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La electrónica y la conciencia
laxa sobre los derechos ajenos pueden haberse
conjurado para propiciar el secuestro de
la producción intelectual.
A pesar de las leyes y de las normas éticas,
el plagio podría obtener carta de
ciudadanía, a falta de una conciencia
clara sobre las razones en que se ha apoyado
el rechazo tradicional a esta práctica.
Invitación a un diálogo sobre
el tema, a partir del caso del profesor
acusado de plagio.
Javier Darío Restrepo
Todas las seguridades electrónicas
con que supuestamente se protegen las transacciones
por Internet, resultan de una fragilidad
conmovedora ante el asaltante cibernético.
Son escalofriantes los relatos sobre robos
con las claves de las tarjetas en cajeros
electrónicos, o de estafas punto.com.
No sólo se roba dinero, también
la propiedad intelectual hasta el punto
de que una editora, alarmada, calificó
el plagio como uno de los más
graves problemas del mundo académico.
(1) Humberto Eco juzga el hecho sin aspavientos:
soy propenso a no considerar trágico
este fenómeno porque también
copiar bien es un arte que no es fácil
y un estudiante que copia bien tiene derecho
a una buena nota. (2)
Los grises del plagio
En las universidades colombianas sin embargo,
esas buenas copias lo mismo que las malas,
se sancionan con severidad; y en Internet
los timbres de alarma no han sonado en vano
y sirvieron para que las empresas produjeran
programas que, en manos de profesores diligentes,
permiten detectar el copia y pega
de sus alumnos.
Las mentiras del científico coreano
Woo Suk Hwang, cuando falsificó sus
experimentos sobre células madre,
provocaron un escándalo en el mundo
científico que dejó al descubierto
otros casos similares; uno de ellos fue
la práctica de las empresas farmacéuticas
que distribuyen reimpresiones de estudios
científicos en tal cantidad y con
tal diligencia que es imposible comprobar
si existen o no otros publicados, como si
la aplanadora de la industrialización
y de la comercialización de las drogas
hubiera aplastado los derechos de los autores
a su obra y el rechazo legal y ético
a la práctica del plagio
En este contexto se vienen produciendo
escándalos y polémicas que
en vez de afianzar una conciencia de respeto
al derecho ajeno, parecen legitimar la práctica
del plagio. Una columnista del diario El
País, en Cali, Colombia, encontró
con sorpresa que una columna suya había
sido copiada con leves variantes por el
conocido autor de libros de superación
Pablo Coelho. La columnista no obtuvo explicación
alguna, ni siquiera una expresión
de disculpa, y debió limitarse a
registrar públicamente el hecho.
Mas conocido fue el caso de la escritora
española Carmen Formoso quien al
leer La Cruz de san Andrés
novela ganadora del premio Planeta 1997-
firmada por el premio Nobel Camilo José
Cela, descubrió que era copia de
su novela Carmen, Carmela, Carmiña.
Son poco conocidos los reclamos de Winckler
y Schlichtegroll los casi anónimos
autores de biografías de Mozart,
cuyo textos fueron saqueados por un novel
autor que publicó en 1814 su primer
libro. Marie-Henri Beyle, quien después
sería conocido con el seudónimo
de Stendhal, no citó sus fuentes
y, a pesar de las protestas de los autores,
pareció darle muy poca importancia
a la acusación de plagiario.
En materia de propiedad intelectual las
leyes y la ética intentan definir
fronteras, pero no siempre es fácil
señalar, con mojones precisos, quién
es el dueño de las ideas y cuándo
un autor se ha apropiado de modo indebido
de pertenencias ajenas.
Citado por Eligio García Márquez,
( Tras las claves de Melquíades,
p.289) Gustavo Ibarra cuenta su reacción
al leer La Hojarasca, la novela en que Gabriel
García Márquez utiliza como
imagen central del relato el cadáver
insepulto de un médico. Por voluntad
del pueblo, su cuerpo debería permanecer
expuesto a las aves carroñeras y
a los perros. Yo le dije: Gabriel,
esta es una trama de Sófocles. El
abrió los ojos y exclamó:
¿cómo? Y se interesó
de inmediato en su lectura. Después
agregaría el epígrafe con
la cita de Antífona. Fue una coincidencia
que Ibarra no miró como un plagio:
Gabriel y Sófocles se habían
encontrado en aquel lugar celeste en donde
habitan los arquetipos intemporales del
drama, gérmenes platónicos
que se reflejan por igual en el ateniense
y en el de Aracataca, dando ambos la misma
construcción básica.
