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En la historia de Robinson Crusoe hay un
episodio provocador. Ocurre cuando el náufrago
ya ha completado 25 años de soledad
en su isla. Como buen empresario, la ha
dotado de todo lo que necesita para vivir
una existencia confortable: ha levantado
un cómodo refugio en donde puede
estar a cubierto de soles, lluvias, vientos
helados e intemperie. Ha descubierto una
fuente de agua dulce y limpia, cultiva frutos
y legumbres, ha perfeccionado la técnica
de la cacería y de la pesca, dispone
de la más extensa playa privada del
mundo. Nada parece faltarle. Pero aquél
día y los detalles y reflexiones
los acumula el filósofo español
Fernando Savater- tiene el efecto de un
rayo en medio de un atardecer espléndido,
la aparición en la playa de la huella
de un pie desnudo.
Por la cabeza de este solitario pasan en
ese momento las más perturbadoras
ideas: puede tratarse de un caníbal
como los que vió recalar en una playa
lejana, cuando arrastraban, les daban muerte
y convertían en largas tiras de carne
para la hoguera, a dos prisioneros.
Si es así, piensa Robinson, una solucion
es la de seguir las huellas, llevar consigo
su mejor arma y darle cacería al
enemigo.
Pero hay otra posibilidad, la de llevar
en vez de un arma, un cesto lleno de frutas
y de carne, acercarse al desconocido y hacerlo
su amigo. Savater reflexiona entonces que
la solución del arma y de la destrucción
de ese misterioso y desconocido Otro que
ha llegado a su isla, es un paso dado hacia
la deshumanización porque todo lo
que conduzca a ignorar, hacer daño
o destruir al otro nos deshumaniza. En cambio
la propuesta para hacerlo amigo tiene el
efecto de humanizar, porque todo lo que
implica reconocimiento, acercamiento o ayuda
al otro tienen una clara fuerza humanizadora.
Agrega el filósofo otra conclusión:
para Robinson en sus 25 años de aislamiento
no se habían planteado problemas
éticos; lo ético surgió
cuando en su horizonte apareció el
otro. Las dos situaciones son posibles,
teóricamente al menos: o los 25 años
de aislamiento con total ausencia del otro,
o la vida transformada por su presencia,
que es lo que aparece en esa segunda parte
del relato de Defoe en donde todo cambia
y se ilumina merced a la aparición
del otro: el caníbal Viernes.
Traigo a cuento este episodio y las reflexiones
que inspira, porque lo encuentro sugestivamente
semejante a la situación de empresarios,
hombres de negocios y banqueros de hoy que
se mueven entre los dos extremos, el de
la vida y el negocio planteados con ausencia
del otro, o con una total presencia suya,
con las forzosas consecuencias de deshumanización
o de humanización. No estamos hablando
y valga la aclaración- del
empresario humanitario, que contribuye a
las obras benéficas. Estamos hablando
de una situación más radical:
la de ser humano o inhumano, de asumir en
su totalidad la condición de ser
humano, o la de ignorarla. Si se me permite
el paralelo urticante que me sugería
una situación desgraciadamente frecuente
en mi país, cuando oía por
la radio el lamento de una mujer cuya hija
fue secuestrada por la guerrilla hace dos
años. Esta madre clamaba ante los
secuestradores para que tuvieran humanidad
no les pedía que fueran humanitarios-
sino que recuperaran su humanidad y en tal
condición liberaran a su hija. No
pedía un favor, ni beneficencia alguna,
tampoco exigía un derecho, su pedido
iba más allá de lo benéfico
y lo legal, era un reclamo de respeto a
la naturaleza: sean ustedes humanos porque
lo que hacen contradice a la naturaleza.
El paralelo lo formulo a manera de pregunta:
¿es posible que, como el guerrillero
secuestrador, un hombre de negocios prescinda
de lo humano?
1.- La empresa del Otro ausente.
