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Trincheras
éticas en la redacción
Por
Javier Darío Restrepo
Alrededor
del concepto de utopía, de la conciencia de identidad
profesional y de la idea que se tenga sobre la función
social de los medios, hay una disparidad de criterios y de
actitudes que nos lleva a preguntarnos ¿ cómo
acercar estas opiniones distanciadas sobre lo ético?
¿Cómo crear un espacio en el que puedan convivir
unos y otros sin someter a deterioro los derechos de los receptores
de información? Estas son algunas de las respuestas
y propuestas.
Las polémicas
verbales o escritas entre periodistas rasos y periodistas
en cargos de dirección, dejan una primera evidencia:
son a menudo escarceos dialécticos inútiles
porque se hunden en el pantano de las palabras ambiguas. Consideren,
por ejemplo, los distintos significados que tiene la palabra
verdad, en esas discusiones: ¿es el intento para evitar
que se disfrace la realidad? ¿Es enseñar a ver
la realidad? ¿Es reflejar la realidad?
¿Qué
entiende un jefe de redacción por objetividad? ¿Que
se cuenten los hechos como son? ¿Cómo conciliar
esta exigencia con la realidad del reportero que no se puede
despojar, en cada caso, de sus sentimientos, de su cultura,
de su nivel intelectual ni de sus limitaciones profesionales?
Cuando el director o editor están convencidos de que
el periodismo libre tiene que apoyarse en el mercado, cómo
acercarlo al reportero convencido de que el periodismo debe
ser libre a pesar del mercado? Y qué hacer frente a
las dos miradas sobre el rumor, si el editor considera que
es una noticia que aún no se ha publicado, y el reportero,
basado en su experiencia diaria, sostiene que es solo el gérmen
de una noticia?
Más
fuerte es la discusión sobre la libertad de expresión
que para algún director, más político
que periodista, es el derecho a decir lo que uno quiera; mientras
para el periodista, más periodista que político,
libertad de expresión es el derecho a decir lo que
uno debe decir, no lo que le de la gana?
Ante
esta ambigüedad de las palabras es obvio que cualquier
discusión resulta estéril si antes no se ha
definido su alcance y contenido. El distanciamiento por criterios
éticos con frecuencia carece de realidad y es solo
el resultado de una definición deficiente de las palabras.
Los hechos,
en cambio, son menos ambiguos y dan lugar para hacer esta
propuesta: fundar el acercamiento entre los miembros de una
redacción en el propósito común de hacer
el mejor periódico posible, un objetivo que conviene
a todos porque de la publicación de un buen producto
informativo se sigue ganancia para todos. Pero ¿qué
es un buen periódico?
En un
reciente foro celebrado en Colombia con el propósito
de repensar el periodismo, Carlos Raymundo Roberts, secretario
de redacción de La Nación, de Buenos Aires,
enumeró los factores que, reunidos, hacen un buen producto:
1. La
independencia respecto de todos los poderes, especialmente
frente al poder gubernamental y el político; porque
les da a los lectores la garantía de una información
no manipulada ni manipuladora.
2. El
compromiso con la verdad, que es una respuesta a lo que el
lector quiere encontrar cuando abre sus páginas.
3. Una
buena información, en la que se encuentren todos los
ángulos de los hechos.
4. Que
esté bien escrito y, por tanto, fácil y agradable
de leer.
5. Información
con valor agregado, esto es, que no se limite a contar sino
que explique.
6. Bien
editado, porque es un elemento técnico que ayuda a
la comprensión.
7. Con
agenda propia, que le dé personalidad y lo convierta
en un producto que no puede ser reemplazado por otro similar.
8. Que
sea capaz de reconocer sus errores; este reconocimiento deja
en el lector la convicción de que para el periódico
la verdad está por encima de cualquiera otra consideración.
9. Atención
a las buenas noticias, lo que supone más profesionalismo
y técnica que la sola difusión de malas noticias.
Este
es, desde luego, el periódico que el lector considera
indispensable para su información diaria, distinto
del que se mira con curiosidad y de paso, por el escándalo
que vocea, pero que es prescindible. ese periódico
tiene éxito momentáneo, aquél tiene imagen
sólida y duradera.
Hacer
un buen periódico es una tarea infinitamente más
compleja que hacer buenos automóviles, computadores,
zapatos o empanadas. Afirmación que nos revela una
clave para superar el conflicto: entender en qué consiste
un buen periódico y trabajar alrededor de ese propósito.
Los diarios
que han aceptado esa concepción del buen periódico,
ante la complejidad de los elementos necesarios para alcanzar
ese ambicioso objetivo, han revisado su estructura interna
en busca de una que permita optimizar el recurso humano. Por
ese camino se ha llegado al desmonte de una estructura autoritaria
y vertical, tradicional en algunos medios, y a la adopción
de un esquema horizontal y de participación de toda
la redacción.