Al escribir su última novela, García
Márquez hace consciente al lector
de que toma prestada la idea central de
Yasunari Kawabata en la Casa de las bellas
dormidas. El japonés cuenta la historia
de cinco mujeres que el viejo Eguchi encuentra
dormidas en sucesivos encuentros, mientras
a García Márquez le basta
una para descubrir en Memoria de mis putas
tristes, la historia y el mundo interior
de un viejo, Mustio Collado.
No faltó quien tocara a rebato las
campanas de la denuncia: !otro Nobel
reo de plagio¡ pero el asunto
no es tan simple como parecen pensarlo estos
ingenuos cazadores de plagios..
La sombra del plagio parece proyectarse
sobre una amplia variedad de textos.
¿Es plagio referirse a una idea
expresada por otro con diferentes palabras
y dentro de otro contexto? O sea: ¿Alguien
se pude considerar propietario de una idea?
¿Es plagio la utilización
del esquema de una conferencia, de un ensayo
o de una novela?
Por ejemplo, ¿incurrió en
plagio el autor del Quijote apócrifo?
O supongan ustedes que un novelista traslada
el esquema de las mil y una noches a un
relato sobre las noches de terror de los
iraquíes durante la invasión
de Estados Unidos. ¿Habría
plagio en esa apropiación del esquema?
¿Es plagio la utilización
ampliada de una noticia que los medios de
la competencia dieron en exclusiva? Sirva
como ejemplo el escándalo Watergate
presentado con sus recursos y su enfoque,
no por The Washington Post sino por el New
York Times? ¿Hasta dónde llega
la propiedad sobre una noticia?
¿Es plagio presentar como propia
una cita encontrada en algún texto
ajeno? ¿Hay un derecho de propiedad
sobre las citas?
Ilegalidad del plagio
Estas y otras preguntas frecuentes sobre
el tema revelan que esta es una materia
en la que parece predominar la indefinición.
Trazar los linderos de un terreno, definir
la propiedad de una marca industrial o comercial,
ubicar los hitos de una frontera municipal,
departamental o nacional son asuntos relativamente
simples si se los compara con esta tarea
de definir la propiedad de unas ideas y
de unos textos. La legislación internacional
sobre derechos de autor, reflejada en las
leyes nacionales sobre la materia, hace
lo que puede para proteger a los autores
amenazados a la vez por los secuestradores
de palabras en ediciones y copias piratas,
y por una generalizada inconsciencia sobre
el valor y los derechos del trabajador intelectual.
La ley colombiana, por ejemplo, establece
que es permitido citar a un autor
transcribiendo los pasajes necesarios, siempre
que no sean tantos y tan seguidos que razonablemente
puedan considerarse como una reproducción
simulada y sustancial, que redunde en perjuicio
del autor de la obra de donde se toman.
En cada cita debe mencionarse el nombre
del autor de la obra citada y el título
de dicha obra. ( Artículo 31,
ley 23/82)
El código penal español prevé
multas y privación de libertad a
quienes plagien en todo o en parte una obra
literaria, artística o científica
y en Argentina la Ley 11.723 reprime el
delito de plagio y señala penas para
quien viole la propiedad intelectual. (3)
En Ucrania el código penal señala
una responsabilidad criminal por el plagio.
El plagio, que originalmente fue la condena
a la pena del látigo para el que
hubiera vendido a un hombre libre como esclavo,
en la actualidad se refiere al secuestro
de personas para obtener rescate y, por
analogía, se aplica a la práctica
de secuestrar ideas, textos y obras ajenas.
Las legislaciones, que caminan sobre un
terreno sólido cuando se refieren
a casos de secuestros, no pisan tan seguras
cuanto entran en la esfera de las creaciones
del espíritu del hombre; éste
parece ser el ámbito propio de la
ética que, en lo que concierne a
la actividad periodística muestra
una particular severidad.
La lupa ética
Visto desde la ética periodística
el plagio viola el compromiso básico
del periodista con la verdad. El plagio
es una mentira porque implica la falsedad
de aparecer ante el lector como el autor
de un texto que otro investigó, editó
y produjo. Es pues una mentira al lector.
