En el aspecto religioso,
se denominan vicios o pecados capitales aquellos
que son como fuente y raíz de otros vicios que de ellos nacen.
Tradicionalmente se mencionan estos siete: soberbia, avaricia,
lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Para combatir estos vicios,
nuestros mentores espirituales nos proponen la práctica de las
siete virtudes antitéticas: humildad, largueza, castidad, paciencia,
templanza, caridad y diligencia. Guardando, desde luego, las
debidas distancias, podemos advertir que en la diaria práctica
de nuestro idioma surgen frecuentemente vicios capitales (fuente
y raíz de otros), que ponen en peligro la integridad y lozanía
de la lengua de Castilla. Lamentablemente, estos vicios capitales
del idioma son muchos más que siete. Vamos a esbozar solamente
algunos.
El vocablo mismo
(a-os-as) desempeña básicamente dos funciones diferentes:
a) Refuerza o enfatiza, un tanto pleonásticamente, al nombre,
pronombre o adverbio afectados: "Se lo dijo su misma
hermana"; "Yo mismo haré el trabajo";
"Iré hoy mismo". b) Indica identidad con un
término de comparación expreso o tácito: "Tengo otro libro
del mismo autor"; "Comeremos lo mismo
que ayer"; "Siempre vienen las mismas personas".
Para comprender la diferencia entre las dos funciones expresadas,
bastaría comparar estas dos oraciones: Lo hizo él mismo
(es decir, él en persona y no otro cualquiera) y Lo hizo
el mismo (es decir, lo hizo alguien que ya había
actuado anteriormente). Al margen de estas funciones legítimas,
se ha generalizado el uso ilegal de un mismo-a anafórico,
es decir, suplantador de pronombres personales, demostrativos
o posesivos. Por ejemplo: "Nos referimos al contenido de
su carta y a las consecuencias de la misma." En
un castellano correcto se hubiera dicho: "Nos referimos
al contenido de su carta y a las consecuencias de ella
(o a sus consecuencias)." El Esbozo (prácticamente
la gramática oficial de la Academia), con una dureza y energía
poco usuales en esta obra, llama "la atención sobre el
empleo abusivo que la prosa administrativa, periodística, publicitaria,
forense y algunas veces la prosa técnica hacen hoy del anafórico
el mismo, la misma, por considerarlo acaso fórmula explícita
y elegante. Pero no pasa de vulgar y mediocre..." El virus
de esta moda parece haberlo invadido todo. La propia Academia
(Diccionario manual) en el artículo auditoría
escribe: "...examen de libros, cuentas y registros de una
empresa para precisar si es correcto el estado financiero de
la misma..." Y en una obra como el DRAE, de la que
se esperaría poco menos que la infalibilidad pontificia, incurre
en el empleo abusivo de ese mismo vulgar y mediocre. En
la acepción 14 de cuenta (acreedora) se lee: "La
que presenta saldo favorable al titular de la misma."
¡No somos nadie!
Triz es un
sufijo propio del femenino de algunos nombres cuyo masculino
termina en -dor o -tor. Realmente resultan muy
escasos estos femeninos terminados en -triz, y algunos
de ellos alternan con la forma regular en -ora. Cantatriz
y saltatriz, por ejemplo, son ya términos
en desuso (aunque los registra el DRAE). En el primer caso ha
prevalecido el común cantante (el cantante, la cantante).
En cuanto a saltatriz, el mismo diccionario académico
(edición 21) reconoce su obsolescencia cuando lo define: "Mujer
que tenía (en ediciones anteriores leemos tiene)
por profesión saltar y bailar." Ocupación un poco extraña
en nuestros tiempos. Bisectriz y directriz pertenecen
al vocabulario geométrico. Aunque, desde luego, directriz
posee también el uso normal de "algo que dirige" (la
idea directriz del proyecto); incluso se ha generalizado
su sustantivación plural directrices (conjunto
de instrucciones o normas generales para la ejecución de alguna
cosa). Actriz y emperatriz son los femeninos normales
de actor y emperador, pero no faltan tampoco actora
(sentido jurídico) y hasta emperadora (uso metafórico
y popular). Motriz (también motora) y su
compuesto automotriz (también automotora)
son, finalmente, los femeninos de motor y automotor en
su carácter adjetivo: fuerza motriz; industria automotriz.
Obviamente, y conforme a los más elementales principios de la
concordancia, el femenino automotriz solo puede calificar
a sustantivos femeninos: mecánica automotriz, exposición
automotriz... Por eso, expresiones (muy frecuentes, por
cierto) como taller automotriz o repuesto automotriz
son verdaderos "horrores" gramaticales.