Antes de aventurar una respuesta examino
el mundo empresarial y encuentro, en primer
lugar, un modelo de empresa atención
que no estoy hablando de una empresa modelo
sino de un modelo de empresa en el que predominan
estas características:
1.1.- La atomización del trabajo,
de acuerdo con los principios de productividad
introducidos por Taylor. Allí cada
uno responde por la parte que le corresponde
en el proceso productivo, sin que sea de
su incumbencia el producto final. El trabajador
es una pieza que debe marchar al ritmo que
impone toda la maquinaria, sin adelantar
ni atrasar porque lo importante es el ritmo
de la empresa. La consigna es que la empresa
le paga a usted para que usted se entregue
de lleno a la empresa. Esa idea se respalda
con campañas educativas, con reglamentos,
con actos de reconocimiento, premios y condecoraciones,
que mantienen en alto la lealtad hacia la
empresa.
1.2.- En estas empresas hay filosofías
corporativas, que se aplican aún
sin necesidad de enunciarlas, en las que
se parte del hecho de la competencia feral
para sobrevivir. ¿Saben cuántos
tigres, panteras, leones, elefantes, caballos,
barracudas o tiburones, águilas,
cóndores y halcones se han convertido
en tótemes o símbolos de empresas?
Esas fieras son la expresión del
pensamiento dominante de que el negocio
es lucha salvaje en la que todas las armas
se legitiman si permiten sobrevivir y aniquilar
a la competencia. Son temas que, desde luego,
no se ventilan en público por la
misma razón por la que callan los
generales y altos oficiales sobre sus armas
y tácticas de guerra.
1.3.- El manejo de otras empresas obedece
a un esquema vertical y autoritario en que
un pequeño núcleo de ejecutivos
estudia y toma las decisiones y el resto
del personal tiene la obligación
de obedecerlos. Así se mantiene el
orden, así se garantiza la productividad
y se definen con claridad las responsabilidades
a la hora de tomar cuentas.
1.4.- En estas empresas opera una lógica
que distingue dos esferas: la de los individuos,
sujetos a derechos y deberes que, por lo
general, se precisan en términos
legales en los contratos y reglamentos de
trabajo. Cada persona es responsable y por
tanto hay normas precisas de acuerdo con
unos valores establecidos de lealtad, productividad,
decisión, espíritu empresarial,
carácter, etc.
La otra esfera es la de la empresa, como
tal, que está sobre toda norma porque
las empresas no son sujetos morales y pertenecen
a un mundo amoral, distinto desde luego
del de las personas que sí son sujetos
morales. ¿Les suena conocido el discurso
aquél de que como gerente o presidente
de la junta directiva soy una cosa, y como
persona, padre de familia, amigo, soy otra?
Ante ese discurso, nada infrecuente, reflexiona
Adela Cortina: una vez se reconoce
que las empresas no tienen alma, un buen
número de empresarios saca sigilosamente
la conclusión de que muy buen pueden
permitirse el lujo de ser desalmados.
Esas empresas desalmadas o sin corazón
se cuidan muy bien de separar lo empresarial,
rígido, racional, frío, sin
concesiones al sentimiento, de la beneficencia,
zona marginal y extraña a la lógica
empresarial, más cercana a una operación
de relaciones públicas, que a su
actividad propia que es el beneficio económico,
que solo admite el poder adquisitivo de
las personas como único y real argumento
de interés. Lo demás, lo social,
lo que tiene que ver con las personas, o
no existe, o lo atienden departamentos de
recursos humanos para los que el trabajador,
como las máquinas, vale por su productividad.
Las anteriores son características
que delinean el perfil de la empresa con
un horizonte humano cercano al nivel cero,
de alguna manera parecida a la isla de Robinson
cuanto la huella de otro ser humano no había
aparecido; o, quizás, a lo que hubiera
conducido la decisión de ignorar,
desconocer o destruir al otro. Tomen esta
descripción como una simple hipótesis
de trabajo, que en uno u otro de sus datos
puede tener contacto con la realidad de
una empresa sin el Otro, aunque funcione
con otros.
2.-La presencia del Otro.
El otro término de la comparación
es la empresa en que la del Otro es una
presencia descollante.
2.1.- El aspecto, el ambiente, el trabajo
mismo de una empresa son distintos si se
la tiene, no como un negocio solamente,
sino que además es un grupo humano
que comparte un proyecto, unos sueños
ambiciosos y unos riesgos comunes.