Y un engaño.
En efecto, el plagio es una injusticia
porque toma por asalto el trabajo ajeno
y se obtiene un lucro o un reconocimiento
que se le deben al autor. Se puede agregar,
además la degradación del
trabajo profesional que, lo mismo que la
actividad científica, debe exhibir
la característica de la transparencia.
La actividad intelectual del periodista,
siempre centrada en los hechos que suceden,
nunca es una verdad definitiva sino un proceso
cuyo registro debe continuarse de la misma
manera que la investigación del científico
que, por su naturaleza provisoria, deja
claras huellas de su elaboración
para que otros investigadores den los siguientes
pasos.(4) El plagiario borra esas huellas,
deja indicaciones falsas que cierran el
camino para quien quiera continuar el proceso
de seguimiento de los hechos o de las ideas.
Todas estas razones aparecen explícitas
o implícitas en los artículos
de los códigos éticos que
condenan la práctica del plagio.
En la Guayana inglesa el plagio se califica
como grave ofensa profesional.
(A.7)
El código húngaro explica:
abusa de los derechos de otra persona
quien publica el producto intelectual de
otro como si fuera suyo.( A.II. 4,c)
Es la misma motivación del código
irlandés en el que el plagio se describe
como explotación del trabajo
de otro periodista. (A5.)
Es una forma de trabajo impropia
del periodistas se lee en los artículos
15,21,22 y 24 del código de los periodistas
polacos, que expulsan de su asociación
a los plagiarios.
Para los yugoeslavos el plagiar es
conducta incompatible con la ética
profesional, (a19) y para los suizos
el plagio es un método desleal.(A4)
Son más de 30 los códigos
de ética periodística en el
mundo que incluyen un severo rechazo de
esta conducta, calificada como odiosa,
abusiva, y deshonrosa.
Entre unos y otros, los códigos
recomiendan:
1.Que las citas no sean tan sustanciales
que se conviertan en la obra del citado.
2.Mencionar honestamente las fuentes de
información (Indonesia, a 5,2)
3.Usar las comillas cuando la cita es textual;
y cuando se resume un texto, dejar claro
su origen.
4.Citar dentro del contexto y conservar
el espíritu de lo expresado por el
autor.
Los manuales de estilo
Las normas de los códigos han sido
recogidas por los Manuales de Estilo en
los que se hallan expresiones tan drásticas
como la del Código de conducta de
The Washington Post:El plagio es una
de los pecados imperdonables del periodismo.
Por eso adopta normas como esta:
dar crédito a otros medios que publican
noticias exclusivas dignas de cubrimiento
por The Washington Post.
En términos parecidos se expresa
el Libro de Estilo de El País, de
Madrid: es inmoral apropiarse de noticias
de paternidad ajena. Por tanto, los despachos
de agencia se firmarán siempre.
(A. 120.)
La Nación, de Buenos Aires, en su
Manual ordena con severo laconismo:
el periodista respetará y hará
respetar los derechos legítimos de
autores y creadores.
El Manual de El Deber, el diario de Santa
Cruz de la Sierra en Bolivia, es concreto
al ordenar que (el periodista) no
debe adjudicarse por ningún motivo
la autoría de una nota que no reporteó
o de información que haya generado
otro medio o algún portal de Internet.
En su Manual, El Colombiano de Medellín
considera que es un acto de justicia
y un servicio al lector,
respetar
el trabajo de los colegas. Por tanto, si
se reproduce una noticia de reconocida autoría
de otro periodista o de otro medio, debe
acompañar esa publicación
con la mención del nombre del autor
o del medio. Y agrega: el periodista
de El Colombiano excluye de sus prácticas
la copia y el plagio. ( A 21.17 y
21.18)
Juicios por plagio
A pesar de la contundencia y claridad de
las normas contenidas en Códigos
Éticos y Manuales de Estilo, el examen
de los casos de plagio no es sencillo. Requiere
una separación del campo legal y
de la esfera ética. Desde el punto
de vista legal, el proceso concluye en una
sentencia que define quién copió,
a quién y cuál debe ser la
sanción.
Si el juicio es ético no aporta
absolución ni condena porque en ética
nadie es juez de nadie; uno solo es juez
de sí mismo porque los valores y
principios éticos no pueden ser impuestos
desde fuera puesto que resultan de una decisión
personal. En último término
el único que sabe si obró
o no de acuerdo con la ética es cada
persona.
