|
El
rol de la prensa en Paraguay, país donde la democracia
pierde apoyo
Por
Benjamín
Fernández Bogado
La
adolescente democracia paraguaya iniciada en 1989 tiene hoy
menos adherentes y entusiastas que los que había tenido
en sus inicios. Los perseguidos por el antiguo régimen
están desencantados, los referentes autoritarios han
retornado al poder o se han mimetizado de tal forma que en
su accionar y discurso han condenado a la democracia a ser
considerado un sistema donde se habla pero no se come.
Los medios
de prensa como el diario ABC Color, cerrado por Stroessner
en los últimos años de la dictadura, hoy abraza
abiertamente la causa del General Lino Oviedo, cuya conducta
política y discurso son de claro sesgo fascista y autoritario.
A pesar de defender la libertad de prensa y de expresión
no le asusta en nada que ese mismo general acusado de asesinatos
e intentos de golpes de estado haya afirmado que cuando llegue
al poder alineará como velas a los periodistas.
Si a todo
este marco de decepción y desencanto vemos que los
niveles económicos coincidentemente han mostrado unos
niveles cada vez más claros de desempleo y con ello
inseguridad, solo queda concluir que la democracia paraguaya
tiene cada vez menos entusiastas y además muchos practicantes
de sus excesos se ufanan y se pavonean de ellos con la complicidad
de una prensa sectaria que todos los días ve caer sus
niveles de confianza entre sus lectores y oyentes y que hoy
se refugia en un magro 8% que la considera una institución
confiable aunque los desencantados que no creen en nadie
los superen en un promedio cinco veces mayor.
Baja
percepción del rol de la prensa
Alguien
dijo con justa razón que la responsabilidad no es otra
cosa que la valoración que hacemos con nuestros actos
de aquello que se nos dio en guarda o forma parte de nuestro
derecho natural. Del latín , res (cosa) y pondere (valorar),
la responsabilidad ciudadana y en este caso periodística
con la democracia debería ser ensanchar el sentido
y el valor de las libertades de expresión y de prensa
hasta hacerlas un sólido sustento de un sistema político
basado en la información útil y necesaria para
tomar decisiones que afectan a su vida personal y colectiva.
Pero
lo que ocurre en un país como el Paraguay, sectarizado
al extremo, es que para entender lo que ocurre sobre un tema
no le queda al ciudadano más que comprar los cuatro
diarios de circulación cotidiana porque cada uno cuenta
la historia como mejor le afecta a sus intereses sectarios
o particulares.
El país
se ha convertido, por una irresponsable manipulación
de la información, en un espacio donde nadie cree en
nadie y en donde el cinismo y la mentira han terminado por
hundir a la nación en un cono de incertidumbre, dudas
y tribulaciones. Los demócratas no han comprendido,
desde los distintos sectores de responsabilidad diaria, que
este sistema político sólo tiene sentido cuando
reproduce en sus instituciones y en los actos de sus funcionarios
y en la sociedad todos los valores que hoy brillan por su
ausencia.
Sería
largo tener que explicar porque la responsabilidad es hoy
una cualidad muy distante de la práctica periodística
pero es claro ver que los niveles de pobreza, desarraigo e
impotencia son directamente proporcionales a la ausencia de
un ejercicio sólido y veraz de la función de
informar o de la actividad cotidiana de expresar sentimientos
y razones. Está claramente comprobado en el país
que incluso los niveles de rechazo social o de bronca
han disminuído notablemente porque sencillamente la
opinión pública no cuenta con el insumo necesario
para conformar una idea dominante de rechazo. Se le ha sacado
el combustible informativo que podría incluso alentar
soluciones de alternativa a un tiempo de desencantos democraticos
que tiene en la prensa uno de sus sostenedores silenciosos
más eficientes.
Quizás
la propia prensa no entienda la importancia que implica informar
y haya tomado partido por lo opuesto en el ánimo de
pescar en un río tumultuoso donde nadie sabe exactamente
dónde esta parado el país. Una prensa sectaria
como la que tenemos en el Paraguay le hace un pésimo
favor a la democracia y en realidad pavimenta un sordo resentimiento
hacia la clase política en general y como consecuencia
estimula las soluciones mesiánicas y autoritarias.
Con escasas
excepciones, en el Paraguay no se puede decir que la prensa
en general haya estimulado con sus críticas, investigaciones
o columnas de opinión la formación de una sociedad
más fuerte en valores democráticos. En los últimos
comicios municipales, los que generalmente hacen partícipe
a la mayor cantidad de empadronados, votaron menos del cincuenta
por ciento, mostrando los números que en los sitios
donde menos sufragaron los paraguayos fueron donde más
influencia tienen los medios de comunicación. Hay una
directa relación entre el desencanto de los votantes
o de los ciudadanos y la calidad de su prensa en el Paraguay.
