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Fidel me robó los alumnos

Por Lafitte Fernández

 

Lafitte Fernández, Gerente de Redacción de El Diario de Hoy, en San Salvador, El Salvador, se disponía a viajar a Cuba para capacitar a una veintena de periodistas independientes, a solicitud de un organismo internacional de periodistas. Poco antes de hacerlo, recibió un correo electrónico: “Fidel apresó a todos tus alumnos”, decía. Ésta es la historia que cuenta sobre un grupo de hombres cuyo único pecado fue creer que en Cuba se podía escribir contra el régimen.

En esta profesión en la que existe de todo –desde caraduras, desordenados, jaraneros y hasta los locos más creativos que se pueda conocer– existen días en que las hormonas periodísticas se encabritan. Se vuelven más locas que nunca.

Ese día de marzo fue uno de esos en los que, desde lejos, te llegan balas, pero con mensajes morales.

Fue una jornada que te hace sentir útil, porque sabes que si no haces nada por los buenos, a los malos no los baja nadie de sus victorias.

Eso lo comprobé cuando coloqué el cursor de la computadora sobre un correo electrónico que me enviaba un veterano y curtido periodista. Rápidamente comencé a leer lo que me escribió. Y entonces, no me quedó más que balbucear: “¡Me gusta... me gusta...! ¡Me encanta la idea!”.

Se trataba de la propuesta de un organismo internacional de periodistas para que viajara a Cuba a capacitar a una veintena de periodistas independientes.

A todos ellos les llaman “plantados”, porque, a pesar de los deshumanizados cercos que les tienden, jamás se arrodillan, ni lo harán nunca, ante Fidel Castro.

Desde el principio, la idea me sedujo. Pero, preferí callarla durante algunos días. Debía preguntar sobre la seguridad que tendría para ocupar una butaca en Cuba, sin que Fidel se enojara.

Pero, en el momento en que abrí la boca, algunos de mis mejores amigos lo menos que me llamaron fue “loco”.

- ¡Cómo se te ocurre -me dijo uno de ellos- meterte en la boca del lobo! Se puede ser idealista, pero jamás enseñar periodismo libre bajo las barbas de Fidel.

Los que trataron el tema con más pulcritud, usaron la palabra “demente”. En un correo electrónico se me escribió, con sorna, que si viajaba a Cuba me arriesgaría a que me enviaran, a la habitación de un hotel de La Habana, un plato de comida envenenada pedida por algún colaborador gubernamental.

- No, no, no, me esforzaba en advertir, Fidel Castro tiene apertura con algunos periodistas independientes. Los tolera.

Hasta les permite escribir en un sitio web. Tengo la impresión de que las cosas están cambiando mucho allí, respondía.

Otra tarde, alguien muy cercano me preguntó: “¿Por qué insistes en viajar a Cuba, si sabes que te puedes jugar el todo por el todo? ¿Qué pasaría si Fidel se vuelve loco, y te mete en prisión? Mientras buscamos ayuda internacional y le pedimos a Francisco Flores que le pida a José María Aznar que interceda por ti, pasarás por lo menos un año en una cárcel de Cuba”.

Pero, soy tozudo cuando los retos abrillantan mis ojos. A veces pareciera, como me decía mi abuela, que soy parte de una recua de mulas. Estaba convencido de que no me pasaría nada.

A los pocos días de recibir la propuesta, el contenido de otro correo electrónico me sobresaltó: Fidel Castro había apresado a todos mis futuros alumnos. Y no detuvo a uno. Ni a dos. Ni a tres. ¡Detuvo a todos!

Los alumnos que jamás conocí los destruyó una gangrena causada por un poder omnímodo.

Después de varios juicios sumarísimos y sentencias relámpagos, la mayoría de todos esos periodistas recibió fortísimas condenas sin que ninguno de los penalistas cubanos quisiera defenderlos.

Fidel les construyó un funeral bastante triste. Y nadie los pudo salvar de una miserable emboscada.

Al periodista independiente que mejor trataron le metieron 15 años de cárcel, por escribir pequeñas historias periodísticas que recogen protestas de los padres a quienes no les permiten celebrar las fiestas de quinceañeras porque se trata de una actividad “burguesa”.

Ahora, lo confieso, sólo me queda sobre esos periodistas unos bucólicos correos electrónicos.

