|
El
cambalache argentino
Por
Emilio Fernández Cicco
En
Argentina, en este momento, el periodismo no se cuestiona
si está bien o mal zambullirse en la vida íntima
de un presidente o de una primera dama. Tampoco si es molesto
para una celebridad que un paparazzi la sorprenda besando
a quien moralmente no debe besar (pocos paparazzis se van
a plantear un dilema semejante o se les va a caer una lágrima
si la foto trae, como consecuencia, una ruptura amorosa).
Menos aún, el periodismo de aquí se cuestiona
divulgar información irritante o burlarse de las debilidades
ajenas al presidente De la Rúa solo faltaba que
lo llamaran boludo en la cara, poco antes de derrocarlo
popularmente. Estos son debates que datan de diez años
atrás, que se dispararon con el primer gobierno del
presidente Carlos Menen conducía Ferraris, y
se codeaba con Madonna y los Rolling Stones: una fascinante
caja de pandora mediática y que hoy se consideran
casos cerrados. A nadie le llamaría la atención
ver publicado que la mujer del actual presidente Néstor
Kirchner toma baños faciales de leche vegetal para
combatir las arrugas, o que envía a su secretaria a
inspeccionar los baños en casas ajenas antes de usarlos
de hecho, ambas fueron noticias. A nadie le sorprendería
tampoco que una cadena de periodistas se pregunten una y otra
vez entre risas, que le vio ella a Kirchner, siendo estrábico,
delgado como una lapicera y menos atractivo que un palo de
bambú con peluca. No hay nada llamativo en eso. Es
pura rutina.
El
menemismo fogueó a todos los periodistas argentinos,
explica Olga Wornat, autora de La jefa y, en su pais,
de Menem: la vida privada que agotó 150 mil
ejemplares.
Menem
concentraba todo: enigmas, muertes, poder, seducción,
negocios sucios. Él y su entorno eran un caudal permanente
de historias increíbles sacadas, parecía, de
una obra de Gabriel García Márquez. En México,
en cambio, los medios no tuvieron la suerte y la desgracia
de tenerlo. En mi país, la polémica sobre si
uno hace bien o no contando la intimidad de una primera dama,
está pasada de moda. Es cosa vencida. Jamás
habría armado revuelo semejante. Hubo otro factor que
también me impactó por la diferencia entre las
formas de trabajar de un país y otro. En mi investigación
para La jefa entrevisté a la peluquera de Marta
y por momentos, cuando se enteraron los periodistas me trataban
peyorativamente. A ellos les parecía que era rebajarse.
Y fíjate que resultó una fuente increíble:
me traía su vestido de boda, sus joyas, sus zapatos
Gucci, su traje Chanel encargado a Nueva York. Los choferes,
las mucamas, los porteros son siempre las mejores fuentes.
No tengo ninguna duda de eso.
Un ejemplo
que ilustra todo sobre el estado, para algunos liberal y adecuado,
para otros de libertinaje y desbordado, del periodismo argentino
es el debate que atravesó últimamente a la prensa
local y que tiene poco que ver con los periodistas. Más
que nada, tiene que ver con una novela negra de Raymond Chandler.
Es la adquisición final de las emisiones que desenmascaran
los bajos instintos de la farándula. El modelo último,
veloz, efectivo y más escandaloso de hacer periodismo
a cualquier precio, caiga quien caiga: los detectives privados
al servicio de los medios.
En su
carrera en la policía, Miguel Rezzo alcanzó
el grado de cabo primero y en 1996 pasó a retiro para
ganarse la vida como investigador. Se especializó en
localizar maridos y esposas infieles. Ahora, a Rezzo lo contratan
los medios para capturar famosos in situaciones odiosas. El
hombre, frente a cualquier reportero, corre con ventaja. Como
si midieran los tiempos de Schumacher a bordo de un Ferrari
primero, y luego conduciendo un monopatin.
Rezzo
tiene una lata de cerveza que se convierte en cámara
fotográfica. Una valija con visor y una moto con visores.
Una grabadora adaptada para pinchar teléfonos. Un dispositivo
para rastrear grabadoras que pinchan teléfonos. Una
cámara minúscula que se ajusta a la corbata,
a los anteojos, adonde sea. Y un abanico de contactos con
trabajadores de las telefónicas, porteros, policías,
hackers y empleados de hoteles. Yo me meto en
cualquier lado, se entusiasma Resso. Y lo que
le cuesta a un periodista días de búsqueda,
a mí me basta con un segundo. Puedo hacer intervenciones
telefónicas, listados de llamadas de un año
con horarios y tiempo hablado, gastos de tarjeta de crédito,
control de cuentas bancarias. Sé de inmediato de dónde
sacaste plata y en qué horario. Los detectives tenemos
los mismos objetivos que los periodistas pero evidentemente
nuestros métodos son muy distintos. El periodista encara,
no se esconde. El detective actúa siempre oculto, sigilosamente.