El debate
estéril, o conducido de manera poco profesional, también
se inscribe dentro de las frases más repetidas de la
democracia guaraní. La conducción apasionada,
insultante, rumorante e insidiosa no ha hecho otra cosa que
alentar un desencanto cada vez mayor con la prensa en el país.
Es cierto que no es un único elemento pero es claramente
una llamada de atención.
Los medios
escritos han bajado sus niveles de circulación en casi
un 60 por ciento, los oyentes de las radios en amplitud modulada
que tienen la mayor cantidad de horario dedicado a las cuestiones
periodísticas se están quedado con pocos oyentes
y la disminución de la publicidad en todos los medios
en conjunto que hace dos años era de 100 millones de
dólares anuales ahora ha bajado a un magro 28 por ciento
que preanuncia más despidos e incluso cierre de medios.
La televisión,
que ha sufrido más gravemente la recesión por
sus costos, ha tenido que ser vendida en algunos casos a capitales
mejicanos (Ángel González) cuya primera medida
ha sido la de reducir los niveles de crítica o de exposición
negativa al gobierno, lo que ha supuesto una notable disminución
de los programas informativos y su fuerza de opinión
al tiempo de haber llenado sus espacios de programas enlatados
o de divertimiento rastrero. La calidad de estos materiales
de bajo costo ha colocado la producción local y periodística
a horarios marginales donde los niveles de audiencia son bajos
y el impacto igual.
Costos
políticos y sociales
El país se encuentra ante una grave coyuntura: Recesión
económica pronunciada y notable popularidad de un líder
político, Lino Oviedo, que ha hecho prácticamente
toda su campaña contra la opinión mayoritaria
de la prensa. La gente quiere votar en forma de castigo a
la democracia y la prensa, que había sido su aliada
durante mucho tiempo, es vista como parte del establishment
al que odiar por las condiciones de estrechez económica
por la que pasa la mayoría del pueblo y por sobre todo
por la abierta sectarización en la cobertura de los
hechos.
Es posible
observar la baja calidad y el deterioro de la democracia en
las páginas de los diarios donde el rumor ha desplazado
a las investigaciones serias y en donde los casos de agravios,
insultos o calumnias hacen parte de una guerra entre medios
donde el único perdedor resulta ser el ciudadano que,
descreído, ha dejado de escuchar, leer o ver.
Ante la
incapacidad de la justicia de cumplir un rol más activo
en el proceso de recomposición social, la prensa ha
pasado a ser un escenario donde el periodista juzga y condena
a la vez ante la ausencia pronunciada de instituciones que
no funcionan como deberían. Hay una peligrosa ecuación
entre los niveles de popularidad circunstancial de ciertos
programas con la ausencia de una institucionalidad democrática
fuerte y robusta.
Los casos
de calumnia, difamación o injuria contra periodistas
son muy raros y en la mayoría de los casos los políticos
que han emprendido acciones judiciales contra los medios de
prensa o periodistas lo han hecho más interesados en
un rédito político que en un resarcimiento por
la deshonra que supuso alguna publicación.
Es curioso
ver que los políticos más indiciados de corrupción
son los que más emprenden contra la prensa en los tribunales.
Incluso algunas acciones tomadas por senadores o altos funcionarios
del estado han tenido como objetivo sacar partido económico
de la situación al tiempo que se protegen en sus fueros
desde donde atacan honras y dignidades sin ninguna posibilidad
de sanción por parte de los afectados. El territorio
de los insultos no está delimitado y muestra un crecimiento
cada vez mayor. Los diarios o radios contratan a reconocidos
mercenarios de la pluma y de la palabra que se encargan de
enlodar aún más el fangoso espacio de las publicaciones
en general con un claro perdedor: el ciudadano.
Este inerme,
desconfiado, y cada vez más pobre ciudadano no tiene
en la prensa paraguaya una referencia lúcida que le
permita recuperar su entusiasmo en un sistema político
que había creado muchas expectativas y que se esperaba
que desde la prensa se sostuviera de forma más firme
y ejemplar.
La polémica
estéril o la crónica personal, donde un insulto
de alguien es respondido por el insultado en la misma proporción
al día siguiente, el escándalo sin seguimiento,
la nota anecdótica, la falta de rigor, seriedad y compromiso
con los valores democráticos ha llevado como consecuencia
a tener que padecer una democracia de baja intensidad que
se acaba en el ritual de los comicios pero que no tiene vida
en el debate que hubiera sido posible y necesario si la prensa,
la sociedad, los dueños de medios y la formación
del periodista lo hubieran demandado y puesto en vigencia.
La
prensa del insulto
Una de las formas más comunes de degradación
de la responsabilidad de la prensa es el ataque al honor y
a la integridad de las personas. Columnas completas llenas
de chismes maledicentes e insinuaciones insidiosas se han
convertido entre las más leídas superando lejos
a las columnas editoriales o páginas de opinión.
Es tal el grado de impacto de estas apostillas que si uno
quisiera conocer la opinión real y verdadera del dueño
del diario, debería leer las mismas y no las páginas
de opinión.