La dureza
Estaba seguro de que no habría fuerza en el mundo que frenara mi viaje a Cuba. Ahora estoy cansado de escuchar una letanía justiciera: “¡De la que te salvaste!”.

Cuba siempre me magnetizó. Existen muchas razones para que eso ocurra. La primera de ellas es que algunos de los fundadores de mi familia llegaron a volcar montañas, en Costa Rica, desde ese país, cuando decidieron buscar una mejor fortuna.

Con fatuidad puedo advertir que sé como se vive en Cuba. Nadie me lo tiene que contar. Sé como deambula la gente esperando que la vida, y todo lo que la rodea, tenga, algún día, sentido, para aliviar todos los temores juntos.

El viaje que frustró Fidel no se convertiría en el primero que haría a esa isla. Hace más de 10 años entré, legalmente, con las direcciones de algunos defensores de los derechos humanos escritas en los calcetines.

En Cuba he visto de todo: desde la forma cómo una familia engordaba un cerdo en la bañera de una vieja casa para comérselo en Navidad, hasta evitar tropezar, en el interior de una residencia, con más de una docena de polluelos, porque a Fidel se le ocurrió entregarles tres de ellos a cada miembro de las familias para que los engordaran y pudieran comer carne de gallina.

Todavía recuerdo la forma cómo me gritó el “chino” el día que uno de sus polluelos se enredó en mis zapatos. “¡Coño, camina con cuidado por mi casa, porque me vas a dejar sin mi caldo de pollo!”, me dijo.

Las ratas de Fidel
En otra ocasión, miré cómo se derrumbaba, por viejo, un edificio de tres pisos, en La Habana, con todos sus ocupantes adentro. A los pocos minutos llegaron los policías. Inhabilitaron la cuadra entera y sacaron a los muertos bajo el más cerrado de todos los silencios.

Todavía tengo amigos en ese país, endiabladamente divertidos, como son la mayoría de los cubanos.

Muchas veces penetré el profundo mundo de las prostitutas cubanas y hasta asistí, en la embajada de México, a una boda colectiva de más de 80 mujeres y hombres cubanos que lo único que querían era que sus consortes los sacaran de ahí.

Esa tarde miré a hermosas mujeres casarse con mexicanos de más de 80 años o a veinteañeros bien parecidos con mujeres de 65 a quienes, posiblemente, ya dejaron tirados en alguna ciudad de México, porque sólo querían largarse de los dominios de Fidel.

Pero, esta vez, lo confieso, quería encontrarme, cara a cara, con un grupo de hombres a quienes considero verdaderos “mártires” del periodismo, aunque allá se les trate como “ratas contrarrevolucionarias”.

Fue en México donde conocí al primer periodista cubano y castrista. Eran los años 70. Llegué al Distrito Federal becado por las Naciones Unidas.

La misma tarde de mi arribo me dijeron que “Pepe”, un periodista de Prensa Latina, la agencia oficial de Fidel, sería mi compañero de habitación en el coqueto hotel de la Zona Rosa, donde nos alojaron.

Pepe rehusaba hablar de lo que sucedía en Cuba. La verdad es que no tuve necesidad de hablar mucho con él para saber lo que pasaba ahí. Cada vez que nos entregaban el dinero de la beca, corría a comprar “jeans” azules. Decía que le servirían para hacer bastante dinero en su país.

El hombre compró tantos “jeans” que un buen día me harté y le dije que dejara de comprar pantalones, porque en la habitación ya no se podía caminar.

De los periodistas con quienes me reuniría en La Habana conozco poco. En la lista que me dieron el nombre que más me sonaba era el de Raúl Rivero, poeta y periodista, quien era, hasta que le colocaran los grilletes, uno de los más atrevidos delatores de las violaciones a los derechos humanos en su país.

Cuando pregunté sobre los restantes periodistas, se me dijo que venían de otras profesiones. Son contadores, ingenieros y de otros oficios ajenos al periodismo.

Uno de ellos contó cómo introdujo a Mijail Barzaga Lugo, su vecino, en el periodismo independiente.

Mijail se dedicaba criar palomas. Un buen día llegó con una libreta escolar, un lapicero y “unos deseos tremendos de aprender”. Pidió que le enseñaran periodismo. Comenzó a aprender y a escribir a mano durante largas noches, hasta que pudo reconocer algunas técnicas básicas.

Ahora Mijail está preso detrás de las elevadas tapias de Villa Marista, pero está tranquilo, porque sabe que “mi pluma sirvió a la verdad”.

