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¡Feliz Navidad y próspero milenio nuevo!

Por Fernando Díez Losada

En arch hn o logoV... En el principio era la palabra. Así se inicia el Evangelio de San Juan en el contexto inerrante de la Biblia. Cuando no había aún firmamento ni Sol ni Luna ni estrellas. Cuando no existían la tierra ni las aguas ni los seres animados, ni el rey de la creación, barro inteligente, había abierto sus ojos a la luz, y su espíritu a la soberbia y la ambición... ya era la palabra.

Et verbum caro factum est... Y la palabra se hizo carne. Abrió sus ojos —desde una eternidad paradójica— a la luz, y su espíritu a la paz y al amor. Fue también un 24 de diciembre, hace dos mil años, y el mundo se llenó de estrellas, y los reyes de oriente conversaron animadamente con los pastores de occidente. Y la palabra se hizo carne... Un astro fulgurante (o tal vez una nave espacial –objeto volador no identificado–, con un recorrido de mil años luz, que era solo un instante) marcaba la cueva de Belén de Judá. Porque la palabra se hizo carne... Un portal y un pesebre para la palabra hecha carne porque las posadas de tres estrellas estaban a reventar (no vacancy) como si hubiera un mundial de futbol o una final de superbowl.

Durante miles de años la palabra ha transmitido solidaridad y egoísmo, odio y amor, sabiduría e ignorancia, prudencia y locura, civilización y barbarie... La palabra ha sido el símbolo del honor y la deshonra, de la verdad y la mentira, del dolor y la dicha, del valor y la cobardía...

Y cada año, en este 24 de diciembre, vemos (y celebramos) cómo la palabra se hace carne, se hace mensaje humano de amor y comprensión. Porque ya en el principio era la palabra...

Pareciera casi un sacrilegio despojar a la Navidad de su entrañable contenido espiritual y humano para hurgar en su nombre, tratando de buscar sus étimos, sus procesos metaplásmicos y todas las demás consideraciones lingüísticas.  Pero ¡qué remedio!  Hoy no podemos hablar de otra cosa.

Navidad significa nacimiento. En realidad se trata de una abreviación de natividad (del latín nativitas /nacimiento/) mediante un metaplasmo llamado síncopa, que consiste en eliminar una o varias letras en el interior de un vocablo.  De natividad se derivó navidad (pasando antes por nadvidad). Naturalmente, la tradición y el uso populares atribuyeron a navidad la exclusividad del nacimiento de Cristo, el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad y punto de partida de nuestra era.

En inglés esta fiesta se denomina Christmas , vocablo formado de Christ /Cristo/ y mass /celebración, misa/.  Este término se usa con mucha frecuencia en España para denominar las tarjetas que, en esta época, se envían entre los familiares y amigos para desearse dicha y prosperidad.

Siempre se dijo que christmas (o simplemente crismas) era un extranjerismo inexcusable, y se recomendaba la expresión genuina tarjeta de Navidad.  Pero la gente (en España; en América, mucho menos) siguió diciendo crismas.

Ya el Diccionario Manual de la Academia (1989) recoge christmas y crismas con la siguiente definición: “Tarjeta, generalmente con algún motivo que alude a la Navidad, que se usa para felicitar esas fiestas”.

El diccionario define villancico como "canción popular, generalmente de asunto religioso que se canta en Navidad y otras festividades".  Por antonomasia , sin embargo, se aplica, básicamente, el vocablo a los cánticos y melodías navideños.  El étimo de villancico debe buscarse en la voz latina villa /casa de campo, granja/.  El homónimo castellano villa se refirió primeramente a una aldea (el natural de la villa se llamó villano , término que, siguiendo una evolución semántica peyorativa, derivó al significado de rústico, plebeyo, inclusive traidor, malvado).

En el siglo XVII la voz villancico se usó para designar al labriego o natural de una aldea o villa, y se llamó copla de villancico (copla de labriego) a la canción popular del campo.  Más tarde, por elipsis, esa copla se denominó simplemente villancico. Su acepción navideña y sus uso casi exclusivo de esas fiestas vendrían mucho después.

Belén, pequeña población judía donde nació Cristo, dio, por metonimia, el nombre común o apelativo belén. El DRAE registra este sustantivo con una doble acepción. En primer lugar, es el nombre que recibe la representación plástica, con decorados pintados y figuras alusivas de diversos tamaños y materiales, del nacimiento de Jesús, según el relato bíblico y las tradiciones.  En segundo lugar, por algún motivo un tanto oscuro, belén significa también el lugar donde hay gran alboroto o confusión.  "Todos discutían y gritaban: se armó un belén."  Posiblemente se haga referencia a los líos y a la algarabía que surgían en ciertas representaciones populares de la natividad de Cristo.

