "...examen de libros, cuentas y registros de una empresa para precisar si es correcto el estado financiero de la misma..." Y en una obra como el DRAE, de la que se esperaría poco menos que la infalibilidad pontificia, incurre en el empleo abusivo de ese mismo vulgar y mediocre. En la acepción 14 de cuenta (acreedora) se lee: "La que presenta saldo favorable al titular de la misma." ¡No somos nadie!

Triz es un sufijo propio del femenino de algunos nombres cuyo masculino termina en -dor o -tor. Realmente resultan muy escasos estos femeninos terminados en -triz, y algunos de ellos alternan con la forma regular en -ora. Cantatriz y saltatriz, por ejemplo, son ya términos en desuso (aunque los registra el DRAE). En el primer caso ha prevalecido el común cantante (el cantante, la cantante). En cuanto a saltatriz, el mismo diccionario académico (edición 21) reconoce su obsolescencia cuando lo define: "Mujer que tenía (en ediciones anteriores leemos tiene) por profesión saltar y bailar." Ocupación un poco extraña en nuestros tiempos. Bisectriz y directriz pertenecen al vocabulario geométrico. Aunque, desde luego, directriz posee también el uso normal de "algo que dirige" (la idea directriz del proyecto); incluso se ha generalizado su sustantivación plural directrices (conjunto de instrucciones o normas generales para la ejecución de alguna cosa). Actriz y emperatriz son los femeninos normales de actor y emperador, pero no faltan tampoco actora (sentido jurídico) y hasta emperadora (uso metafórico y popular). Motriz (también motora) y su compuesto automotriz (también automotora) son, finalmente, los femeninos de motor y automotor en su carácter adjetivo: fuerza motriz; industria automotriz. Obviamente, y conforme a los más elementales principios de la concordancia, el femenino automotriz solo puede calificar a sustantivos femeninos: mecánica automotriz, exposición automotriz... Por eso, expresiones (muy frecuentes, por cierto) como taller automotriz o repuesto automotriz son verdaderos "horrores" gramaticales.

Leemos en la Gramática de la lengua española, de la RAE: "...se ha constituido en género aparte el llamado común, para nombres de persona que, conviniendo a entrambos sexos con una sola terminación, admiten el artículo masculino o el femenino, según se trate de varón o de hembra; como homicida, mártir, testigo, etc." (10,e). En este caso, pues, el homicida, el mártir, el testigo son varones; la homicida, la mártir, la testigo son mujeres. Lo anterior no significa, sin embargo, que los nombres masculinos que ocasionalmente (o en sentido figurado) se atribuyan a una mujer tengan necesariamente que ostentar el artículo femenino —la, una—, y viceversa. Decimos, por ejemplo, de Claudia Poll que es un as (y no una as) de la natación; para muchos Pelé fue la estrella (no el estrella) del futbol mundial. Y no creo que el Ingenioso Hidalgo se hubiera sentido herido en su más íntima virilidad cuando lo proclamaron "la flor y la nata (no el flor y el nata) de los caballeros andantes" (Quijote, II,31). Miembro debe etiquetarse en este mismo contexto. En su primigenia acepción se aplica a "cualquiera de las extremidades del hombre o de los animales articuladas con el tronco" (DRAE). Se dice también del "individuo que forma parte de un conjunto comunidad o cuerpo moral" (DRAE). Lo que resulta incomprensible es que se pretenda —como quieren algunos— trasladar el vocablo miembro —en su segunda acepción: como parte de un conjunto— de su legítimo género masculino a un inexistente género común: el miembro, la miembro. Don Rodrigo es un miembro del club; doña Eloísa, en cambio, es una miembro de la directiva. ¡Por favor! ¿Tendremos que decir tambien que el brazo es un miembro del cuerpo, y la pierna, una miembro? ¿Contribuiría este dislate a la causa de la igualdad real de la mujer?

¿Cómo podrían hablar los hispanos hace solo cuarenta años sin usar a nivel de?, se preguntaba —hace varios años, en un excelente artículo sobre la expresión periodística— el maestro Lázaro Carreter, exdirector de la Academia. Pues sí, a nivel de se coló —de unos treinta años acá— en nuestro idioma, furtivamente, sin hacer ruido, malignamente, como un virus no clasificado —tal vez una mutación genética—, y provocó una pandemia lingüística prácticamente irreversible. Hasta hace unos tres decenios, se decía, en nuestro román paladino, por ejemplo: Su fama es reconocida internacionalmente; El equipo es excelente en el aspecto defensivo; Fue una broma entre compañeros; La película presenta el racismo desde el punto de vista sentimental; La obra, en cuanto a actuación, estuvo brillante...

Pero ahora, en la época de la informática, de las exploraciones espaciales, del teléfono celular, del dinero electrónico, de la locución prepositiva a nivel de, ningún redactor —de informes empresariales, de artículos periodísticos o de tratados de omni re scibili— osaría escribir otra cosa que no fuera: Su fama es reconocida a nivel internacional; El equipo es excelente a nivel defensivo; Fue una broma a nivel de compañeros; La película presenta el racismo a nivel sentimental; La obra, a nivel de actuación, estuvo brillante… La Academia —siguiendo su acostumbrada política del avestruz— ignora olímpicamente la locución a nivel de en Esbozo y Diccionario. El académico Manuel Seco (Diccionario de dudas) califica los usos de dicha locución como excesivos y parece recomendar su empleo únicamente en un contexto de grado jerárquico: Las relaciones diplomáticas se establecerán a nivel de embajada... De acuerdo. Pero ¿quién descubrirá la vacuna contra el virus a-nivel-de?