En los periódicos, como en las universidades,
los casos de plagio dan lugar a procesos
en los que se mezclan lo legal y lo ético
por cuanto en el hecho del plagio están
involucrados elementos de bien común:
la credibilidad del medio o de la universidad,
la buena fe y particularmente el ambiente
moral, contaminable cuando se adoptan criterios
laxos y complacientes frente al asalto a
la propiedad intelectual ajena, o saneado
cuando se imponen el respeto al trabajo
intelectual y a la verdad que se les debe
a los receptores de la información.
Todos estos elementos hasta aquí
mencionados aparecen de una u otra forma
en el caso del profesor acusado de plagio.
Es una historia real que al final no se
resuelve como los casos judiciales con un
escueto: ¡culpable! o ¡inocente!
Lo propongo a los lectores como un elemento
ilustrador y estimulante de interactividad
con los lectores, porque allí aparecen
todas las reacciones que hoy provoca una
acusación de plagio. Examinen el
caso y, al final, guiados por las preguntas,
que se pueden responder en su totalidad
o parcialmente, anoten sus conclusiones
y envíenlas al correo electrónico
del autor como punto de partida para un
diálogo sobre el tema
El profesor acusado de plagio
El columnista y profesor universitario Hernando
Gómez Buendía hizo parte del
equipo de la revista Semana, de Bogotá,
que dictó la Cátedra Semana,
un evento de conferencias sobre periodismo.
La conferencia de Gómez fue publicada,
con todas las de la Cátedra, en el
libro Poder & Medio con el título
Cada país tiene los medios
que se merece.
Una estudiante del postgrado de periodismo
de la Universidad de los Andes, Diana Giraldo,
encontró que en el texto de Gómez
había 16 coincidencias con el texto
de Bill Kovach y Tom Rosenstiel, Los
elementos del periodismo, (Ediciones
El País, Colombia, 2004) Preguntó
entonces a sus profesores Daniel Samper,
director de la revista Soho, y Juanita León,
de la redacción de Semana: ¿Si
toda una conferencia se basa en un libro,
cómo se puede omitir la mención
de su autor en la edición? ¿Qué
pasaría si esto hubiera ocurrido
en el plano académico y se tratara
de un trabajo de grado? ¿Cómo
es posible que por un error aparezcan bajo
una firma ideas que corresponden a otro
texto?
Con base en estas preguntas la estudiante
pidió una aclaración pública,
dadas la autoridad del libro de Kovach y
Rosenstiel para los estudiantes de periodismo,
y el alto prestigio del columnista y profesor
Gómez Buendía.
La editora del libro de Semana, María
Teresa Ronderos, respondió a Giraldo
que en el caso de la conferencia de Gómez,
su texto fue la versión editada
de una desgrabación original de la
conferencia y que en algún
momento se omitió citar la fuente
de las nueve categorías sobre las
cuales basa su análisis. Agregó
entonces la editora: es una omisión
lamentable que se debió a la metodología
un poco diferente de cómo se construyó
este capítulo, y anunció
que se subsanaría el error en la
siguiente edición del libro.
Por su parte el propio Gómez Buendía
se disculpó ante los dos autores
y explicó: tengo la certeza
de haber mencionado la fuente de la conferencia.
Lo que pasa es que dicté la conferencia
en varias partes y en ésta la transcribieron
sin notas. Había tomado materiales
de una página web, las de Kovach
y otros, porque se trata de un tema que
tiene una bibliografía abundante;
con esto di una charla informal que transcribieron
y, sin revisión del material, fue
a la imprenta. No capté el peligro
de eso; sé que debí revisarlo
y prever estas cosas.
A pesar de estas explicaciones, la estudiante
insistió: Ya me cansé
de que me crean estúpida
creo
que esto ya tocó fondo y me cansé
de ser decente
esto tiene que ir más
allá y ya armar el escándalo
sin ningún tipo de consideración.
Ante la polémica que se dio en los
medios, la revista Semana anunció
que dada la confusión generada
en el debate público y en aras de
la transparencia frente a nuestros lectores,
hemos decidido poner este caso a consideración
de una comisión de expertos
sus
conclusiones serán compartidas con
los lectores.
