En arch hn o
logoV... En el principio era la palabra. Así se inicia
el Evangelio de San Juan en el contexto inerrante de la Biblia.
Cuando no había aún firmamento ni Sol ni Luna ni estrellas.
Cuando no existían la tierra ni las aguas ni los seres animados,
ni el rey de la creación, barro inteligente, había abierto
sus ojos a la luz, y su espíritu a la soberbia y la ambición...
ya era la palabra.
Et
verbum caro factum est... Y la palabra
se hizo carne. Abrió sus ojos —desde una eternidad paradójica—
a la luz, y su espíritu a la paz y al amor. Fue también un
24 de diciembre, hace dos mil años, y el mundo se llenó de
estrellas, y los reyes de oriente conversaron animadamente
con los pastores de occidente. Y la palabra se hizo carne...
Un astro fulgurante (o tal vez una nave espacial –objeto volador
no identificado–, con un recorrido de mil años luz, que era
solo un instante) marcaba la cueva de Belén de Judá. Porque
la palabra se hizo carne... Un portal y un pesebre para la
palabra hecha carne porque las posadas de tres estrellas estaban
a reventar (no vacancy) como si hubiera un mundial
de futbol o una final de superbowl.
Durante miles de años la palabra
ha transmitido solidaridad y egoísmo, odio y amor, sabiduría
e ignorancia, prudencia y locura, civilización y barbarie...
La palabra ha sido el símbolo del honor y la deshonra, de
la verdad y la mentira, del dolor y la dicha, del valor y
la cobardía...
Y cada año, en
este 24 de diciembre, vemos (y celebramos) cómo la palabra
se hace carne, se hace mensaje humano de amor y comprensión.
Porque ya en el principio era la palabra...
Pareciera casi un sacrilegio
despojar a la Navidad de su entrañable contenido espiritual
y humano para hurgar en su nombre, tratando de buscar sus
étimos, sus procesos metaplásmicos y todas las demás consideraciones
lingüísticas. Pero ¡qué remedio! Hoy no
podemos hablar de otra cosa.
Navidad significa nacimiento. En realidad se trata de una
abreviación de natividad
(del latín nativitas /nacimiento/) mediante un metaplasmo
llamado síncopa,
que consiste en eliminar una o varias letras en el interior
de un vocablo. De natividad
se derivó navidad
(pasando antes por nadvidad).
Naturalmente, la tradición y el uso populares atribuyeron
a navidad la exclusividad
del nacimiento de Cristo, el acontecimiento más importante
de la historia de la humanidad y punto de partida de nuestra
era.
En inglés esta fiesta se denomina
Christmas , vocablo
formado de Christ
/Cristo/ y mass /celebración, misa/. Este término se usa con mucha frecuencia en
España para denominar las tarjetas que, en esta época, se
envían entre los familiares y amigos para desearse dicha y
prosperidad.
Siempre se dijo que christmas (o simplemente crismas) era un extranjerismo inexcusable, y se recomendaba la expresión genuina
tarjeta de Navidad. Pero la gente (en España; en América, mucho
menos) siguió diciendo crismas.
Ya el Diccionario
Manual de la Academia (1989) recoge christmas y crismas con
la siguiente definición: “Tarjeta, generalmente con algún
motivo que alude a la Navidad, que se usa para felicitar esas
fiestas”.
El diccionario define villancico como "canción popular,
generalmente de asunto religioso que se canta en Navidad y
otras festividades".
Por antonomasia , sin embargo, se aplica, básicamente,
el vocablo a los cánticos y melodías navideños.
El étimo de villancico debe buscarse en la voz latina
villa /casa de
campo, granja/. El
homónimo castellano villa se refirió primeramente a una aldea
(el natural de la villa
se llamó villano ,
término que, siguiendo una evolución semántica peyorativa,
derivó al significado de rústico, plebeyo, inclusive traidor, malvado).
En el siglo XVII la voz villancico se usó para designar al labriego
o natural de una aldea o villa, y se llamó copla de villancico (copla de labriego) a la canción popular del campo.
Más tarde, por elipsis, esa copla se denominó simplemente
villancico. Su
acepción navideña y sus uso casi exclusivo de esas fiestas
vendrían mucho después.
Belén, pequeña población judía
donde nació Cristo, dio, por metonimia, el nombre común o
apelativo belén. El DRAE registra este sustantivo
con una doble acepción. En primer lugar, es el nombre que
recibe la representación plástica, con decorados pintados
y figuras alusivas de diversos tamaños y materiales, del nacimiento
de Jesús, según el relato bíblico y las tradiciones.
En segundo lugar, por algún motivo un tanto oscuro,
belén significa
también el lugar donde hay gran alboroto o confusión. "Todos discutían y gritaban: se armó un
belén." Posiblemente se haga referencia a los líos
y a la algarabía que surgían en ciertas representaciones populares
de la natividad de Cristo.