La locución conjuntiva hasta tanto que (o simplemente hasta tanto) se ve frecuentemente seguida del adverbio no. Ello ha provocado una serie de dudas sobre la legitimidad de ese uso. "La aprobación definitiva queda pendiente hasta tanto se nos envíe la confirmación solicitada" se convierte a menudo en "La aprobación definitiva queda pendiente hasta tanto no se nos envíe..." En uno y otro caso —es claro— se ha pretendido afirmar lo mismo: "La aprobación definitiva se hará cuando se envíe la confirmación solicitada." Entonces, ¿cuál de aquellas dos formas (hasta tanto o hasta tanto no) es la correcta? Si examinamos el caso dentro de una elemental concepción lógica, el redactor quiso decir —no hay duda—: "La aprobación queda pendiente hasta que se envíe la confirmación." Hasta expresa el término (en el tiempo o en el espacio) del cual no se pasa. La aprobación —es obvio— queda entonces pendiente hasta el envío de la confirmación. Lo lógico es, pues, hasta tanto y no hasta tanto no. Sin embargo, en el idioma no siempre lo lógico condiciona incuestionablemente lo correcto. De hecho, en el caso comentado, muchos escritores de prestigio han empleado este no después de hasta tanto o hasta tanto que. La gramática, por otra parte, habla de un no expletivo, es decir, un no de refuerzo o de adorno, evidentemente innecesario. Mi recomendación es evitar ese no intruso (su empleo ha sido, inclusive, acremente criticado por filólogos de la categoría de Rufino J. Cuervo). No obstante, su uso no podría tacharse de incorrecto en vista de encontrarse, como dije, en autores de prestigio.

La Gramática de la lengua española, de la Real Academia (me refiero a la nueva edición, reformada, de 1931, todavía teóricamente oficial pues el Esbozo de 1973 nunca pasó de eso, de un esbozo) considera viciosa la frase Se vende un reloj con o sin cadena por "usar dos partículas incongruentes o mal colocadas de una misma y sola oración". Debió haberse dicho con cadena o sin ella. El motivo de esta incorrección debe buscarse en la unidad sintáctica formada por la preposición y su término; en otras palabras: todo elemento prepositivo debe ir siempre acompañando, sin ninguna posibilidad de disolución del vínculo, a su respectivo término nominal. En el ejemplo académico (con o sin cadena) la preposición con contraviene la norma expuesta. Mi primera sorpresa sobre el particular la tuve cuando leí en el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, del académico Manuel Seco (obra excelente, por otra parte), lo siguiente: "... yuxtaposición de palabras, con o sin guión..." "¡Bien! —me dije—. Aliquando bonus dormitat Homerus… /alguna vez se duerme el infalible Homero…/" Pero, al parecer, Homero sigue dormitando. En el Diccionario de la Real Academia Española, vigésima primera edición (1992), página 937, artículo MARICA, quinta acepción, puede leerse: "Insulto empleado con o sin el significado..." Después de esto, las líneas aéreas seguirán hablando de pasajeros desde y hacia los Estados Unidos, y se venderán más relojes con o sin cadena... ¿Quién podrá defendernos?

Aunque las normas de uso de los homófonos a y ha se han repetido hasta la saciedad en las aulas escolares, conozco por experiencia docente las dificultades y dudas de más de uno sobre el tema. La distinción entre a y ha resulta sumamente clara si se poseen los conceptos gramaticales básicos de preposición y verbo. Lamentablemente estas y otras categorías morfológicas no siempre son del dominio de quien desea redactar un documento sin deslices ortográficos. Surgen entonces ciertas directrices prácticas, utilizadas astutamente por maestros e instructores: "Se escribirá ha (del verbo haber) cuando este sonido preceda a un participio. En cualquier otro caso deberá usarse a." ¡Participio! ¿No lo estaremos enredando más? Pero sigue la sabia enseñanza del profesor: "Los participios —recuerden— terminan en -ado,-ido, -to, -so, -cho..." Sin embargo —y aquí vienen los primeros bemoles—, no cualquier palabra acabada en -ado, -ido, -to, -so, -cho es participio. (Es más, existen a veces coincidencias homonímicas entre participios y simples nombres.) Por lo tanto, podría escribirse a (y no ha) antes de palabras con estas terminaciones. Ejemplos: Pasó de dorado a plateado; A pedido del pueblo; Responde a expreso deseo de...; No se compara a hecho alguno; Lo prefiero asado a frito ... Por otro lado, el verbo haber, aparte de auxiliar, puede significar tener ("la objeción no ha lugar"), o expresar la culminación de un tiempo (Cinco días ha), o formar una perífrasis (Ha de tener paciencia)... Conclusión: el único camino seguro para desenredar la madeja a-ha está en discernir cabalmente los conceptos de preposición y verbo.

Vicios capitales del idioma en que el hablante o el redactor incurren, a veces con la complicidad inconsciente de los organismos rectores de la lengua. Vicios que deben combatirse con las virtudes de la lectura, del estudio, del interés por enarbolar con orgullo el estandarte de nuestro acervo lingüístico, el vestido de fiesta de nuestra cultura.

 


(Fernando Díez Losada, coordinador de los servicios de corrección del diario La Nación, de San José, Costa Rica.)

 

 

CENTRO INTERNACIONAL DE PRENSA
UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE LA FLORIDA, MIAMI - 2000