Allí se impone otro estilo, otro
tono de voz, otras costumbres, dictadas
por el hecho de que allí cada persona
se reconoce prioritariamente por los valores
y las potencialidades de un ser humano.
Las experiencias de las empresas que han
adoptado este modelo indican una reducción
de costos de coordinación, porque
cuando se apela a la cooperación,
en vez de la confrontación, por ejemplo,
los conflictos tienen otra clase de soluciones.
2.2.- Los empresarios saben que es alto
el costo de mantener el enfrentamiento con
los sindicatos y que es otro el resultado
cuando en vez de campos de batalla se construyen
condiciones propicias para el diálogo
y la cooperación.
2.3.- Cuando se revisan los esquemas de
organización empresarial es sorprendente
la diferencia de resultados según
que se aplique la idea de una entidad jerarquizada
en la que unos mandan y otros obedecen,
en donde existe el señuelo del ascenso
y de la competencia que los pone a todos
contra todos y en donde la vida de trabajo
está compartimentada de modo que
uno es el mundo de los ejecutivos, distinguidos
y separados de los demás en todo,
y otro el del trabajador raso. Es distinto,
digo, ese ambiente y esa productividad de
empresa de las otras en que impera el entusiasmo
de todos por el mismo proyecto, en que todos
comprenden que desde sus lugares de trabajo
son parte ejecutora y beneficiada de unas
realizaciones comunes. Allí no desaparecen
las naturales diferencias de capacidad y
de responsabilidad, pero estas operan como
reglas de un juego que los involucra a todos
porque allí es posible sentir que
hay un reconocimiento de sus valores como
seres humanos. Con un profundo sentido común
anota Cortina: resulta más
económico entusiasmar en un proyecto
transmitido de modo transparente, que mantener
día a día un despótico
régimen de terror.
2.4.- En esta clase de empresa que estoy
describiendo, el respeto por cada uno de
sus trabajadores como seres humanos, impone
principios de acción como la comunicación
y la autoridad.
En las empresas distinguidas por su respeto
al hombre se afinan mecanismos de escucha
de las personas y de intercambio de opiniones
en los que todos saben que escuchan y son
escuchados;. Un intento en ese sentido son
tantos buzones de opiniones, publicaciones
y programas de empresa para intercambio
de ideas; pero son empresas sin oidos, sin
rostro, sin individuaidad. En estas de que
hablamos, la empresa no es una abstracción
sino una o más personas con las que
es posible sentarse a tomar un café
para hablar de un trabajo y un proyecto
comunes.
2.5.- El otro principio que allí
se maneja es el de la autoridad, sólo
que entendida de modo diferente al tradicional
que la hace consistir en el don de mando
y en la capacidad para dar órdenes
de trabajo, de ascenso o de despido. La
etimología latina de la palabra autoridad
hace referencia a ese influjo de los padres
sobre los hijos que les ayuda a crecer y
los estimula para progresar. Autoridad es
la del hombre que en vez de almacenar las
semillas, las cultiva y activa todo el potencial
que ellas llevan consigo. Es el estímulo
que le permite al trabajador dar lo mejor
de sí; en eso consiste la autoridad
en esta clase de empresa.
2.6.- Y puesto que se trata de maximizar
el potencial existente en los seres humanos
que hacen parte de la empresa, el factor
experiencia se mira como un recurso valioso
acumulado a lo largo de años, que
una empresa debe aprovechar. Si en los vinos
el añejamiento es un alto factor
de calidad, en los hombres la experiencia
es un activo que estos empresarios valoran
y aprovechan. Cuando en la empresa el ser
humano cuenta más que la máquina,
y la tecnología aparece subordinada
a lo humano, la llegada de nuevas máquinas
se asume, no como una novelería,
sino con sabiduría y ésta
enseña que las máquinas y
técnicas proporcionan nuevos modos
de hacer, pero la experiencia es un refinado
modo de ser. Complementar lo uno y lo otro,
desechar la tendencia común de hacer
que los sers humanos se adapten a las máquinas
y para esto se cree- los mejores
son los que no tienen experiencia porque
así se plegarán más
dócilmente a las nuevas técnicas.