La trampa
Sólo los valientes intentan hacer periodismo libre en Cuba. No hay que hacer densos estudios históricos y antropológicos para entender que los periodistas son las primeras víctimas de los dictadores y los dogmáticos.

Como conozco las liturgias de los adoradores de Fidel Castro, el supremo sacerdote, sé que algunos de ellos dirán que los esfuerzos para capacitar periodistas independientes en Cuba son parte de un plan de la CIA para desestabilizar a Fidel. Sume usted cualquier tontería de ese tipo. La verdad es que el mundo está lleno de mentirosos y deslegitimaciones morales que no son más que boberías.

La preocupación por capacitar a los periodistas independientes nace de hombres y organizaciones, quizá terriblemente idealistas y con una inmensa vocación libertaria.

El problema es que, en un momento, creyeron (me incluyo dentro de ellos), que Fidel Castro estaba dispuesto a dar paso al menos a una pequeñísima dosis de disensos y críticas hacia su régimen porque, de lo contrario, su sistema se volvería pétreo e insostenible ante los ojos civilizados del mundo.

La verdad es que nos equivocamos. Quien es capaz de meter presos a 27 periodistas o fusilar a tres balseros a quienes traicionó una corriente marítima, como ocurrió, recientemente, no es más que un pendenciero que se quiere morir con más cruces de las que se pueden clavar en un cementerio.

Con todo el dolo que conoce el mundo, Fidel les tendió una horrible trampa a los pocos periodistas independientes de ese país.

Cuando se suponía que les abría algunos pequeños espacios, lo único que hizo fue infiltrarlos, desde hace más de una década, colocándoles, al lado, a supuestos periodistas anticastristas. Lo que no sabían es que, en realidad, eran agentes de la seguridad del Estado.

El problema es que a esta vida cargada de ironías, hay que agregarle las suertes que construyen los más perversos.

Uno de ellos, quien también se habría convertido en mi alumno, es Manuel David Orrio, quien fungiría como uno de los principales organizadores de mi fallido encuentro con los periodistas independientes en La Habana.

En realidad, a Manuel no se le conocía como tal entre quienes pretendíamos ayudar a los pocos periodistas decentes que existen en Cuba.

A Manuel se le conocía como “Miguel” desde que infiltró a los periodistas independientes cubanos, en 1992.

A ellos se les presentó , en esa época, como un licenciado en economía de 38 años que quería escribir “verdades” sobre lo que pasaba en Cuba.

Sus “colegas” le ayudaron. Le enseñaron el periodismo rudimentario que conocen porque en Cuba sólo existen mamarrachos que les llaman periódicos.Pero, la seguridad cubana midió todo. El falso alumno que jamás conoceré trabajaba en un mercado agropecuario y caminaba apoyado en un bastón que le heredó la poliomelitis.

De ahí salió como un excelente señuelo para infiltrar a más de 20 periodistas desafectos a Fidel.

Fue Manuel David Orrio, el falso “Miguel”, quien en cada juicio que se realizó, en los últimos días, contra periodistas condenados, se quitó la careta y dijo, ante un “tribunal popular”: “no soy Miguel el periodista. Soy Manuel, el agente de seguridad del estado”.

¿De qué acusó a los periodistas que no creen en Fidel?

De recibir material para la “subversión” como radios y “medios técnicos” para articular una red de periodistas.

En otras palabras, escribir una crónica sobre lo que verdaderamente ocurre en Cuba y enviarlo por un correo electrónico es difamar la revolución cubana que se paga con 15 ó 20 años de cárcel

¿Será posible tanta mezquindad en el mundo? No tengo duda que siempre sobrarán quienes temen a la fuerza de las palabras.

Y no se trataba de viajar a Cuba a enseñarles a esos pobres hombres que ahora están en prisión, a enseñarles a construir bombas o a elaborar conspiraciones contra Fidel.

Además, no podría hacerlo porque, de entrada, jamás he disparado una arma. Mucho menos sé como se enciende una candela de dinamita.

Lo único que se me pidió fue que viajara a Cuba a enseñarles, a esos prisioneros de conciencia cómo se hace periodismo en un país moderno que no está enhebrado al pensamiento marxista y sus tonterías sobre la prensa “burguesa”.