Luis Ventura,
uno de los panelistas de Intrusos, una emisión
televisiva de una hora diaria y un rating sideral que cubre
los sinsabores de la farándula, explicó de este
modo la incorporación de los servicios del detective
en su programa: Quería ver si un investigador
privado podía insertarse como periodista. Miguel me
facilitó datos y me abrió otro campo de visión.
Pero nada muy sustancioso. Un detective piensa de manera distinta
a los periodistas.
En sus
Bodas del cielo y el infierno, William Blake sostenía
que la mejor forma para conocer los límites de uno
es traspasándolos. Si bien un puñado de medios
y periodistas fueron enjuiciados por, según los demandantes,
poner las narices donde no debian incluida Olga Wornat,
llevada a proceso por Eduardo Menem, hermano del ex presidente
todavía en Argentina no está del todo claro
cuando uno pisa el jardín ajeno. Hay un ingrediente
que suma confusión al asunto y hace que los supuestos
límites luzcan como una madeja de cordeles imposible
de desentrañar: el humor. Hoy, aquí existen
programas que, en superficie, tienen un formato periodístico
pero que en el fondo lo único que se proponen es hacer
reir. Y es sabido: muchas veces, para computar una sonrisa
es necesario sacrificar a alguien. El fenómeno de las
emisiones donde se entrechoca el periodismo y la parodia crece
a un ritmo imparable en Argentina. Entretienen y, de algun
modo, informan.
El modelo
lo impulsó Caiga quien caiga, un programa que
se exportó a Europa y espera su turno para desembarcar
en Estados Unidos. La consigna: noteros picantes, dispuestos
a todo, incluso a preguntarle a Fidel Castro si tenía
en mente hacer una nueva revolución un custodio
del cubano, hace poco, derrumbó a uno de sus cronistas
de un codazo o regalarle a Bill Clinton, luego del affaire
con Monica Lewinsky un ejemplar de tapas duras, luminoso e
ilustrado del Kamasutra. En tren de informar, uno puede
imaginar con cierta lógica hasta donde es terreno habilitado
tal vez no tanto en la difusa Argentina, pero aún
así, haciendo un esfuerzo, se puede delimitar tentativamente
el área pero en tren de comicidad, las cosas
cambian, la ley hace agua y los programs nadan a sus anchas.
Hay para todos los gustos: emisiones que recogen lo dicho
en otras partes y se lo toman a burla. O insertan personajes
caricaturescos muy mal hablados y sin pelos en la lengua,
que tambien recogen lo dicho en otras partes y se lo toman
todavía más a burla. Durante la
caída del presidente Fernando de la Rúa, estos
programas tuvieron tanto protagonismo como los estrictamente
periodísticos. Fueron los que le dieron una última
patada en el traste de su prestigio, los que acabaron de convertirlo
definitivamente en un clown que había arribado
al poder quién sabe por obra de qué casualidad
astrológica.
Apenas
asumió el nuevo presidente argentino, Néstor
Kirchner, se ocupó de distinguirse de la inoperancia
de su antecesor resolviendo conflictos que se daban a luz
en los medios, enjuiciando a la polémica Corte Suprema
de Justicia, tomándose fotos con Lula, con Castro,
perfilándose como un hombre capaz de todo. Dicen que
una de las cosas que más le asusta a Kirchner es el
periodismo. Y, lo que es peor, al combo que sirve en bandeja
información condimentada con humor.
Una emisión
nocturna, La otra verdad, dedicaba un bloque a las
bromas de un títere similar al presidente que parloteaba
en manos de Eduardo Duhalde, el mandatario interino que le
entregó la banda presidencial. El títere contaba
chistes verdes y el doble de Duhalde le daba el pie para sus
comentarios politicos en tono de sorna. Casualmente, apenas
Kirchner empezó su mandato, el segmento del títere
pasó a la historia. Lo borraron de un plumazo.
Por lo
bajo, dicen que el muñeco fue el primer censurado del
flamante gobierno. Sea o no cierto, la anécdota es
simbólica: hoy, en Argentina, un títere, un
payaso, o un humorista, son tan populares y creíbles
como cualquier periodista de investigación. Y en algunos
casos, mucho más temidos.
Emilo
Fernández Cicco es redactor especial de Revista
Noticias (Argentina).
(11
de septiembre del 2003)
|