Ante estas prácticas, concluía
Fernando Savater que la decadencia
del concepto de experiencia, el miedo a
la experiencia, ver a la gente con experiencia
como individuos con resabios, es una de
las características más peligrosas
de la industria y de la sociedad moderna.
3.- Les he puesto frente a frente dos modelos
de empresa, como dos referentes extremos
de la empresa en que desaparece o casi se
ignora al ser humano como tal, y la que
se construye sobre el respeto y la optmización
del potencial humano, porque allí
aparece el dilema ético fundamental
de cualquiera empresa. La una no es ética
y la segunda sí; la primera considera
que los valores éticos no son rentables
y por tanto los desecha como supérfluos;
la segunda le apuesta al ser humano, hace
depender su triunfo de su fe en el ser humano.
La primera a veces ofrece resultados a corto
plazo y ese es su argumento; la empresa
ética no siempre da ganancias a corto
plazo, pero sí las garantiza en el
mediano y largo plazo, y en esta disputa
estabamos cuando ocurrieron casi simultáneas
dos catástrofes paradigmáticas:
la del 11 de septiembre en Nueva York y
la de más de 10 grandes empresas
en Estados Unidos, que colapsaron por aquellos
oscuros días. Cuando se cumplió
el primer año después del
atentado contra las torres gemelas, el director
de la revista Foreign Policy, hizo un paralelo
de los dos hechos, sacó cuentas sobre
las pérdidas del atentado y las pérdidas
en el colapso empresarial y concluyó,
con números contantes y sonantes,
que para la economía de Estados Unidos
había sido más dañina
la corrupción de los altos ejecutivos
empresriales, que la acción rabiosa
de los terroristas.
Cuando el gobierno se vió obligado
a aplicar drásticas medidas para
proteger el dinero de los accionistas y
se descorrió el manto de desinformación
que existía, para dejar al descubierto
un paisaje gris de empresas en crisis, muchos
debieron recordar la expresión de
Paul Volcker, presidente de la Federal Reserve,
cuando anunció con énfasis
de profeta bíblico en los años
80: Si Estados Unidos quiere conservar
su potenica moral, debe afinar y revisar
sus patrones éticos.
Con las empresas pasa lo que con las personas
en crisis: adoptan una actitud de sobrevivientes
enfurecidos para los que todo vale, o mantienen
su fe y se mueven por entre los escombros
con serenidad inteligente; los primeros
agregan destrozos al destrozo; los segundos
aprovechan lo que pueda haber utilizable
entre las ruinas; los primeros tambalean
entre los incertidumbres de su desesperación;
los segundos avanzan con lentitud, pero
con la seguridad que les da la esperanza.
Bruno Bettelheim, especialista en pedagogá
infantil, sobrevivió a un campo de
concentración nazi y al hacer el
recuento de su terrible experiencia encontró
que entre los prisioneros había los
que, desesperados y convencidos de estar
viviendo la más insuperable de las
desgracias, aflojaron sus resortes morales
pensando que la ética es un lujo
que uno puede darse en los tiempos mejores,
por tanto, en aquel infierno se aplicaron
a obtener el mayor provecho de todo lo aprovechable.
Comprobó Bettelheim que fueron estos,
los que primero perecieron; y que aquellos
que mantuvieron su convicción y su
práctica de respeto al otro, tuvieron
las mayores posibilidades de sobrevivir.
Unos y otros, los que pretenden sobrevivir
a cualquier costo y los que se resisten
a darse por derrotados tienen razones y
prácticas que merecen alguna mención
y comentario. Lo ético surge de lo
práctico y de los hallazgos hechos
por los humanos en la historia.
Frente a la convicción que cada vez
toma más fuerza de que la calidad
vende y de que el gran argumento de una
empresa es el de su buen trabajo, se levantan
las prácticas contrarias en las que
el argumento no es la calidad sino la habilidad.