En un
principio, antes de la caída del régimen dictatorial,
estas columnas eran una forma de burlar la férrea censura
impuesta por el gobierno, ya que se usaban nombres que insinuaban
los reales, pero no existen razones ni explicaciones que sigan
justificando su forma aviesa e irresponsable de retratar la
situación del país. Incluso varias cuestiones
publicadas en un tono de burla o sorna podrían haberse
constituído en un valioso aporte para la investigación
y hubiera tenido un impacto mucho mayor que el que tiene cuando
se ubica en el limbo de lo ruin e insultante.
Si no
tuviéramos en el país tal grado de cinismo y
decadencia es probable que los mismos afectados podrían
recurrir a la justicia reclamando via juicios de calumnia,
difamación e injuria que les repare el daño
causado a su honra y su honor. No ocurre tal cosa y estas
páginas muy leidas de los medios gráficos han
extendido su éxito a los programas de radio y televisión
donde se mezclan farándula con política sustituyendo
muchas veces los políticos a los comediantes, payasos
o artistas creándose un territorio donde nadie puede
precisar el verdadero espacio que los dirigentes sociales
deberían ocupar por conocimiento, capacidad y respeto
dentro de la misma sociedad.
También
estos programas muestran lo lejos que se encuentran las instituciones
como la justicia de reparar daños a las personas Muy
por el contrario, los fallos judiciales han beneficiado a
los periodistas y propietarios de medios de prensa basándose
en la doctrina acuñada en los Estados Unidos por el
magistrado de la Corte Suprema Brennan quien decía
que: ..cierto nivel de sorna y humor era tolerable dentro
de la prensa hacia las personas públicas.
Un caso
judicial que un miembro de la Constituyente del año
1992 instauró en contra del diario Última
Hora por una afirmación que calificó de
difamante e injuriante cuando se refirió al abogado
Juan Francisco Elizeche como un minúsculo trashumante
terminó con un fallo en contra del director del medio
que fue reparado posteriormente por la cámara de apelaciones,
basándose en el concepto de la imprecisión semántica
del término supuestamente agraviante y afirmando que
sobre la figura pública existe un margen de tolerancia
de la crítica que no se da con las personas corrientes.
Los juicios
que versan sobre la responsabilidad de la prensa y los periodistas
son notablemente largos en el Paraguay y se constituyen muchas
veces en una espada de Damocles sobre el periodista acusado.
La parte querellante habitualmente va en busca de un juez
amigo dentro de los tribunales que termine por procesar al
comunicador. Así como es cuestionable el manejo poco
riguroso y responsable de la prensa en varias de sus columnas
o crónicas, también es rechazable la actitud
que varios agraviados supuestamente han tomado como represalia
buscando magistrados benignos a su posición para atacar
a periodistas críticos.
Es importante
que la prensa recupere un espacio de ejercicio responsable
mucho mayor que el que tiene. A pesar de los intentos del
Sindicato de Periodistas del Paraguay de establecer un código
de ética que sancione conductas apartadas de la labor
de comunicación, no ha podido aún sacar el mismo
por divergencias internas entre los mismos miembros de esta
agremiación. La autoregulación no existe de
hecho en el país a través de un código
de ética; además la constitución del
92 establece libertades casi absolutas para el ejercicio
de la prensa y no se vislumbra en la acción de los
actores de la comunicación un nivel crítico
suficientemente maduro y esto, como consecuencia, sólo
ha servido para alejar aún más a la prensa de
su público y consiguientemente ha bajado los índices
de confianza de la ciudadanía hacia la democracia en
general.
Uno de
los ejemplos más claros donde es posible visualizar
la distancia que separa a la prensa de la ciudadanía
y el impacto que eso tiene en la democracia puede referirse
a la degradación en los últimos años
de la joven democracia paraguaya. Debe existir una redefinición
también en la concesión de licencias de radios
y televisión. Habría que ordenar y discutir
el rol de las radios comunitarias y por sobre todo, debe profundizarse
un nivel de autocrítica de parte de los medios informativos
y de los periodistas de forma a encontrar una fórmula
que enriquezca la democracia a través de debate fértil,
con ideas y con imaginación puesta al servicio de una
comunidad desganada en su acción democrática
y decepcionada de la gestión de sus dirigentes. La
prensa tiene hoy la necesidad de enriquecer esta democracia
de baja intensidad que para lo único que ha servido
es para reducir la participacion ciudadana al desprecio de
la politica y a la desconfianza hacia sus instituciones incluida
la prensa.
Elevar
los niveles del debate, establecer un código de ética
por parte de los periodistas, promover la defensa de los intereses
de los lectores u oyentes y por sobre todo, utilizar los argumentos
legales para corregir los excesos harán en su conjunto
que la democracia como sistema político se sostenga
sobre bases sólidas y no en simples declamaciones desprovistas
de valor y de sentido.
Benjamín
Fernández Bogado es el director de Radio Libre 1200
AM en Asunción, Paraguay
(31
de agosto del 2002)
|