Leemos en la Gramática
de la lengua española, de la RAE: "...se ha constituido
en género aparte el llamado común, para nombres de persona
que, conviniendo a entrambos sexos con una sola terminación,
admiten el artículo masculino o el femenino, según se trate
de varón o de hembra; como homicida, mártir, testigo, etc."
(10,e). En este caso, pues, el homicida, el mártir, el testigo
son varones; la homicida, la mártir, la testigo son
mujeres. Lo anterior no significa, sin embargo, que los nombres
masculinos que ocasionalmente (o en sentido figurado) se atribuyan
a una mujer tengan necesariamente que ostentar el artículo femenino
la, una, y viceversa. Decimos, por ejemplo,
de Claudia Poll que es un as (y no una as) de
la natación; para muchos Pelé fue la estrella (no
el estrella) del futbol mundial. Y no creo que el Ingenioso
Hidalgo se hubiera sentido herido en su más íntima virilidad
cuando lo proclamaron "la flor y la nata (no
el flor y el nata) de los caballeros andantes" (Quijote,
II,31). Miembro debe etiquetarse en este mismo contexto.
En su primigenia acepción se aplica a "cualquiera de las
extremidades del hombre o de los animales articuladas con el
tronco" (DRAE). Se dice también del "individuo que
forma parte de un conjunto comunidad o cuerpo moral" (DRAE).
Lo que resulta incomprensible es que se pretenda como
quieren algunos trasladar el vocablo miembro en
su segunda acepción: como parte de un conjunto de su legítimo
género masculino a un inexistente género común: el miembro,
la miembro. Don Rodrigo es un miembro del club; doña
Eloísa, en cambio, es una miembro de la directiva. ¡Por
favor! ¿Tendremos que decir tambien que el brazo es un miembro
del cuerpo, y la pierna, una miembro? ¿Contribuiría
este dislate a la causa de la igualdad real de la mujer?
¿Cómo podrían hablar
los hispanos hace solo cuarenta años sin usar a nivel de?,
se preguntaba hace varios años, en un excelente artículo
sobre la expresión periodística el maestro Lázaro Carreter,
exdirector de la Academia. Pues sí, a nivel de se coló
de unos treinta años acá en nuestro idioma, furtivamente,
sin hacer ruido, malignamente, como un virus no clasificado
tal vez una mutación genética, y provocó una pandemia
lingüística prácticamente irreversible. Hasta hace unos tres
decenios, se decía, en nuestro román paladino, por ejemplo:
Su fama es reconocida internacionalmente; El equipo
es excelente en el aspecto defensivo; Fue una broma entre compañeros;
La película presenta el racismo desde el punto de vista sentimental;
La obra, en cuanto a actuación, estuvo brillante...
Pero ahora, en la
época de la informática, de las exploraciones espaciales, del
teléfono celular, del dinero electrónico, de la locución prepositiva
a nivel de, ningún redactor de informes empresariales,
de artículos periodísticos o de tratados de omni re scibili
osaría escribir otra cosa que no fuera: Su fama
es reconocida a nivel internacional; El equipo es excelente
a nivel defensivo; Fue una broma a nivel de compañeros;
La película presenta el racismo a nivel sentimental;
La obra, a nivel de actuación, estuvo brillante
La Academia siguiendo su acostumbrada política del
avestruz ignora olímpicamente la locución a nivel de
en Esbozo y Diccionario. El académico Manuel Seco
(Diccionario de dudas) califica los usos de dicha locución
como excesivos y parece recomendar su empleo únicamente
en un contexto de grado jerárquico: Las relaciones diplomáticas
se establecerán a nivel de embajada... De acuerdo.
Pero ¿quién descubrirá la vacuna contra el virus a-nivel-de?
La locución conjuntiva
hasta tanto que (o simplemente hasta tanto) se
ve frecuentemente seguida del adverbio no. Ello ha provocado
una serie de dudas sobre la legitimidad de ese uso. "La
aprobación definitiva queda pendiente hasta tanto se
nos envíe la confirmación solicitada" se convierte a menudo
en "La aprobación definitiva queda pendiente hasta tanto
no se nos envíe..." En uno y otro caso es claro
se ha pretendido afirmar lo mismo: "La aprobación definitiva
se hará cuando se envíe la confirmación solicitada." Entonces,
¿cuál de aquellas dos formas (hasta tanto o hasta
tanto no) es la correcta? Si examinamos el caso dentro de
una elemental concepción lógica, el redactor quiso decir no
hay duda: "La aprobación queda pendiente hasta
que se envíe la confirmación." Hasta expresa
el término (en el tiempo o en el espacio) del cual no se pasa.
