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sobre gastronomía y lenguaje
Por Fernando Díez Losada
Hace algunos meses concluíamos así nuestro artículo El idioma en la gastronomía: “Esperamos
que estos sencillos comentarios hayan sido de utilidad. Si así
fue... ¡buen provecho!” Esta última expresión –cortés deseo
de saludable disfrute de los alimentos– merece la pena comentarse.
Desde los albores
del castellano se utilizó la expresión ¡buena pro! para saludar al que estaba comiedo (yantando, dirían entonces) y desearle que
los alimentos ingeridos le fueran beneficiosos. Naturalmente,
este ya obsoleto ¡buena
pro! equivale plenamente al actual ¡buen
provecho! (Algunos eruditos a la violeta tratan de impresionar
con un bon appétit!, extraído tal vez de un restaurante chic con maître y chef.)
Pues bien, ¡buen provecho! ha sido siempre nuestra
expresión de cortesía en situaciones gastronómicas, y no nos
ha asaltado nunca la más remota sospecha de estar incurriendo
en el nefando vicio de la redundancia. Hasta que, hace algún
tiempo, cierto libro de texto trató de iluminarnos con la idea
de la estructura pleonástica de buen provecho. En efecto –se argüía–, provecho significa beneficio,
utilidad, progreso...; todo provecho
es bueno; ergo,
buen provecho resulta redundante...
El silogismo puede
ser válido en teoría; sin embargo, con frecuencia encontramos
en nuestro idioma dichos, expresiones, modismos... cuya legitimidad
se sustenta en su uso inmemorial (casi siempre favorablemente
sancionado por el DRAE, como sucede con ¡buen provecho!), aun cuando
su contextura resulta a veces reñida con alguna regla gramatical
o estilística. Nunca es
tarde cuando la dicha es buena, reza un adagio de indudable
casticidad; pero más de un logicista cazará la bruja de una
redundancia "porque no hay dicha que no sea buena".
Por otra parte,
bueno-a no es solo
lo que posee bondad o utilidad; se aplica también con el sentido
de grande, bastante, suficiente ("Ganó buen dinero", "A buena
hambre no hay pan duro"). Ese podría ser el caso del
buen provecho o de la buena dicha: un matiz de magnitud más
que de bondad.
Bistec o bisté —los rioplatenses dicen bife— (del inglés beefsteak) viene definido en el diccionario académico como "lonja
de carne de vaca soasada en parrillas o frita". Esta es
la única acepción recogida en la anterior edición del DRAE (1984).
En opinión nuestra, la definición
no es del todo exacta en cuanto está descartando la lonja de
carne de vacuno antes de soasarse o freírse (es decir, cruda).
Estaría además excluyendo las lonjas bien asadas (soasar
significa asar superficialmente)
y las preparadas en artefactos distintos de las parrillas (horno,
plancha, etc.) Sin el menor ánimo de arrogarnos facultades
ajenas, proponemos esta otra definición, más acorde con el uso
general del término: "Lonja de carne de vaca destinada
a cocinarse o ya cocinada."
Este concepto académico y el
origen del vocablo (beef
en inglés es exclusivamente la carne de buey, toro, vaca o ternero
–aunque para este último suele hacerse la precisión baby
beef)– nos movieron siempre a tildar de contradictoria la
aplicación de bistec a la carne de ese simpático, útil
y vilipendiado animal conocido con los nombres –entre otros
muchos– de cerdo, puerco, chancho, cochino, marrano...
Pues bien, la
última edición del DRAE (1992) registra en bistec
una nueva segunda acepción. Según ella, por extensión, es lícito
denominar bistec a "cualquier loncha de carne preparada de esta manera"
(es decir, soasada en parrillas o frita). Podemos, por tanto,
incluir cerdo, cordero, pollo y, ¿por qué no?, pescado. Y hasta
esa carne vegetal moderna, elaborada a base de soya, tendría
derecho al calificativo de bistec. Tomen nota.
–¿Qué van a ordenar los señores?
La pregunta proviene –obviamente– de un atento y respetuoso camarero que aguarda pacientemente esa
siempre intrincada, mutable e imprevisible decisión por este
o aquel platillo del menú.
Ordenar tiene en castellano
un sentido de exigencia y autoridad (incluso de despotismo;
por ejemplo, en la expresión ordeno
y mando, como lo explica María Moliner), de que, al parecer,
carece el cognado inglés to order (to request [something to be supplied]: as, order the groceries /pedir
[que le suministren algo]: como encargar abarrotes/.) En
español ordenan el jefe, el gobernante, el militar. En inglés,
“ordena” cualquier hijo de vecino que encarga una pizza o pide
una cerveza. Claro que eso era antes. Ahora:
–¿Qué van a ordenar los señores?
(Lo único que realmente debo ordenar
son mis pensamientos.)
Finalmente encargamos o pedimos (ordenamos para el camarero) la comida. Al rato sentimos el antojo:
–¿Puede traernos papas fritas?
–¿Una o dos órdenes? (Volvemos
a la bendita palabra. Este camarero ¿no habrá sido coronel del
ejército en alguna vida anterior?)
–Solo una ración, gracias.
(En estas cosas del idioma, no suelo dar mi brazo a torcer tan
fácilmente.)
Una vez más el idioma inglés lo explica todo. Order: a single portion of some
food, as served in a public eating place... /una porción individual
de algún tipo de alimento que se sirve en un establecimiento
público de comidas.../
Una nueva e intolerable injerencia de este order ánglico en nuestro idioma, que ya posee el vocablo ración, según el DRAE, “porción de un
determinado alimento que se sirve en bares, tabernas, restaurantes,
etc.” Order y ración: definiciones casi gemelas.
Dejemos
las órdenes para los señores de hombreras estrelladas, charreteras
y entorchados. ¡A sus órdenes, mi general...!
Una de las típicas
comidas rápidas (enemigas
acérrimas de las dietas hipocalóricas), que ha cautivado el
gusto de los consumidores de este lado del "charco",
es la pizza italiana. El diccionario académico registra por vez primera
los vocablos pizza y
pizzería (así, como lo ven escrito, con ese par de impertinentes
zetas que no sabe uno qué hacer con ellas) en su edición de
1984 (vigésima). Y junto a los dos vocablos aparece la extraña
aclaración: voz italiana. La pregunta es de rigor: ¿Qué diablos pinta una voz italiana en el diccionario oficial
de la lengua española? Siempre nos quedaba la duda de si se
trataba de un préstamo, una adopción o una mera intromisión.
Por
supuesto, el uso del término italiano era un hecho entre los
castellanohablantes desde el momento en que la sabrosa "torta
de harina, chata y redonda, con queso, anchoas y aceitunas..."
(así, más o menos, la definió el DRAE) empezó a formar parte
de nuestra dieta de los días de fiesta. La pronunciación del
vocablo variaba dependiendo de los conocimientos que cada quien
tuviera de la lengua del Dante, de la Loren y de Roberto Baggio
(salvadas, desde luego, las consabidas distancias).
La última edición del DRAE
(1992) puso a medias las cosas en su punto. Aclaró que pizza y pizzería eran nuevos fichajes de nuestro idioma, provenientes
del italiano (y no simples voces
italianas). Pero perdonó esa insólita doble z para que siguiera
el enredo de los españoles ceceantes, de los hispanos seseantes,
de los conocedores de la lengua itálica y de los zopetas...
¿Cómo está quedando la fonética
castellana?