Sea la habilidad publicitaria que convence
y vende artículos o servicios de
mediocre calidad, o sea la frialdad o el
cálculo para el soborno y las malas
artes empresariales. Es posible que las
empresas comprometidas en escándalos
como los que se dieron con los expresidentes
costarricenses, hayan obtenido beneficios
inmediatos como resultado de sus prácticas;
a otras les ha sucedido y han tenido que
apelar a cambios de nombre para mantenerse
con vida. Antes se decía, con palabras
de las películas de vaqueros, que
el crimen no paga. Hoy los hechos se encargan
de probarnos que las trampas y la deshonestidad
no son un buen negocio. Si alguien lo duda,
bastará recordar una de las imágenes
más impactantes de los últimos
días sobre esta materia: la del expresidente
de Costa Rica y Secretario General de la
OEA, cuando regresó a su país
con las manos esposadas. A corto plazo todo
le había salido bien, como les está
sucediendo a las firmas que sobornan, en
este caso Alcatel, bajo la vista gorda de
las legislaciones europeas. Pero una conciencia
universal, cada vez más irritada
y hastiada por las prácticas de corrupción,
hará que en algún momento
se comprenda que la corrupción es
un mal negocio.
En cambio, un conocimiento profundo del
mundo de los negocios acaba enseñando
que la ética es un buen negocio.
La idea, para mi asombro, no encajó
fácilmente en la mente de los gerentes
sociales del BID con quienes tuve una jornada
de Ética en Washington. Su idea de
la ética no les permitía asimilar
la frase provocadora: la ética vende,
quizás influídos por viejos
conceptos religiosos que, como dice Savater,
rezuman cierta indignación hacia
la idea de ganancia y de lucro, considerándolo
algo inmoral de por sí. La
teología moral clásica ha
mantenido una guerra sorda contrra el dinero
que produce dinero y lo ha estigmatizado
como usura; y Dante, buen transmisor de
ese pensamiento, tuvo cuidado para acondicionar
una estrecha, oscura y atormentada celda
en un círculo recóndito del
infierno para los usureros. La realidad,
más sabia y compasiva que las teorías,
se han encargado de demostrar que la ética
vende.
Una aproximación a ese hecho la hizo
Adam Smith al examinar la lógica
utilitaria del cervecero y del panadero:
no esperéis de la benevolencia
del cervecero la cerveza, o de la del panadero
el pan; ellos os lo dan por su propio interés,
pero también su interés es
teneros contentos con su cerveza y con su
pan.
El egoismo del mercader se vuelve sano,
y de paso le garantiza la permanencia en
su negocio, cuando piensa en el interés
del otro su interés de teneros
contentos. Es un egoismo virtuoso,
o como lo dice Savater en el título
de uno de sus libros es la Ética
del amor propio.
Esta intrigante idea, apenas esbozada por
Smith, tiene en nuestros días un
desarrollo avalado por la práctica.
Apunta Adela Cortina que las empresas
norteamericanas comprueban con asombro en
la segunda mitad del siglo XX, algo tan
sabido por la economía como que la
confianza vende, la credibilidad vende,
la calidad es la mejor propaganda y que
la falta de calidad hunde a una empresa.
La Ford mandó recoger millones de
llantas de mala calidad e invirtió
en la operación una fortuna, porque
es aún mayor la suma que está
en peligro si la empresa pierde credibilidad.
Sólo los empresarios mediocres y
los principiantes creen que la credibilidad
de una empresa, por ser un intangible que
no figura en los activos, no merece tenerse
en cuenta. El buen empresario sabe que la
clientela es la vida de la empresa y que
esa clientela se mantiene fiel en la compra
de sus productos o en el uso de sus servicios,
si cree en la empresa, y esa credibilidad
es la suma de valores éticos. Por
eso, apunta agudamente la filósofa,
que a los ciudadanos los pueden engañar
los políticos con discursos ideológicos,
pero a los consumidores no. Puede ser que
compren una, dos o tres veces un mal producto,
pero al cabo el consumidor vota por
la calidad.