La estructura
tradicional, jerarquizada y autoritaria, parte del supuesto
de que el poder lo es todo y, por consiguiente, la capacidad
de iniciativa y de crítica se concentran en una minoría
que, generalmente, mira más a los intereses de la empresa
y pierde de vista los de la sociedad. Además, dentro
de ese esquema, se utilizan el talento y la creatividad del
grupo ubicado en los cargos de dirección. Los demás
se tienen en cuenta a la hora de obedecer las órdenes.
Una reingeniería empresarial está aconsejando
en los periódicos la adopción de un esquema
horizontal de participación democrática de toda
la redacción, que permita aprovechar el potencial de
todos para la elaboración de agenda, para la autocrítica
y para el hallazgo y realización de las mejores propuestas
creativas.
Consecuencia
de la aplicación de este esquema de operación
es la práctica del periodismo en equipo, que hace desaparecer,
como un anacronismo, la figura del reportero solitario, dueño
exclusivo de fuentes, temas y noticias, y les da a los lectores
un producto enriquecido recargado, dirían hoy
con el aporte y la madurez de un equipo.
Se complementa
la propuesta anterior con la de una práctica que hoy
está renovando la vida de los mejores periódicos
en el mundo: su interactividad con los lectores. Pesan en
mí los años en que he sido defensor del lector,
pero es un peso positivo porque puedo testimoniar que la influencia
del lector es aire fresco para el periódico, es garantía
contra el anquilosamiento y la rutina y es una permanente
visión crítica, necesaria para un producto que
debe renovarse cada día.
Un examen
de los vicios de que se acusa reiteradamente a periodistas
y medios revela que, en parte, se deben al aislamiento autosuficiente
de estas empresas, en riesgo permanente de dogmatismo, autoritarianismo
y autosatisfacción. La voz del lector agrieta dogmas
y le baja el tono a la suficiencia autocrática de medios
y periodistas, con una consecuencia benéfica: un acercamiento
a la clientela, mucho más efectivo que las fórmulas
publicitarias y de relaciones públicas.
De ese
acercamiento resulta otro hecho que inspira una nueva propuesta:
la operación de mecanismos de autocrítica.
Si la
autocrítica se mira como un mecansimo para conocer
mejor la realidad, es evidente que coincide con la manera
de ser de periódicos y periodistas que, por definición,
buscan y no le temen a la verdad.
Lo ético,
por tanto, es el resultado de una exploración sobre
la naturaleza humana, y esa indagación, nunca termina.
Un diálogo ético es el instrumento para esa
búsqueda que siempre enriquece porque aporta cada vez
nuevos conocimientos sobre la naturaleza humana y sobre la
profesión, pero además, unicamente cuando la
sensibilidad ética se filtra de modo natural en el
mundo del trabajo del periodismo es posible elevar los estándares.
Estas
reflexiones me permiten llegar a una conclusión, que
es el punto por donde debí comenzar y es que cuando
se registra un choque entre la visión ética
de un periodista frente a un medio no ético, el problema
no es de ética vs no ética, sino de dogmatismos.
Dos dogmáticos enfrentados siempre chocan y generan
un incendio que no ilumina pero sí quema y destruye.
La luz de los valores éticos no resulta de los choques
sino de la serena e inteligente puesta en común de
pensamientos y experiencias.
Cuando
Aristóteles definía la ética como un
saber práctico, descartaba cualquier predominio de
teorías y por supuesto el uso de trampas retóricas
y verbales y reafirmaba su fe en el poder persuasor de los
hechos. Es el examen de los hechos, es la sabiduría
que dejan como remanente las experiencias vividas, es la lectura
de los propios errores que, como las cicatrices en el cuerpo
del guerrero, se pueden deletrear como huellas y conocimientos
que dejó la vida. Son esos los caminos por donde se
llega a la percepción de lo ético.
A lo
largo de la historia humana, la empresa de buscar las características
de la naturaleza de que estamos hechos todos los hombres,
ha sido una tarea común que ha enriquecido la sensibilidad
ética. A más conocimientos de la naturaleza
humana, mayor finura en la percepción de lo ético.
De la misma manera, al particularizar en la ética periodística,
a mayor conocimiento de esta profesión mayor sutileza
en la sensibilidad ética con que se ejerce.
Coinciden
la retórica y la expresión de los mejores en
afirmar que esta es la más bella de las profesiones;
también tendremos que concluir que es la más
bella porque es la más exigente y porque en ella no
hay cabida para la mediocridad, ni para la resignación,
ni para la vulgaridad. Por el contrario, es el campo propicio
para las utopías y los idealismos de esa porción
de la humanidad que vive convencida de que con la palabra
se puede contar y construir la historia.
Tomado
de una charla de Javier Darío Restrepo, periodista
colombiano e instructor en ética periodística,
durante el IV Congreso del Centro Latinoamericano de Periodismo,
en Panamá, el 27 de mayo de 2004
(4
de junio del 2004)
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