Apenas pasados los primeros días de euforia del año que casi termina –1999–
ya solo se hablaba y discutía sobre el emblemático 2000: ¿inicio
del siglo XXI y del tercer milenio de la Era Cristiana, o
únicamente conclusión del siglo XX y del segundo milenio?
¿Principio, o fin? ¿Alfa, u omega? Ya expusieron su criterio autorizado
matemáticos, historiadores, teólogos, estadísticos...
–Y usted, que es filólogo, ¿qué opina? –me pregunta más de uno.
–No sé qué decirle. No es mi campo. Doctores tiene la Iglesia... Pero,
si de veras desea algún consejo lingüístico relativo al año,
recomendaría eliminar la expresión anglicada –muy común en
nuestra redacción burocrática– de año
calendario.
Los anglófonos hablan –y están en su derecho– de calendar year, expresión que definen como "the period of time
from January 1 through December 31: distinguished from fiscal year. There are 365 days in a regular year, 366 in a leap year."
/Período que abarca
desde el 1 de enero al 31 de diciembre; se distingue del año
fiscal. Un año normal tiene 365 días, y un bisiesto, 366./
Eso es exactamente lo que en nuestro idioma se denomina año
civil (DRAE: El que consta de un número cabal de días:
365 si es común o 366 si es bisiesto.)
Como afirma Ricardo J. Alfaro (Diccionario
de Anglicismos, Edit. Gredos), "calendario
en español es únicamente sustantivo que significa la manera
de computar los días y los meses del año solar. Es incorrecto
usarlo como adjetivo para diferenciar el año civil de otros
establecidos arbitrariamente, como el escolar, el fiscal,
el económico, el eclesiástico o el militar".
Y, metidos en años bisiestos –el 2000 tendrá 29 días en febrero–, resulta
interesante saber que los romanos llamaron bisextus (dos veces sexto) al año múltiplo de cuatro porque en él
contabilizan dos veces el día sexto antes de las calendas
de marzo (24 de febrero).
El DRAE considera año bisiesto "el que excede el año común en un día, que se añade al mes
de febrero. Se repite cada cuatro años,
a excepción del último de cada siglo cuyo número de centenas
no sea múltiplo de cuatro."O sea que, si lo que afirma
el diccionario académico es exacto, para que un año terminado
en doble cero sea bisiesto, las cifras que preceden a ese
doble cero deben ser múltiplos de cuatro. Según eso, 1900,
por ejemplo, no fue bisiesto, ni lo fueron tampoco 1700 y
1800; sí lo fue 1600 y lo será nuestro anhelado 2000.
Eso asegura el DRAE. Personalmente tengo mis dudas. ¿Quiere echarme una
mano algún experto?
El Diccionario de la Real Academia
Española (DRAE), en el amplio artículo que dedica al vocablo
año –del latín annus, género masculino– no registra la expresión año viejo –cualquier año cuando está a
punto de fenecer, de expirar, cuando se encuentra en sus últimas
horas de lenta agonía, mientras multitudes, en algarabía casi
demencial, celebran su deceso–. [Autorizamos a la RAE para
utilizar la definición recién expuesta si se decidiera a agregar
la expresión año viejo
en su próxima y ya cercana vigésima segunda edición.]
En cambio, el
DRAE sí recoge año
nuevo y lo define como "el que está a punto de empezar
o el que ha empezado recientemente". Un año más o un
año menos, que en definitiva viene a ser lo mismo. Aunque,
en verdad, el nuevo año, 2000 [mucho más serio y solemne que
el que termina, 1999, que con sus dos últimos nueves más
chiquitos –1999–
parecería un precio de oferta en un mall
de Miami], trae sobre sus hombros la tarea de colocarnos a
las puertas del tercer milenio cuando, después de trescientos
sesenta y cinco días, seis horas, nueve minutos y veinticuatro
segundos, se convierta en el año viejo –todavía sin definir
en el DRAE– y surja triunfante el nuevo año 2000, que volverá
locas a todas las computadoras, quizá lo único cuerdo que
queda en el mundo.
Es curioso cómo
el tiempo, que define y enmarca caprichosamente nuestras vidas,
tiene nombres en los días (lunes,
martes, miércoles, jueves, viernes…,
dedicados a los astros –Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus…,
ominosos y enigmáticos, como nuestro destino–, y en los meses
(enero, febrero, marzo…);
pero reserva solo números para los años, como si quisiera
diluir en la insignificancia de un guarismo el largo drama
de dichas y dolores del período que termina –el año
viejo– y el libro en blanco, de ilusiones y deseos, del
que nace –el año nuevo–.
Este articulista
no olvidará 1999 –el año
viejo– [aunque no le haya dejado chivas, yeguas ni buenas
suegras] porque el casete con las grabaciones del pasado es
imborrable. E invito a abrir los brazos al 2000 –el año
nuevo, que pronto será viejo– con una esperanza renovada
de optimismo y concordia.