Se han convertido en asuntos de vida o muerte
de las empresas, objetivos como iniciativa,
corresponsabilidad, comunicación,
transparencia, calidad, innovación,
virtudes que no figuraban en el modelo de
buena empresa de Taylor. Aparecen en cambio,
prácticas de reigeniería empresarial
que dejan en el rincón de los trastos
viejos o dañinos, la cultura del
conflicto y de la guerra dentro de la empresa;
los hostigamientos, amenazas y regímenes
de terrror como métodos para aumentar
la productividad; porque en su lugar están
demostrado sus bondades la cultura de la
cooperación y las prácticas
de corresponsabilidad. Una nueva generación
de empresarios se está distinguiendo
por su capacidad para identificar el bien
común, que es una especial sensibilidad
para comprender las exigencias ajenas y
hacerlas compatibles con las propias; esa
virtud, armonizada con la prudencia y la
responsabilidad, implica una personalidad
equilibrada; pero, además, debe inspirar
confianza, algo incompatible con cualquier
forma de engaño. La confianza, la
anotación es de Savater, es una virtud
comercial. Puede sonar escandaloso,
una virtud comercial, pero no debe olvidarse
que las virtudes tienen una utilidad y son
eficaces. La confianza contribuye en gran
medida a la permanencia y prosperidad de
cualquier empresa, concluye el filósofo.
Y lo ratifica Cortina aludiendo a la lección
que han aprendido a golpes de desastre en
algunos casos, o estimulados por el éxito
en otros, los empresarios de Estados Unidos:
una lección tan antigua como
la humanidad: que las tradicionales virtudes
son rentables.
En la alusión inicial al episodio
de Robinson Crusoe les hablaba de dos partes
en la historia de Defoe: una, el náufrago
en su isla, él solo y sin dilemas
éticos. La isla era una empresa para
él mismo. Esa parte de la historia
termina cuando aparece el otro, que es cuando
nacen para este hombre solitario los problemas
éticos. Pienso que la historia de
las empresas es una cuando sólo piensan
y actúan para sí mismas, y
cambia esa historia cuando se descubre la
capacidad transformadora que pone en marcha
la presencia del otro.
Llega a mis manos el código de Ética
de una de las mayores empresas de nuestro
continente, en el que se describen
la misión, valores y creencias que
nos definen.
Leo en el capítulo de los principios
que motivan a esa empresa: Nuestra
misión, satisfacer las necesidades
de nuestra clientela, contribuimos con nuestros
clientes a la construcción de un
mundo mejor; buscamos la excelencia en nuestros
resultados; nuestros valores: colaboración,
unirse al esfuerzo de los demás,
integridad, que es actuar con honestidad,
responsabilidad y respeto; y liderazgo,
que es orientar el esfuerzo a la excelencia.
Lo destaco porque encuentro que es una tendencia
que avanza en el mundo de los negocios:
el empresario ético.
Déjenme agregar un pensamiento más,
este sugerido por un apunte de Savater en
una conferencia a empresarios de mi país.
Observaba él que cada época
de la historia ha tenido sus personajes
emblemáticos. Para los griegos fue
el héroe porque él encarnaba
el espíritu de aquella sociedad que
soñaba con la excelencia y veía
en el héroe la encarnación
de su utopía. En la edad media ese
sueño tuvo su expresión más
cabal en el santo, todo un campeón
en los quehaceres del espíritu; en
el siglo XVIII el emblema de la sociedad
fue el científico; la humanidad engreída
por lo avances de la ciencia, veía
en el hombre de conocimiento el más
deseable de los destinos; en nuestra época
, concluye el filósofo si
tuvieramos que identificar una figura emblemática
tendríamos que elegir al empresario,
al creador de la actividad productiva y
económica. Me pregunto por
qué, en una época en la que
brillan con luz propia los astronautas,
los escritores, las deslumbrantes estrellas
del espectáculo, los autores conocidos
y aplaudidos por todo el mundo, si cualquiera
de ellos provoca entusiasmo y admiración.
Pero el empresario ha hecho posibles en
nuestro tiempo lo mismo la conquista de
la luna, que los innumerables avances de
la informática, la ampliación
de las fronteras del espectáculo
y de la comunicación y tiene en sus
manos la posibilidad de exorcisar el mundo
de los negocios, desde el comienzo de los
tiempos habitado por los demonios del egoismo,
la mentira, el engaño y la violencia,
y convertirlo en el escenario dominado y
dignificado por la presencia del otro, que
es la dirección que está tomando
la actividad empresarial dominada por la
ética. Es lo que he estado tratando
de decirles desde el principio: ustedes
pueden ser el emblema de la sociedad del
siglo XXI.
XXXVIII Asamblea Anual de Felaban.
Ciudad de Guatemala
21-11-04.
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