Apenas pasados los primeros días de euforia del año que casi termina –1999– ya solo se hablaba y discutía sobre el emblemático 2000: ¿inicio del siglo XXI y del tercer milenio de la Era Cristiana, o únicamente conclusión del siglo XX y del segundo milenio?

¿Principio, o fin? ¿Alfa, u omega? Ya expusieron su criterio autorizado matemáticos, historiadores, teólogos, estadísticos...

–Y usted, que es filólogo, ¿qué opina? –me pregunta más de uno.

–No sé qué decirle. No es mi campo. Doctores tiene la Iglesia... Pero, si de veras desea algún consejo lingüístico relativo al año, recomendaría eliminar la expresión anglicada –muy común en nuestra redacción burocrática– de año calendario.

Los anglófonos hablan –y están en su derecho– de calendar year, expresión que definen como "the period of time from January 1 through December 31: distinguished from fiscal year. There are 365 days in a regular year, 366 in a leap year." /Período que abarca desde el 1 de enero al 31 de diciembre; se distingue del año fiscal. Un año normal tiene 365 días, y un bisiesto, 366./ Eso es exactamente lo que en nuestro idioma se denomina año civil (DRAE: El que consta de un número cabal de días: 365 si es común o 366 si es bisiesto.)

Como afirma Ricardo J. Alfaro (Diccionario de Anglicismos, Edit. Gredos), "calendario en español es únicamente sustantivo que significa la manera de computar los días y los meses del año solar. Es incorrecto usarlo como adjetivo para diferenciar el año civil de otros establecidos arbitrariamente, como el escolar, el fiscal, el económico, el eclesiástico o el militar".

Y, metidos en años bisiestos –el 2000 tendrá 29 días en febrero–, resulta interesante saber que los romanos llamaron bisextus (dos veces sexto) al año múltiplo de cuatro porque en él contabilizan dos veces el día sexto antes de las calendas de marzo (24 de febrero).

El DRAE considera año bisiesto "el que excede el año común en un día, que se añade al mes de febrero. Se repite cada cuatro años, a excepción del último de cada siglo cuyo número de centenas no sea múltiplo de cuatro."O sea que, si lo que afirma el diccionario académico es exacto, para que un año terminado en doble cero sea bisiesto, las cifras que preceden a ese doble cero deben ser múltiplos de cuatro. Según eso, 1900, por ejemplo, no fue bisiesto, ni lo fueron tampoco 1700 y 1800; sí lo fue 1600 y lo será nuestro anhelado 2000.

Eso asegura el DRAE. Personalmente tengo mis dudas. ¿Quiere echarme una mano algún experto?

El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), en el amplio artículo que dedica al vocablo año –del latín annus, género masculino– no registra la expresión año viejo –cualquier año cuando está a punto de fenecer, de expirar, cuando se encuentra en sus últimas horas de lenta agonía, mientras multitudes, en algarabía casi demencial, celebran su deceso–. [Autorizamos a la RAE para utilizar la definición recién expuesta si se decidiera a agregar la expresión año viejo en su próxima y ya cercana vigésima segunda edición.]

En cambio, el DRAE sí recoge año nuevo y lo define como "el que está a punto de empezar o el que ha empezado recientemente". Un año más o un año menos, que en definitiva viene a ser lo mismo. Aunque, en verdad, el nuevo año, 2000 [mucho más serio y solemne que el que termina, 1999, que con sus dos últimos nueves más

chiquitos –1999– parecería un precio de oferta en un mall de Miami], trae sobre sus hombros la tarea de colocarnos a las puertas del tercer milenio cuando, después de trescientos sesenta y cinco días, seis horas, nueve minutos y veinticuatro segundos, se convierta en el año viejo –todavía sin definir en el DRAE– y surja triunfante el nuevo año 2000, que volverá locas a todas las computadoras, quizá lo único cuerdo que queda en el mundo.

Es curioso cómo el tiempo, que define y enmarca caprichosamente nuestras vidas, tiene nombres en los días (lunes, martes, miércoles, jueves, viernes…, dedicados a los astros –Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus…, ominosos y enigmáticos, como nuestro destino–, y en los meses (enero, febrero, marzo…); pero reserva solo números para los años, como si quisiera diluir en la insignificancia de un guarismo el largo drama de dichas y dolores del período que termina –el año viejo– y el libro en blanco, de ilusiones y deseos, del que nace –el año nuevo–.

Este articulista no olvidará 1999 –el año viejo– [aunque no le haya dejado chivas, yeguas ni buenas suegras] porque el casete con las grabaciones del pasado es imborrable. E invito a abrir los brazos al 2000 –el año nuevo, que pronto será viejo– con una esperanza renovada de optimismo y concordia.


(Fernando Díez Losada, coordinador de los servicios de corrección del diario La Nación, de San José, Costa Rica.)

(12 de diciembre de 1999)

CENTRO INTERNACIONAL DE PRENSA
UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE LA FLORIDA, MIAMI - 2000