Ninguno de esos periodistas independientes conocen un periódico como El Diario de Hoy. Jamás han visto un ejemplar

de un diario que no sean las porquerías que elaboran los hombres de Fidel. No sabe nada del instrumental moderno del periodismo.

Un solo hombre me antecedió en lo que serían mis tareas “conspirativas” en La Habana. Un hombre bueno que, por mucho tiempo, enseñó ética a muchos periodistas centroamericanos en los peores tiempos de la guerra fría, viajó hace pocas semanas a Cuba.

El hombre reunió a los periodistas independientes en La Habana y les habló, por varias horas, sobre la necesidad de separar las opiniones de las informaciones. También les conversó de no saltarse nunca las principales instituciones éticas del periodismo. Se las describió una a una.

Cuatro días después de concluida la faena a todos los que asistieron a ese corto seminario los encarcelaron y los metieron detrás de los barrotes.

“Miguel” o Manuel, como se llame, los delató a todos.

El pecado: escribir. La ofensa: usar la palabra contra el régimen. La materialización del delito: enviar pequeñas colaboraciones al exterior. Lo más grave: recibir $100 mensuales entregados por quienes se han empeñado en ayudarles.

¡Para dónde vamos, Dios Mío!

Omar Rodríguez Saludes
Condenado a 27 años.
Omar Rodríguez Saludes, de 37 años de edad, estudió dibujo mecánico antes de dedicarse al periodismo.
Esta nota se publicó el 6 de marzo.

Estadounidenses se reúnen con opositores
Por Omar Rodríguez Saludes – Nueva Prensa.
La Habana, mar. 6. Dos congresistas norteamericanos, el demócrata por el estado de la Florida, Jim Davis, y Jim Kolbe, republicano por Arizona, así como miembros de diálogo interamericano, el pasado domingo 2 de marzo sostuvieron encuentros en esta capital con varios opositores cubanos.

También visitaron en su domicilio a Elsa Morejón, esposa del prisionero de conciencia Dr. Oscar Elías Biscet. La cónyuge del opositor aseveró que los congresistas se preocuparon por el comportamiento de los derechos humanos en Cuba, por la compra por parte de La Habana de medicinas y alimentos en Estados Unidos, así como por el sistema de salud pública en la isla. Según Elsa Morejón, los legisladores le pidieron que dirigiera un mensaje al congreso de Estados Unidos.

Vladimiro Roca, Héctor Palacios, Osvaldo Alfonso y Oswaldo Payá, fueron algunos de los opositores al régimen de La Habana que se reunieron con los visitantes extranjeros.

 

Vázquez Portal Manuel Vázquez Portal
Condenado a 18 años.
Vázquez Portal, de 51 años, es poeta y periodista. Licenciado en Lengua y Literatura Hispanoamericana y Cubana; se ha desempeñado como profesor de Física y Química. Fue director de la agrupación de periodistas independientes Grupo de Trabajo Decoro y recientemente esperaba reunir todos los permisos necesarios para salir al exilio.
Esta nota salió publicada el 14 de marzo.

La hora terrible
Manuel Vázquez Portal – Grupo Decoro
L Habana, 14 de marzo (www.cubanet.org) - Siempre he pensado que el miedo surge frente a lo desconocido. Cuando uno debe enfrentarse a lo inesperado, lo asalta esa alarma interna que avisa del peligro y es cuando, precisamente, podemos definir si somos timoratos o valerosos. Si avanzamos, a pesar de la certidumbre de los riesgos: valientes; si retrocedemos o nos paralizamos: cobardes. Pero tener miedo de lo supraconocido, eso es ya una enfermedad incurable. Y yo debo confesar que padezco esa enfermedad. Me aterra.

¿Qué puede ser menos peligroso que oprimir el botón de un televisor? Ver cómo se abre una pantalla, escuchar una voz que canta, anuncia, comenta, declara.

¿Qué puede ser más dócil que ese aparato frente al cual los niños se embobecen y los ancianos se adormilan y cabecean olvidados del mundo? Pues a ese tareco doméstico y mañoso como un perro leal, yo le tengo un miedo cerval, un miedo de ratón acorralado por un gato.