La aprobación es obvio queda entonces pendiente
hasta el envío de la confirmación. Lo lógico es, pues,
hasta tanto y no hasta tanto no. Sin embargo,
en el idioma no siempre lo lógico condiciona incuestionablemente
lo correcto. De hecho, en el caso comentado, muchos escritores
de prestigio han empleado este no después de hasta
tanto o hasta tanto que. La gramática, por otra parte,
habla de un no expletivo, es decir, un no de refuerzo
o de adorno, evidentemente innecesario. Mi recomendación es
evitar ese no intruso (su empleo ha sido, inclusive,
acremente criticado por filólogos de la categoría de Rufino
J. Cuervo). No obstante, su uso no podría tacharse de incorrecto
en vista de encontrarse, como dije, en autores de prestigio.
La Gramática de
la lengua española, de la Real Academia (me refiero a la
nueva edición, reformada, de 1931, todavía teóricamente
oficial pues el Esbozo de 1973 nunca pasó de eso, de
un esbozo) considera viciosa la frase Se vende un reloj con
o sin cadena por "usar dos partículas incongruentes
o mal colocadas de una misma y sola oración". Debió haberse
dicho con cadena o sin ella. El
motivo de esta incorrección debe buscarse en la unidad sintáctica
formada por la preposición y su término; en otras palabras:
todo elemento prepositivo debe ir siempre acompañando, sin ninguna
posibilidad de disolución del vínculo, a su respectivo término
nominal. En el ejemplo académico (con o sin cadena)
la preposición con contraviene la norma expuesta. Mi
primera sorpresa sobre el particular la tuve cuando leí en el
Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española,
del académico Manuel Seco (obra excelente, por otra parte),
lo siguiente: "... yuxtaposición de palabras, con o
sin guión..." "¡Bien! me dije. Aliquando
bonus dormitat Homerus
/alguna vez se duerme el
infalible Homero
/" Pero, al parecer, Homero sigue
dormitando. En el Diccionario de la Real Academia Española,
vigésima primera edición (1992), página 937, artículo MARICA,
quinta acepción, puede leerse: "Insulto empleado con
o sin el significado..." Después de esto, las
líneas aéreas seguirán hablando de pasajeros desde y
hacia los Estados Unidos, y se venderán más relojes
con o sin cadena... ¿Quién podrá defendernos?
Aunque las normas
de uso de los homófonos a y ha se han repetido
hasta la saciedad en las aulas escolares, conozco por experiencia
docente las dificultades y dudas de más de uno sobre el tema.
La distinción entre a y ha resulta sumamente clara
si se poseen los conceptos gramaticales básicos de preposición
y verbo. Lamentablemente estas y otras categorías morfológicas
no siempre son del dominio de quien desea redactar un documento
sin deslices ortográficos. Surgen entonces ciertas directrices
prácticas, utilizadas astutamente por maestros e instructores:
"Se escribirá ha (del verbo haber) cuando
este sonido preceda a un participio. En cualquier otro caso
deberá usarse a." ¡Participio! ¿No lo estaremos
enredando más? Pero sigue la sabia enseñanza del profesor: "Los
participios recuerden terminan en -ado,-ido,
-to, -so, -cho..." Sin embargo y aquí vienen
los primeros bemoles, no cualquier palabra acabada en
-ado, -ido, -to, -so, -cho es participio. (Es más, existen
a veces coincidencias homonímicas entre participios y simples
nombres.) Por lo tanto, podría escribirse a (y no ha)
antes de palabras con estas terminaciones. Ejemplos: Pasó
de dorado a plateado; A pedido del
pueblo; Responde a expreso deseo de...;
No se compara a hecho alguno; Lo prefiero
asado a frito ... Por otro lado, el verbo
haber, aparte de auxiliar, puede significar tener
("la objeción no ha lugar"),
o expresar la culminación de un tiempo (Cinco días ha),
o formar una perífrasis (Ha de tener paciencia)...
Conclusión: el único camino seguro para desenredar la madeja
a-ha está en discernir cabalmente los conceptos de preposición
y verbo.
Vicios capitales
del idioma en que el hablante o el redactor incurren, a veces
con la complicidad inconsciente de los organismos rectores de
la lengua. Vicios que deben combatirse con las virtudes de la
lectura, del estudio, del interés por enarbolar con orgullo
el estandarte de nuestro acervo lingüístico, el vestido de fiesta
de nuestra cultura.
(Fernando
Díez Losada, coordinador
de los servicios de corrección del diario La Nación,
de San José, Costa Rica.)