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Un
periodismo diezmado y acosado
Por José
Salgar
Durante
todo el siglo que acaba de pasar, el periodismo fue el principal
factor para el desarrollo de Colombia como nación democrática
y progresista. De los periódicos salieron las grandes
figuras en lo político, lo económico y lo cultural.
Y los periódicos fueron también el principal
dique de contención contra las amenazas a las libertades
y a los derechos humanos.
Hacia
fines del siglo se desataron diversas crisis y el sector más
duramente castigado en todas sus raíces fue el periodismo.
La avalancha
tecnológica que globalizó las comunicaciones
y cambió los hábitos de lectura, sorprendió
con bajas defensas a ese periodismo que había alcanzado
sitio especial entre los de mayor prestigio en el idioma español.
Empresas
familiares creadas a través de muchos años como
un apostolado al servicio de sus ideales y del bien público,
se vieron enfrentadas a la ola internacional de control de
viejos y nuevos medios de comunicación por grandes
poderes económicos. El periodismo impreso, que había
monopolizado la noticia inmediata para transmitirla al mundo
alfabetizado, quedó envuelto por la magia audiovisual
que llegó a todos los rincones del planeta, a todas
las edades y lenguas.
Comenzó
entonces la desaparición o fusión de periódicos.
Los vespertinos, porque no podían competir en rapidez
con la radio y la televisión. Y de los matinales sólo
fueron quedando en las grandes ciudades uno o dos, con su
prestigio intacto pero en descenso financiero, por la multiplicación
de la competencia en el mercado publicitario.
Los países
más adelantados han avanzado en el enlace de las técnicas
de multimedia y en experimentos para satisfacer las nuevas
necesidades del consumo de información y opinión.
Pero han sido tan veloces los cambios tecnológicos
que todavía no hay patrones generales y se continúa
en el período de creatividad.
En Colombia,
y en general en América Latina, esa crisis ha sido
de desconcierto y desorden. El escritor Germán Castro
Caicedo decía en días pasados que los diarios
escritos son ahora boletines con noticias comprimidas, como
las de la radio, pero que al circular varias horas después
son viejas y desabridas.
Hay algo
más grave: las secciones de opinión valerosa,
comprometida y analítica, que fueron el secreto de
éxito de nuestra prensa, y que son el mayor valor que
subsiste para la letra empresa, han sido relegadas a las últimas
páginas interiores. Allí sobrevive un puñado
de columnistas y caricaturistas que atrae el interés
del lector por los agudos dardos que se lanzan unos a otros.
Cuando
se pasa de un periodismo altivo y de combate a un periodismo
amorfo que intenta quedar bien con todo el mundo y al final
no queda bien con nadie, el resultado es la baja de la credibilidad.
Además, ese periodismo puede llevar a riesgos como
los que se le han criticado en estos días, de servir
de altavoz al narcoterrorismo en sus tácticas de amenaza
de muerte colectiva a los alcaldes. Está crítica
no sólo es para el periodismo escrito, sino para radio,
televisión e Internet, que siguen aferrados a viejos
esquemas de repetición de imágenes y noticias
y explotación exagerada del escándalo y la morbosidad.
La crisis
del periodismo como negocio, con el consiguiente desempleo
en masa, coincidió con la persecución al periodismo
como gremio por parte de sus enemigos naturales, que son los
delincuentes y los corruptos. Más de cien periodistas
han sido asesinados para callarlos, en los últimos
años. Otro gran número está en el exilio
y tiene que decir sus verdades desde sus escondrijos de Madrid,
Miami o México.
Bajo ese
panorama, ¿Qué sentido tiene hablar de libertad
de prensa?. Sin darnos cuenta de la gravedad que esto tiene
para la nación, han ido extinguiéndose por igual
la libertad, la prensa y la vida misma de los periodistas.
Luces
al final del túnel
Seminario
de capacitación como éste que auspicia el Ministerio
de Trabajo, tienen que empezar por comprender esa realidad
de nuestro periodismo diezmado y expectante. Pero no todo
puede ser tristeza y pesimismo. Hay luces al final del túnel.
En el resto del mundo, y aún entre nosotros mismos,
comienzan a abrirse amplias posibilidades para que ésta
sea una profesión más especializada, más
diversificada, más responsable.
Están
perfilándose a diario las transformaciones en todos
los medios de comunicación. En los diarios impresos
lo importante ya no es la noticia del momento sino la originalidad
y profundidad de sus desarrollos. El público saturado
de voces e imágenes busca el reposo de una lectura
ágil y de beneficio para una vida mejor en los diferentes
estratos y edades.
No hay
peligro de que desaparezca el papel como máximo intermediario
de cultura y orientación en las capas superiores de
la sociedad. Podrán desaparecer las elevadas circulaciones
y la abundancia de páginas de los principales diarios,
pero no su influencia. Seguirán los diarios líderes
en cada ciudad que condensen como documento tangible para
la historia cuanto merezca publicarse, según su ideología
o sus principios. Pero seguirán desapareciendo las
publicaciones mediocres. Ya se da el caso de lectores que
prefieren pagar altos precios por publicaciones con especialidades
precisas.
En el
futuro periodismo escrito el éxito será más
para la calidad que para la cantidad.
Estamos
ante un largo trecho de adaptación a los nuevos sistemas
periodísticos. El desastre de las Torres gemelas en
Nueva York y el reciente Mundial de Fútbol en Asia,
han producido fuertes impactos en la vida diaria de millones
de lectores o teleaudientes. La juventud está alelada
con nuevos aparatos. Una miniatura ya puede reunir en el tamaño
de una agenda de bolsillo, todas las maravillas del teléfono
celular, el Internet y el palm pilot.
Están
desapareciendo los correos, los horarios para dar las noticias,
las escuelas regidas por normas anticuadas y las regulaciones
obsoletas sobre el trabajo de los comunicadores. Es un mundo
de reinvención , pero que no puede dejar que se arrasen
valores eternos en esta profesión, como son la ética,
la moral, el humanismo y la misión de educación
y cultura.
La transformación
de los medios exige también cambios sustanciales en
las escuelas de comunicación y en los gremios profesionales.
Las escuelas no pueden limitarse a la enseñanza teórica
y académica. La nueva industria exige expertos en su
amplia variedad de tecnologías y lenguajes, que sólo
podrán salir de una disciplina universitaria adaptada
a los últimos avances. Y los gremios tendrán
que ser muy sólidos, para proteger por igual el derecho
al trabajo y a la libertad de expresión.
La invitación
es dar un salto por encima de los prejuicios del periodismo
que queda atrás, pero sin abandonar sus grandes valores
y enseñanzas. Y entrar con entusiasmo a mejorar la
profesión y a defenderla, en ese universo deslumbrante
que nos ofrecen la tecnología y los nuevos dueños
del negocio.
José
Salgar es exdirector de El Espectador de Bogotá.
(27
de septiembre del 2002)
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