Para mí, encender el televisor es uno de los actos más peligrosos que he tenido que afrontar en mi vida. Puede provocarme lo mismo un infarto que una crisis de depresión profunda; una paraplejía que un ataque de hilaridad; una embolia que una parálisis facial; un dolor de testículos que una perreta pueril. Mi enfermedad no es congénita. De niño me maravillaban los cartones de Walt Disney; de adolescente me encantaban los musicales; de adulto me fascinaban los noticieros. Pero de repente descubrí una fobia acérrima por la pantalla chica, por la cajita de la bobería, como le dicen. Primero era como un susto, un sobresalto que me invadía a la hora de encenderlo.

Después fue la certidumbre de que me atacaba. Más tarde supe que quería dejarme sin cerebro, sin cabeza. Y aún cuando la tentación se me volvía incontrolable, el miedo me congelaba. ¿Y si no había muñequitos? ¿Y si Plácido Domingo no estaba interpretando Rigoletto? ¿Y si la CNN no estaba reportando un gran suceso? ¡Qué va! No podía con la duda, con la incertidumbre. Y la duda, la incertidumbre conducen al miedo. Pero el miedo no era a lo desconocido. Era, como les dije, a lo hiperconocido.

Cuando no hay cómic, ni canciones, ni reportajes, ni películas, usted puede estar seguro que ÉL sí está. Y eso es lo que me puede producir lo mismo un infarto que una perreta. Y ahí es donde me inmovilizo, porque sé que ÉL está en la pantalla a cualquier hora, cualquier día, todo el tiempo.

Con el tiempo aprendí a sortearlo, a escabullírmele entre programa y programa. Pero llegó un momento en que ya era imposible evadirlo.

Era una presencia permanente, por cualquier motivo. Mas, la gota que colmó el jarro sobrevino cuando el chavismo se instaló en Venezuela (¡Pobre Venezuela! No sabe lo que le espera). El asedio se tornó doble, la incertidumbre doble, el miedo doble. Imagínense. Ahora cuando no está en la pantalla El Tío, está El Sobrino. Y así, ¿quién no se aterra en esa hora terrible de encender el televisor?


Periodistas independientes (27)
1. Víctor Rolando Arroyo, UPECI / condenado a 26 años
2. Pedro Argüelles Morán, director de la CAPI / condenado a 20 años
3. Mijail Bárzaga Lugo, periodista independiente / condenado a 15 años
4. Carmelo Díaz Fernández, APSIC / condenado a 15 años
5. Oscar Espinosa Chepe, periodista independiente, CubaNet / condenado a 20 años
6. Adolfo Fernández Saínz, Agencia Patria / condenado a 15 años
7. Miguel Galbán Gutiérrez, Havana Press / condenado a 26 años
8. Julio César Gálvez, periodista independiente / condenado a 15 años
9. Edel José García, periodista independiente / condenado a 15 años
10. Roberto García Cabrejas, de ICD Press / prisión domiciliaria
11. Jorge Luis García Paneque, agencia Libertad / condenado a 24 años
12. Ricardo González Alfonso, presidente de la Sociedad de Periodistas Manuel Márquez Sterling y director de la revista De Cuba en La Habana / condenado a 20 años
13. Luis González Pentón / condenado a 20 años
14. Alejandro González Raga, periodista independiente / petición: 18 años
15. Normando Hernández, director de la CPIC / condenado a 25 años
16. Juan Carlos Herrera, periodista independiente /condenado a 20 años
17. José Ubaldo Izquierdo, Grupo Trabajo Decoro / condenado a 16 años
18. Héctor Maseda, Grupo de Trabajo Decoro / condenado a 20 años
19. Mario Enrique Mayo / condenado a 20 años
20. Jorge Olivera, director de Havana Press / condenado a 18 años
21. Pablo Pacheco Ávila, Agencia Patria / condenado a 20 años
22. Fabio Prieto Llorente, periodista independiente / condenado a 20 años
23. José Gabriel Ramón Castillo, ICD Press/ petición: 25 años
24. Raúl Rivero Castañeda, director de CubaPress y vicepresidente
regional de la Comisión de Libertad de Prensa e Información de la Sociedad Interamericana de Prensa / condenado a 20 años
25. Omar Rodríguez , director Nueva Prensa Cubana / condenado a 27 años
26. Omar Ruiz Hernández, Grupo Trabajo Decoro / condenado a 18 años
27. Manuel Vázquez Portal, Grupo Trabajo Decoro / condenado a 18 años

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Lafitte Fernández es gerente de redacción de El Diario de Hoy, en San Salvador, El Salvador


(15 de abril del 2003)

 

 

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UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE LA FLORIDA, MIAMI