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Por Carlos Rodrigo Zapata C.
La crisis del Estado-Nación ha desatado
una de las fuerzas más poderosas
de las sociedades latinoamericanas, la creciente
incorporación de la sociedad civil
en la gestión pública, mediante
una gama muy amplia de medios, instrumentos
y recursos, entre los que pueden señalarse
a movimientos sociales, organizaciones no
gubernamentales y organizaciones de la sociedad
civil, leyes de participación ciudadana,
mesas de negociación, procesos de
diálogo nacional y de planificación
participativa.
De a poco se ha ido percibiendo que esta
nueva potencia tiene un poder de intervención
decisiva, capaz de resolver conflictos y
también de exacerbarlos, pero que
también espera que se atienda debidamente
sus requerimientos, que se le rinda cuentas
y se asegure la debida transparencia y,
last but not least, se vele por la legitimidad
de la gestión pública.
En este contexto, es fundamental comprender
qué es legitimidad, cuál es
su importancia y, principalmente, cómo
se la construye. La cuestión de la
legitimidad en todas las esferas de la sociedad,
tanto públicas como privadas, va
cobrando una importancia creciente, muchas
veces insospechada. Desde el momento en
que la participación de la sociedad
civil en los asuntos de gestión pública
ha ido adquiriendo mayor importancia y significación,
los gestores públicos ya no pueden
esperar que se les extienda un cheque en
blanco y se apruebe su gestión por
anticipado. En una sociedad cada vez más
abierta, donde los actores públicos
deben actuar de modo cada vez más
transparente y de consuno con la sociedad
civil, la legitimidad de sus actuaciones
cobra también cada vez más
relevancia.
Si entendemos legitimidad como la aceptación
tácita o explícita de las
decisiones gubernamentales por una
fracción relevante de la población
(N. Bobbio) y observamos a su vez que dicha
aceptación es esencial para la buena
marcha de la gestión pública,
comprenderemos que no puede haber legitimidad
sin una buena gestión pública,
del mismo modo que no puede haber una buena
gestión pública sin adecuada
legitimidad. De ahí que la legitimidad,
como madre de la confianza societal, es
un ingrediente fundamental de todo proceso
socio-político, pues en ella se hace
patente el grado de aceptación que
tiene la política gubernamental en
la ciudadanía y su disposición
a acompañarla y apoyarla.
Ahora bien, cuál es o debe ser la
función de la prensa en una sociedad
abierta, es una cuestión de permanente
actualidad, no sólo por el hecho
que los mass media ejercen gran influencia
sobre el comportamiento ciudadano, sino
también por las recurrentes tentaciones
gubernamentales de imponerles una mordaza,
sea mediante censuras, una legislación
que restrinja o regule su accionar o la
instauración de un sistema de medios
de difusión a su incondicional servicio.
Este modo de plantear la relación
entre gobierno y prensa pone el acento en
las armas a las que eventualmente podría
recurrir cada uno de estos poderes en caso
de confrontación entre ellos. No
obstante, una forma más constructiva
y productiva de plantearse dicha relación,
que además puede coadyuvar a clarificar
parte de las funciones de la prensa en sociedades
abiertas sometidas a proceso de cambio intenso,
consiste en comprender que tanto el gobierno
como la prensa tienen una tarea común
esencial, que es la de contribuir a construir
legitimidad de la gestión pública.
Ello surge del hecho que la legitimidad
se asienta sobre algunos eslabones cruciales
que son manejados ampliamente por los medios
de comunicación masiva. La legitimidad
es por esencia aceptación, la cual
se basa principalmente, aunque no únicamente,
en información y comprensión.
Dicho de modo general, no se acepta lo que
no se comprende y no se comprende lo que
no se conoce. Ello exige que cada eslabón
necesario para construir legitimidad, sea
tratado con mesura y responsabilidad, con
idoneidad e hidalguía, también
con una dosis de compromiso y patriotismo,
sin descuidar la crítica necesaria,
así como la identificación
de vacíos y puntos débiles
por parte de todos y cada uno de los actores
involucrados, básicamente gobierno,
prensa y ciudadanía.
En la medida que la prensa no tome en cuenta
escrupulosamente todos y cada uno de los
eslabones que conducen a construir legitimidad,
su labor puede contribuir a minar o socavar
la legitimidad de la gestión pública.
Por ello, la prensa debe basar su accionar
en la ética del respeto y la hidalguía,
valores que en todo momento se constituyen
en la base más firme de defensa de
la misma libertad de prensa y de expresión,
condición básica y esencial
para todos estos desarrollos y consideraciones.
¿Cómo se consigue que la
prensa sea el medio idóneo, capaz
de contribuir a la construcción de
legitimidad de la gestión pública?
Por cierto que, y en primer término,
con buenas políticas públicas
por parte gubernamental, evitando contradicciones,
mostrando coherencia política, estratégica
y programática. En la medida que
el gobierno no siga estas pautas, es evidente
que la prensa no podrá asumir el
rol que se espera de ella, aunque ello no
debe ser óbice para que continúe
construyendo su propia legitimidad, por
ejemplo mediante el periodismo de
lo posible y el periodismo de
propuesta.
Más allá de ello, la prensa
no sólo debe procurar en todo momento
reflejar del modo más idóneo
posible los alcances, avances o retrocesos
de la gestión pública, cumpliendo
su misión fundamental de informar
y contribuir a la comprensión de
los hechos que acaecen en la sociedad cotidianamente.
La prensa, al constituirse en medio fundamental
de construcción de la legitimación
de la gestión pública hasta
donde corresponda (según la consabida
expresión, al César
lo que es del César), no sólo
cumple su propio rol y responsabilidad,
sino que además contribuye a evitar
toda forma de restricción de las
libertades públicas y a construir
su propia legitimidad.
Sea porque el gobierno no es capaz de diseñar
y aplicar buenas políticas públicas
y/o la prensa de presentarlas y destacarlas
adecuadamente, los gobiernos caen en la
tentación de recurrir cada vez más
a su propia prensa, aquella que aclama y/o
encubre incondicionalmente los actos gubernamentales,
ignorando las demandas de la sociedad civil.
De ahí que la sola aparición
de esta prensa es un mal signo para la democracia,
las libertades y la eficiencia de la gestión
pública.
La común responsabilidad de gobierno
y prensa en la construcción de legitimidad
en torno a la gestión pública,
es un factor estratégico para conducir
la sociedad a los puertos y objetivos que
ella anhela. Mientras que para el gobierno
es un deber legal cumplir sus responsabilidades,
para la prensa es un deber moral asumir
su cuota parte es este común emprendimiento.
Carlos Rodrigo Zapata es economista y analista
político. Es Secretario General de
la Asociación JIWASA para la promoción
de valores humanos en Bolivia. Colabora
con varios medios de difusión, principalmente
en Bolivia.
Correo-e: czapata@acelerate.com
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