Los expertos nombrados por la revista fueron
el sacerdote jesuita, Alfonso Llanos, especialista
en bioética; el expresidente de la
Corte Constitucional, Carlos Gaviria; y
el profesor de la Universidad de los Andes,
Alejandro Sanz de Santamaría, quienes
concluyeron al cabo de una minuciosa investigación
del caso: el doctor Gómez
Buendía cometió el error de
omisión que se ha señalado
y él ha reconocido, pero este error
no conlleva ninguna grave falta a la ética.
Cuando se produjo este documento ya el
columnista Gómez Buendía había
sido retirado de la revista Semana porque,
en el entretanto, publicó una columna
en la que reprodujo párrafos de una
columna anterior para demostrar que unos
pronósticos políticos suyos
habían tenido cabal cumplimiento.
Esa reproducción se llamó
autoplagio. Aludiendo al sorpresivo
despido del columnista los miembros de la
Comisión de expertos, agregaron:
con su retiro ( el de Gómez
Buendía) todos pierden: él,
la revista Semana y sus lectores. Consideramos
que este hecho sólo pudo haber cobrado
relevancia por el ambiente fuertemente polémico
generado por el episodio que aquí
se ha analizado.
A pesar de su ofrecimiento, Semana no compartió
con sus lectores este documento y lo remitió
a su página de Internet, Semana.com.
Gómez Buendía, afectado por
el episodio no volvió a escribir
columnas de opinión hasta más
de un año y medio después,
cuando reapareció en las páginas
del diario El Colombiano y en UN Periódico,
la publicación quincenal de la Universidad
Nacional.
El tema, que se había mantenido
silenciado durante 23 meses, resurgió
con renovado vigor cuando un grupo de lectores
de la revista Semana, motivado por una carta
de respaldo a Gómez Buendía
firmada por un numeroso grupo de intelectuales,
exigieron, en defensa de la libertad de
expresión, la renuncia del director
de Semana, o someterlo al tribunal que él
mismo había designado para examinar
la acusación de plagio.
Este nuevo debate agregó otros elementos:
El director de Semana, a pesar de las conclusiones
del tribunal, insistió en que Gómez
cometió plagio
Explicó el director de Semana que
había sido su deber cerrar la columna
de Gómez porque así
como nosotros fiscalizamos, al interior
de los medios también tiene que pasar
eso
Gómez Buendía cometió
plagio, pues se tiene que ir.
Aparecieron nuevos elementos que no se habían
mencionado en el primer debate: en dos ocasiones
Gómez Buendía había
sido acusado de plagio, dijeron los nuevos
acusadores. Una, en una conferencia dictada
en 1963 y otra en un folleto de la Universidad
de Pittsburg en que aparecieron trabajos
firmados por Gómez, cuya autoría
reclamó una profesora colombiana
que los había publicado en una revista.
El director de Semana explicó la
no publicación del documento del
Tribunal de Expertos con dos argumentos:
para publicarlo en su integridad había
utilizado la página web de la revista;
su publicación en papel habría
demandado 10 páginas de la revista.
De hecho el documento sin anexos consta
de 2539 palabras.
Las preguntas
El caso plantea numerosas preguntas entre
las que destaco estas que ustedes pueden
responder en su totalidad, o en parte.
1.Sobre el tratamiento dado a la acusación
de plagio por parte del director de Semana:
¿ habría actuado usted de
igual manera? ¿Por qué?
2.Sobre el manejo del documento producido
por el tribunal ad hoc: ¿habría
considerado suficiente la publicación
en la página web de la revista? ¿Por
qué?
3.Sobre las acusaciones de plagio reveladas
23 meses después: ¿Tienen
validez para usted? ¿Por qué?
4.Sobre la campaña para pedir la
renuncia del director de la revista, o para
someterlo al tribunal ad hoc: ¿el
manejo dado a la acusación de plagio
y el despido del acusado por autoplagio
justifican la campaña?¿Por
què?
jrestrep1@cable.net.co
Notas:
1.- Revista Arcadia, N 14, 11-06.Bogotá,
página 3.
2.- Humberto Eco: Copiar de Internet. El
Espectador 16-04-06. Página 11.
3.- Claudio Schiffer y Ricardo Porto: Diccionario
Jurídico Enciclopédico de
los Medios de Comunicación. Universidad
Católica. Buenos Aires. 2004. Página
247.
4.- Cf. Philip Meyer: Periodismo de Precisión.
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